“Anda y haz tú lo mismo” Lucas 10, 37
Hermanos,
Cada domingo tenemos las lecturas. Y es verdad, hermanos que no apreciamos la Palabra de Dios como merece ser apreciada. En primer lugar, porque proviene del mismo Jesús, que es nuestro Señor, nuestro Salvador. ¿Cómo no la vamos a tener en cuenta y apreciarla? Y después porque sabemos que son palabras, palabras de vida eterna. Y además que tiene una sabiduría humana increíble. Todos sabemos cómo Dios no puede crear nada que vaya en contra del hombre, y Él ha creado al hombre. Pues, Palabra de Dios, acción de Dios, las lecturas, todo eso tiene una unidad íntima que no se puede separar.
Entonces, las lecturas de hoy podemos decir, tienen un hilo, como un eje central, pero que se puede dividir en tres partes. En primer lugar, es la Palabra de Dios. ¿Qué sentido tiene la Palabra de Dios en nuestra vida de cristianos? Fundamentalmente, explícitamente, aparece en dos lecturas. En la primera lectura del Deuteronomio y en el Salmo que nosotros hemos escuchado. “Tus mandatos, Señor, son rectos”, dice la lectura, el salmo 18.
Después viene en Colosenses ese mensaje de Pablo para ratificar a todos los creyentes en aquel momento, y claro está para nosotros ahora porque es Palabra de Dios. Lo dijo Pablo en aquel momento, pero es palabra de vida eterna. En la cual dice que Cristo es el centro de nuestra fe, el centro. Conocemos a Dios a través de Cristo que es el perfecto revelador del Padre, que dice que es reconciliador y para aquella reconciliación tiene que haber amor. Por lo tanto, aquí se une la Palabra y el amor. ¿Y en se une en quién? En la persona de Cristo, que por amor se entregó en la cruz por cada uno de nosotros.
Fíjense bien que tiene una lógica, una belleza estructural que nos hace darnos cuenta, que la centralidad de nuestra fe es Cristo, y que, si seguimos a Cristo, vivimos en la verdad, vivimos en la fraternidad entre los hermanos, le encontramos sentido a nuestra vida. Y el evangelio es ya algo muy práctico, una manera de esas que Jesús tenía de hacer a la gente entender.
Él muchas veces cuando querían cogerlo de atrás para adelante, le respondía a la gente con otra pregunta. Y ustedes saben que eso desarma muchas veces al que está al frente y que te cuestiona. Porque hay veces, muchas veces, que te cuestionan sin saber qué cosa cuestionan. Y además que no tienen un conocimiento de la realidad tal como para ponerse a cuestionar. Y Jesús lo hace, no es decir no diga palabras vanas, si no, reflexiona antes de hablar y antes de cuestionar a otra persona. Y ahí en ese pasaje vemos nosotros como el mandamiento del amor está presente.
Fíjense bien, la Palabra de Dios que nos lleva a Cristo, que es el perfecto revelador del Padre, es la Palabra de Dios que se hace carne para salvarnos y cuya ley fundamental es el amor que Él concreta muriendo en la cruz. Hay un hilo Palabra de Dios, amor, sacrificio de Cristo, realización entre los hombres para alcanzar la salvación es una sola cosa. Por lo tanto, esas cuatro lecturas tienen una belleza estructural tremenda.
La primera lectura es del libro del Deuteronomio. En esa primera lectura se habla de la Palabra de Dios y dice que la Palabra de los mandatos de Dios. Es un libro del Antiguo Testamento que está muy permeado de los mandamientos, los diez mandamientos que el Señor dio al pueblo de Israel, se los dio allí en el desierto, en el Sinaí y que el Señor le pidió que los cumplieran, porque eso formaba parte de la alianza. “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo”. Yo, los saco de Egipto, esa es la parte mía de la alianza, la parte de ustedes es cumplir estos mandatos que tienen un carácter moral. ¿Por qué? Porque es la acción del hombre para vivirlos y de esa manera cumplir la voluntad de Dios. Jesús hace su parte haciendo el bien, liberándolos. El pueblo de Dios hace su parte, tratando de vivir y cumplir los mandatos del Señor.
Pero ustedes saben bien, hermanos, que nosotros los hombres tenemos, y las mujeres también para hablar en un lenguaje inclusivo, cuando digo hombre, digo todo el género humano. Nosotros somos cabezudos y muchas veces cuestionamos los mandatos del Señor, y no los consideramos por muchas cosas, por nuestra debilidad, por nuestro desconocimiento, por nuestra vanidad, por dejarnos llevar por nuestros caprichos, por querer hacer lo que yo quiero y no lo que debo hacer, por tantas cosas. Entonces, esa era una de las tentaciones del pueblo de aquel momento y de este momento.
Fíjense bien, el libro de Deuteronomio, se llama así, Deuteronomio que significa segunda ley, es una reflexión que el pueblo judío hace unos 500 años después del Éxodo, el pueblo reflexiona la ley. ¿Qué quiere decir el Señor con esta ley? Y entonces, en este texto se le dice al pueblo, al pueblo de Dios: muchas veces se dicen que los mandamientos de Dios son incumplibles, que no podemos cumplirlos. Otras veces se nos dice que están hechos lejos de la realidad, por lo tanto, no podemos aplicarlos. Otras veces tal vez digan, «Eso es para otros tiempos, no para estos tiempos». Hermanos, esas son cosas que nosotros oímos ahora.
