Homilía de Monseñor Dionisio G. García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el domingo 22 de junio de 2025: Solemnidad del Corpus Christi

“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él, dice el Señor” San Juan 6, 56

Hermanos,

Hoy es un día hermoso. Siempre se celebraba el jueves anterior. En muchos lugares se sigue celebrando el jueves el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero en los últimos tiempos con la complicación de la vida, pues la iglesia ha permitido que la fiesta se pase para el domingo, pero en aquellos lugares donde ya es tradición o porque el Cuerpo y la Sangre de Cristo es el patrono de la ciudad, por ejemplo, o es la fiesta principal y ya es una tradición centenaria de muchos siglos. Voy a poner el ejemplo de la ciudad de Toledo, en España, que es una fiesta hermosa, ahí se sigue celebrando esta fiesta. En algunos lugares pequeños también la sigue recordando porque es la tradición.

Nosotros, la iglesia siempre también la ha recordado. Aquí hay ciudades que tienen como tradición recorrer las calles con la procesión del Corpus. Y la verdad que es un momento de mucha piedad y de mucha evocación.

Los obispos norteamericanos precisamente decidieron celebrar la fiesta, resaltar precisamente el sacramento de la Eucaristía, la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y por eso los Estados Unidos, el año pasado en muchas ciudades, se hicieron innumerables procesiones con el Santísimo por delante. Las fotos son verdaderamente entrañables. Pues nosotros celebramos siempre esta fiesta, siempre.

Hace poco celebramos la fiesta de Pentecostés en la que el Señor cumplió su promesa de enviarnos el Espíritu y nos dijo, que el Espíritu iba a enseñarnos todo aquello, que iba a abrir nuestras entendederas para que nosotros comprendiéramos todo lo que Él nos había dicho y enseñado. Entonces, este es un ejemplo de cómo la presencia del Espíritu en nosotros como iglesia, en la iglesia, ha hecho posible que los cristianos después de Jesús entendiéramos a plenitud el mensaje que Él nos trajo.

Eso, por un lado, esta seguridad de que Cristo está presente en la Eucaristía, que el Señor Jesús lo dijo un día, «Este es mi Cuerpo y este es mi Sangre.» Y lo reafirmó de tal manera, que vio que los discípulos aquello que Él decía era un poco duro, «¿Cómo vamos a comer su cuerpo y su sangre?» Y él dijo, «Pues sí, eso es duro, pero ese es mi cuerpo y este es mi sangre. Y el que lo come se salvará”.

Desde ahí, hermanos, los cristianos estamos celebrando la Santa Misa. Al principio, los discípulos sabían que Cristo estaba presente, pero eso lo seguían haciendo como esa cena ritual que Jesús realizó, que tuvieron ellos en la noche antes de la Pascua. Con el tiempo se fue perfilando y adquiriendo todo el peso del contenido del decir que Cristo está presente en el pan y el vino para acompañarnos a nosotros. Que la Eucaristía es sacramento de Cristo sacrificado por nosotros. Que en la Eucaristía se renueva el único sacrificio de Cristo en la cruz. Que en la Eucaristía estamos nosotros, nos encontramos en comunión con Cristo que nos da el alimento del cuerpo y del alma en la Eucaristía. Que la Eucaristía es unión de nosotros con Cristo, representa también la unión de todos los cristianos entre sí.

De ahí que la lectura de fragmento de evangelio que hemos escuchado cuando Él multiplica el pan, que eso viene a ser como una idea, un símil, una figura de la Eucaristía. Él envía, sean ustedes los que den de comer. Y dice que sobró todo para 12 cestos, y 12 es la plenitud. Todo el mundo se puede acercar a Cristo y todos nosotros nos llenamos, nos podemos llenar de Cristo si queremos acogerle, si queremos recibirle en la Eucaristía, si nosotros queremos y aceptamos de que Él es el vencedor del mundo. Eso es lo que nos dice.

