Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, y como siempre es un gusto volver a encontrarnos.
Pedro es una roca: en muchos momentos se muestra fuerte, valiente, con una fe inamovible y clarividente en Jesucristo. Otras veces tiene la pequeñez de un simple guijarro: niega a Jesús, no encuentra valor para estar al pie de la cruz, se encierra en el cenáculo. No le aventaja a Pablo en su grandeza y en su debilidad: lleva el Evangelio hasta el confín de la tierra”, pero lleva “una espina en la carne” que le recuerda su fragilidad.
En medio del diálogo, Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Acto seguido, Jesús pronuncia la declaración solemne que define, de una vez por todas, el papel de Pedro en la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (…). A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Las tres metáforas que utiliza Jesús son en sí muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que se apoyará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar a quien le parezca oportuno; por último, podrá atar o desatar, es decir, podrá decidir o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y sigue siendo de Cristo. Siempre es la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Así queda descrito con imágenes muy plásticas lo que la reflexión sucesiva calificará con el término: «primado de jurisdicción«. (Benedicto XVI, 7 de junio de 2006.)
Cristo pregunta a sus apóstoles: ¿quién dice la gente que soy yo? Pone esta pregunta sólo después de haber llevado a término su misión de enseñar lo que el Padre le ha dicho. Podría decirse que el caso ya está expuesto y ahora llega el momento de pronunciar el juicio. Sin embargo, la gente que ha visto y oído todas las pruebas necesarias para reconocerlo como Mesías, no termina por comprender sus signos. Es como si un velo cubriera sus ojos y les impidiese dar una respuesta segura y convincente: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»
Para Pedro, al igual que para Pablo tiempo después, Cristo fue un auténtico enigma difícil de descifrar. ¿Qué pensaría Pedro al ver a su maestro caminando sobre las aguas? O ¿cuáles sentimientos fluirían es su corazón cuando escucha de Cristo «sobre ti edificaré mi Iglesia» y más tarde le dice «apártate de mí Satanás.»
Este misterio sobre Cristo lo comprenderíamos mejor con los ojos de la fe que nos da el Padre. Mientras la fe no sea le oxígeno de nuestra vida, no seremos capaces de reconocer a Cristo como el Mesías. Por esto Cristo le dice a Pedro «dichoso Tú, Pedro, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre sino mi Padre que está en el cielo.»
El don de la fe se lo dona el Padre a Pedro no por mérito de Pedro ni por sus cualidades personales -era pescador- sino por la propia bondad del Padre. Es el don más precioso, el de reconocer a Dios como Mesías, como la auténtica luz que guiará nuestros pasos hacia la felicidad eterna. Y gracias a la fe Pedro y Pablo encontraron la fuerza para llevar a término su misión en la tierra.
Nos parecemos mucho a Pedro y a Pablo. Llevamos la valentía del primero siempre que constatamos el valor de nuestra fe y de nuestros esfuerzos; aceptamos la fragilidad del segundo, aunque con cierta resignación y desasosiego. Solo cuando reconocemos que es Dios quien nos hace fuertes con su gracia, entramos a formar parte de los hombres y mujeres grandes a través de los cuales Dios quiere seguir obrando.
Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.