Yo estoy convencido que, a los jóvenes y no tan jóvenes, le empiezan a decir, eso que te enseñaron en la iglesia de los diez mandamientos, eso es para otra época. Fíjate como la gente ahora cómo vive, cómo se relacionan, es diferente. Y no cabe la menor duda que cuando nos apartamos de los mandamientos de Dios que están hechos a la medida humana, por eso es que son válidos para la naturaleza humana, cuando se vive así, pues nosotros podemos alcanzar en primer lugar la salvación, la vida eterna, pero también podemos lograr en la tierra un mundo mejor. Hermanos, y aquí dice una cosa, los mandamientos no están lejos, están en tu corazón, y en tu boca, y en tu acción. Están ahí.
¿Por qué? Porque son entendibles. Los mandamientos tienen sentido común. Dicen que el sentido común es el menos común de los de los de los sentidos. Entonces, si nosotros nos fijamos en los mandamientos a la ley de Dios, vamos a fijarnos en los siete últimos. Los tres primeros están dedicados a la relación con Dios, y el cuarto comienza con honra a tu padre y a tu madre. Y de ahí en adelante esos siete mandamientos restantes, están dirigidos a la relación de los hombres entre sí. Empezando por los padres, que es la relación natural, la de la naturaleza. Aún ahora se inventen muchos métodos, en muchas cosas. Si el hombre no tiene una familia, un padre y una madre, ese hombre crece faltándole algo. Empezando por ahí, no mentir, no dañar al otro, no envidiar, sé fiel, no odies, no robes.
Hermanos, ¿Es de sentido común robar? No. La sociedad debe estar hecha de tal manera, y la mente humana debe ser hecha de tal manera, que sepamos respetar al otro, y que las personas tengan lo necesario para vivir sin necesidad de robar. Matar al otro, no. ¿Es de sentido común de que ningún hombre puede atacar al otro y matarlo, y robar, despojar al otro? No. ¿Ser infiel? No, nadie quiere que me sean infieles a mí. Piensen bien que todo es sentido común. Usa tu cuerpo como naturalmente tienes que usarlo. Eres un hombre, eres una mujer. Úsalo. No te dejes llevar por pasiones, por mentalidades modernas que te dicen tantas cosas que esas son modalidades que pasan, pero lo que no pasa es que Dios le dio al hombre un cuerpo, a la mujer un cuerpo para que puedan vivir en plenitud como lo que son, haciendo el bien. Entonces, es de sentido común vivir los mandamientos.
No hay que vivirlo como una prohibición, sino como un mandato. Honra a tu padre y a tu madre. Hay veces que se ponen en plano negativo para decir, «Cuidado, cuidado.» Porque nosotros como somos, y lo hemos dicho tres veces ya, somos duros de corazón, pues hay que alertarnos, alerta. Los tres primeros mandamientos están dirigidos a Dios. Ama a Dios por sobre todas las cosas. No santifica el culto, dale culto a Dios porque Él lo merece. No uses el nombre de Dios en vano. Eso también tiene sentido común. Porque si Dios es mi Padre, es mi Creador, Él me da la vida y Él me ofrece la vida eterna, lo menos que yo puedo hacer es agradecerlo. Y darle culto a Dios es agradecer a Dios.
Fíjense muy bien hermanos, entonces esta lectura nos dice que tenemos los mandamientos de Dios aquí en el corazón y en los labios, y que, siguiéndolos, nosotros vamos a alcanzar el bien y vamos a alcanzar la felicidad. Nunca debemos de verlos como una ley prohibitiva, de prohibición, en el sentido como son nuestras leyes humanas, si haces esto te pasa tal cosa. No, el problema es que estos son mandamientos que cuando fallan, falla nuestra humanidad. Entonces, apreciemos los mandamientos de Dios. Vamos a leerlos, que tal vez lo hemos olvidado. Vamos a leerlos, vamos a reflexionarlos.
El salmo, que es el Salmo 81, que junto con el Salmo 118 son dos salmos, entre otros, que están dirigidos a la palabra de Dios. Y es precioso, es precioso. “Tus mandamientos, Señor, son vida. Tus mandamientos, Señor, son luz para mis ojos. Tus mandamientos, Señor, alumbran mis caminos. Tu palabra, Señor, es luz para para para mis ojos, para mi vida”. Esos dos salmos son preciosos y hay que leerlos así, teniendo la Biblia en la mano con el salmo y diciendo, «Esto que tengo en la mano que es Palabra de Dios es luz para mis ojos.» ¿Tengo la Biblia, así como luz, que es luz para mis ojos o no?