¿Cómo la iglesia supo eso? ¿Cómo adquirió este peso esta celebración? Bueno, porque el Espíritu Santo está con la iglesia. El texto que nosotros hemos escuchado de Cristo que se hace pan, comida para salvarnos. Ese texto fue escrito por Pablo y fue escrito por Pablo, por los años 60 o 70. ¿Qué significa eso? Significa que eso que Pablo dice que él recibió, era algo que los cristianos habían visto a Jesús, los apóstoles, los discípulos y los demás lo habían escuchado, y ellos fueron transmitiéndolo de generación en generación. Pablo era muy fiel.

Y Pablo sabía lo que significaba esa presencia del Espíritu Santo abriéndonos los ojos y él dice, «Yo les transmito lo mismo que yo he recibido. Que Cristo murió en la cruz, se quedó bajo la forma del pan y del vino”, que es la imagen del sacrificio o la realización del sacrificio único de Cristo aquí entre nosotros; y que Cristo muere por nosotros en la cruz y nosotros tenemos que continuar celebrando este misterio de redención y de amor de Dios hasta el final de los tiempos.

Entonces, hermanos, fíjese bien. La iglesia es el pueblo de Dios, el pueblo de Dios que camina animado por el Espíritu Santo. Y ese caminar del pueblo de Dios en el Espíritu Santo, hizo posible que hoy, 20 siglos después, nosotros estemos recibiéndolo, realizando la Eucaristía.

Ha hecho posible que nosotros sigamos recordando que Cristo es un alimento para el cuerpo y para el alma que no se agota nunca, nunca. Que todos podemos llegar, nunca se va a agotar, nunca. Y que además es necesario comerlo, porque cuando Él dijo, «Recibirlo.» Cuando Él dijo, «El que come de mi carne y bebe de mi sangre, ese tendrá vida eterna”. Por eso, hermanos, yo les digo que acerquémonos a la Eucaristía. Yo sé que hay muchas personas que no pueden ir a misa, o que, por determinados motivos, los enfermos, por ejemplo, los presos… que por determinados motivos no pueden recibir la comunión.

Yo les digo a ustedes que no se contenten con ver la misa solamente virtualmente por la televisión. Qué bueno, si no pueden ir a la misa en la parroquia, es bueno que la vean por televisión, escuchen la homilía, las lecturas, participen, oren, hagan una comunión espiritual. Pero, hermanos, no descuiden la asistencia a la parroquia y la asistencia a la misa. Eso es lo que el Señor quiere. Este es un sacramento que Él hizo para la comunidad. El bautismo es la persona que tiene fe y que necesita que sea bautizada en el Señor. La comunión es el sacramento que se abre para todos.

Participemos físicamente también de la Santa Misa. Participemos. No lo desliguemos. Es bueno recibir el cuerpo de Cristo. Es pan de vida eterna. “El que come de mi cuerpo y bebe de mi sangre tendrá vida eterna”. Ojalá que todas las comunidades tengan personas que puedan llevarle la comunión a los enfermos. Ojalá a los que no pueden salir de su casa que haya muchos ministros de la comunión que lleven la comunión.

Hay veces que hay personas que han sido muy devotas, muy fieles, muy firmes en la iglesia, y después de mayores que es cuando más necesitan la compañía, la cercanía de los demás y de Dios, hay veces que están solos, y es cuando más necesitan que Jesucristo esté con ellos.

Ojalá que todas las parroquias también hagan lo posible para que todos los fieles de una comunidad puedan recibir la comunión, aunque no puedan ir al templo. Y los que podemos ir al templo, ojalá que hagamos el esfuerzo para físicamente, comunitariamente, como hermanos, nosotros celebremos el sacrificio de Cristo, que es el sacrificio de nuestra redención.

Que Dios nos ayude a vivir así. Y cuando pasen por la iglesia, entren en una iglesia, vayan directo al Sagrario y le hacen una visita a Jesús Sacramentado en el Sagrario. Amén.

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