Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, Obispo de Pinar del Río y parte de Artemisa.
Muchas personas seguían a Jesús.
La jornada ha sido intensa, y en ella el Señor ha compartido con la gente el auténtico significado del reino de Dios: curando a los que sufren y dando alimento a los necesitados. Jesús quiere colaboración de sus seguidores que no ven cómo encontrar alimento para tantos.
Él ha mostrado compasión por la multitud, mientras que los discípulos prefieren tomar el camino fácil. No han puesto su mirada sobre la necesidad de la gente, no han mirado con amor. Ellos miran desde su comodidad y sus cálculos y otros probablemente apartaban la mirada para no ver el problema.
“Denles de comer ustedes mismos”. No comprenden cómo llevar a cabo semejante tarea. Y Jesús les da una magnífica lección: compartan lo que tienen y estarán construyendo el reino.
Y tú, ¿has mirado con amor? El amor es lo que produce el milagro de la multiplicación de los panes. Y esa mirada ha cambiado la situación, porque ese pan no sólo fortalece físicamente sino que ha fortalecido el corazón de quienes lo reciben, porque ha demostrado que Jesús ama sin condiciones ni límites.
Dios quiere que todos tengan lo necesario para vivir con dignidad. Por lo tanto, no podemos desentendernos o ignorar el hambre y las demás necesidades que hay en el mundo. El compartir es la marca característica de la comunidad cristiana, de la Iglesia. En un mundo donde el hambre, las injusticias, son realidades evidentes que no podemos quedarnos con los brazos cruzados. El reino se construye con el compromiso social y político trabajando por una nueva sociedad.
Y nosotros, cristianos: ¿Por qué me no aprovechamos el Pan Eucarístico que continuamente Jesús nos ofrece? Sabemos que es el medio que nos da para fortalecer nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor. Para tener la fuerza para levantarnos y seguir luchando. El pecado nos deja tirados, apegados a nuestra comodidad, a nuestros cálculos, a nuestras seguridades. Por encima de todo ello, Jesús nos ha mirado, nos ha amado y nos espera en el sagrario. Nos ha tocado con Su gran misericordia. Si hemos contemplado «el rostro de la misericordia» en la Eucaristía. ¿Cómo nos vamos a quedar indiferentes? Ha entrado a nuestras vidas y las ha cambiado. En las dificultades nos has ayudado. A partir de ahora seremos tus discípulos misionero: «Me has seducido, Señor, y me deje seducir».
A partir de ahora queremos que otros te conozcan. No nos podemos quedar solo con este tesoro que hemos encontrado. Queremos que el mundo entero conozca cómo Tú nos amas y nos fortaleces en la Eucaristía. Si todos conocieran el amor de Dios sus vidas cambiarían. Pero eso depende de mí. Si no se nota el cambio en mi vida nadie nos seguirá.
Pidamos ser capaces de vivir la experiencia de compartir y de ser solidarios cada día de nuestra vida. Solamente se multiplicarán los panes si respondo evangélicamente a la invitación de Jesús: “Denles de comer ustedes mismos”.
Que María de la Caridad, primera portadora de Cristo, ponga a su Hijo en nuestro corazón.