Vamos a los Colosenses. Pablo escribe la carta a los Colosenses cuando ya él sabe que se lo van a llevar a Roma, cuando él sabe que toda la situación está muy mala para él, que puede ser condenado a muerte, pero él quería dejar como un testamento y escribe esta carta, una de estas cartas. Y dice esa palabra tan preciosa, Cristo estaba en el principio y todo fue creado en Él, por Él y para Él.
Es decir, esta carta fue escrita casi treinta años después de Cristo ascender, resucitar y ya había una teología de que Cristo era Dios mismo, Hijo de Dios, que fue Él que se ofreció, que todo fue hecho en Él, por Él y para Él. Ya aquí está la Trinidad presente. Es decir, treinta años después de la muerte de Jesús, ya los cristianos iluminados por el Espíritu Santo, que comenzó esa el día de Pentecostés, como se dice, la iglesia comienza; ya se vivía esta experiencia de que hay un solo Dios, como la vivía el pueblo de Israel, pero que ese Dios, su naturaleza era el amor, y eran tres personas que se amaban entre sí. Y que por lo tanto la naturaleza de Dios es amor y Él nos crea a nosotros por amor.
Y él dice, «Él es el perfecto reconciliador, porque vino a reconciliar todas las cosas.» Y la reconciliación comienza en el amor. Es difícil reconciliarse si no hay amor por el medio. Cristo vino a reconciliar a todos los hombres con Dios, y Cristo vino a reconciliar a los hombres entre sí. Y por eso tenemos que amarnos. Y por eso es que viene esta parábola que la iglesia nos pone. Esta parábola del buen samaritano, que ha pasado la historia con ese nombre.
“Señor, ¿cuál es el primer de los mandamientos?” Fíjese bien el legalismo, lo que dice la letra. Y aquí lo que se está mirando es Espíritu que dice que la ley está en tu corazón, el Espíritu. ¿Qué dice? “¿Cuál es el primer mandamiento? Ama a Dios por sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza, y a tu prójimo como a ti mismo?, en otro pasaje bíblico, en otro evangelio se dice. ¿Qué es este evangelio? Este mandamiento de amar a los demás es igual que el primero de amar a Dios. Están ahí unidos. Entonces, le dice esto, y el otro queriendo darse como que lo voy a coger de nuevo o justificar la pregunta, le dice, «Bueno, ¿y quién es mi prójimo?» Jesús no estuvo dando una clase de sociología, ni una clase de psicología. No. Él simple y sencillamente puso el hecho.
Y hace el relato de este de este hombre samaritano que pasó por un lugar y se encontró con un judío que había sido apaleado. Él no sabía que había pasado nada menos que un sacerdote, que un levita, que eran gente del templo muy instruida, muy educada en la letra, pero que lo que le faltaba era el corazón. Que cuando pasaron lo dejaron ahí tirado, pero este hombre siendo samaritano, ¿quiénes eran los samaritano? Ustedes lo saben. Era los enemigos de Israel, enemigos religiosos de Israel. Pero, sin embargo, él no miró que era un judío, él lo que miró que era una persona, criatura de Dios, hecha imagen de Dios. Y se paró, lo curó, se lo llevó para que lo cuidaran. Y viene la pregunta mágica del sentido común.
La pregunta es, ¿para ti? Fíjense bien, otra pregunta. La respuesta es una pregunta. “Y para ti, ¿cuál actuó como prójimo? El samaritano”. Entonces, hermanos, nosotros vivamos, procuremos, no dejemos pasar el tiempo de que la Palabra de Dios la escuchemos y la dejemos pasar. Cuando el Señor nos lanza una palabra, sabemos que esa Palabra de Dios es viva, eficaz, cree en mí una respuesta de amor positiva. que me hace bien, que me hace más humano.
En el lenguaje nuestro, cuando nosotros vemos una persona que se acerca al otro y que lo cuida, dice, «¡Qué humanidad más grande tiene!» Porque la gente reconoce, el sentido común está en el corazón. Ahí está la Palabra de Dios. Vivamos los mandamientos. Vivir los mandamientos es vivir en el amor. Vivir los mandamientos es continuar la palabra de Dios y el mandato que el Señor dijo, «Vayan por el mundo entero, prediquen y vivan el evangelio ante todos los pueblos.»
Entonces, fijémonos bien. La palabra de Dios es viva y eficaz, es luz para nuestros ojos, ella nos enseña el camino para llegar a la salvación. Los mandamientos del Señor hay que vivirlos, porque los mandamientos del Señor, más que restricciones, o prohibiciones, los mandamientos de Dios son un camino abierto para cada día ser más humano, para cada día ser más humano. y hermanos, para cada día ser mejor como persona. Y la imagen nuestra ¿cuál es? Jesús, que entregó se entregó en la cruz por todos y por eso Él nos dice, «Ama a tu prójimo como a ti mismo.»
Que Dios nos ayude a vivir así y nos daremos cuenta de que vamos a ir entrando en ese camino de Dios que nos dará mucha paz, mucha alegría y mucha tranquilidad espiritual, y mucha fortaleza para hacer siempre bien.
Que el Señor nos acompañe a todos.

Neidys Gusto nuevamente en saludarte No vi la homilía de Mons. Juan Dios. GRACIAS!!! Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
Me gustaMe gusta