Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, y como siempre es un gusto volver a encontrarnos.
Hoy escuchamos las palabras de Jesús y comprendemos que a los discípulos les está costando comprender la vida y la muerte de Cristo; en definitiva, su misión en este mundo.
En varias ocasiones se les oye decir: “Nosotros pensábamos”. El Señor es consciente de su dificultad y por ello les promete y garantiza que, cuando reciban el Espíritu de la verdad, les guiará y les regalará la sabiduría necesaria para comprender el proyecto de Dios. Les dará la posibilidad de amar como Jesús.
También hoy cada seguir de Jesús ha recibido la fuerza del Espíritu. Gracias a esa fuerza viven con amor y esperanza. Y su experiencia los anima a compartir con los que caminan a su lado el gozo de ser discípulos del Señor.
“Mucho tengo todavía que decirles…” Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al oído, al corazón. Quiere verte a los ojos y, con sólo su mirada, decirte que te ama. Él es el Maestro, el Señor. Y sus palabras son palabras de vida eterna, alimento para nuestras almas.
Pero quizá tampoco ahora estemos preparados para digerir lo que Cristo nos quiere decir. Quizá aún vemos demasiado con los ojos de la carne y pensamos demasiado como los hombres y no como Dios. Quizá todavía vivimos apegados a las cosas de la tierra y no hemos aprendido aún a poner nuestros ojos y nuestro corazón en los bienes del cielo. Debemos por tanto aprender a abrir nuestras almas a la luz nueva de Cristo. Una luz que ilumina nuestras vidas y la historia del mundo, haciéndonos descubrir la mano amorosa y providente de Dios. Aprenderemos a ver todo desde Dios, con los ojos de Dios. Llegaremos así a saborear, degustar, paladear el plan magistral y la maravillosa acción de Dios en la historia de la salvación.
Es cuestión de ser dóciles al Espíritu Santo, al Espíritu de la verdad. Él nos llevará hasta la verdad plena. Nos anunciará lo que ha de venir. Nos enseñará a leer los signos de los tiempos, a ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, a amar los caminos misteriosos y fascinantes por los cuales conduce al hombre y a la creación entera a la instauración total en Cristo.
Hoy celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad, la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu es nuestro modelo de comunidad y por lo tanto nos debe animar a vivir un amor compartido en comunidad. Un solo Dios en tres personas, en perfecta armonía, nos compromete a vivir felices en solidaridad total con el otro, dejando a un lado nuestros individualismos.
Señor Dios, como Padre, mantén vivas nuestras vidas. Como Hijo, danos la fraternidad perdida. Como Espíritu- huracán y brisa-, regálanos tu promesa última.
Que María de la Caridad, ponga a Jesús en nuestro corazón.
