Mis hermanos,
En el Antiguo Testamento, cuando nosotros nos damos la oportunidad de acercarnos a esta parte de la Biblia y disfrutar, contemplar, orar, la historia de la salvación un poco desde sus inicios, vemos siempre cómo Dios pasa, cómo Dios se hace presente en las diversas circunstancias de la vida del hombre.
Lo vemos también en el caso de Abraham y su familia, nuestro padre en la fe. Y es que Dios es un Dios que crea y se involucra, se mantiene en una constante tensión, en un acercamiento. Dios está, está y hace su obra, nos comparte su Gloria.
Y qué bueno, nosotros, como dice San Pablo, ponernos al servicio del Señor sin miedo, asumiendo cualquier sacrificio, cualquier sufrimiento que venga, porque sabemos que la victoria es del Señor. Porque sabemos qué es lo más importante. ¿Cuántas cosas nos preocupan? ¿Cuánto dolor, cuánto sufrimiento, cuántas incertidumbres de cara al futuro? Sobre todo, en esta tierra cubana en la que vivimos, cuántas incertidumbres, cuántas preocupaciones, cuántas preguntas. Y uno no se cansa de mirar a Dios, de acudir a la Madre. Y de orar, de pedir de pedirle a ese Dios que intervenga. Sin embargo, nos olvidamos que Dios nunca deja de trabajar.
A veces pareciera que Dios hace silencio, que Dios se aparta, que Dios no se involucra, pero eso tan solo es una apariencia, nuestro Dios siempre está involucrado. Que muchas veces no sintamos a Dios y que Dios no actúe en cada momento de la manera que nosotros queremos, no quiere decir que nuestro Dios no permanece involucrado con su creación.
Y por el camino en este, en esta historia de salvación, en este caminar hacia Él, hay sombras, pero también hay luces. Y a veces desesperado por las sombras, involucrados nosotros en tantas dificultades, en tantos quehaceres por la subsistencia de cada día, nos olvidamos de lo más importante. Nos olvidamos de acercarnos más a Él, de intimar con Él, de disfrutar de Él, de gozarnos en Él, de mirar su gloria, de experimentar su paso y yo diría, nos olvidamos de tocarlo. Podemos tocar a Cristo.
Evidentemente cuando uno está sumergido en uno mismo y lleno de sus problemas, de su dolor, marcado por las circunstancias que ciertamente pueden ser críticas, de repente nos olvidamos de Él. Nos olvidamos de un Jesucristo que está siempre con nosotros. Él lo prometió en su palabra. Está. “Yo estaré con ustedes siempre”. Y nosotros no nos podemos apartar de esa presencia que está garantizada.
A veces no nos da gracia, en Cuba cuando muchas veces nos dicen que esto está garantizado, que aquello está garantizado y al final vemos, o sea, que faltan las garantías reales. Bueno, la presencia del Señor, está garantizada. Él está. Lo que hay que sentarse a sus pies. Hay que sentarse, hay que parar, hacer un alto, ponerse a sus pies, mirarle a su rostro, mirarle a los ojos, recibirlo en su Palabra, en su cuerpo, cantarle, adorarle, gozar de su presencia.
Y eso nosotros nos lo perdemos muchas veces. Vivimos en una especie de activismo constante que nos gana, que a veces nos quiere ganar a todos. Y en este camino nos perdemos disfrutar de Él. Eso es lo que pasa en el evangelio.
Una mujer Marta, evidentemente activa, seguramente bondadosa, hospitalaria, se estaba ocupando de las cosas prácticas, logísticas, de la logística. Cuánto nos preocupa a veces la logística, ¿verdad? Y, sin embargo, María estaba a los pies de Jesús. Como sabiendo que estando Él, todo está garantizado. Como sabiendo que estando Él, todo va a estar bien. Porque hay que creerle al Señor.
Por eso a veces me preocupa cuando la gente aquí en las parroquias nuestras, en medio de tantas dificultades y tantos problemas que a veces es difícil encontrarles solución, la gente te dice, «Ay, padre, no he ido a la iglesia porque tengo problemas en mi casa, tengo problemas en el trabajo.» Entonces nos dice, «Bueno, a ver, ¿cuál es la lógica? Tengo problemas, me alejo de Dios cuando debería ser, al contrario. O sea, porque tengo problemas, porque tengo dificultades, a lo mejor estoy sufriendo, me la estoy viendo mal, es cuando más tengo que acercarme a Dios, o sea, es incomprensible que cuando tenemos problemas no nos acercamos más a Dios.
A veces me pregunto qué tan distinta sería la historia de nuestro país, de nuestra tierra cubana, si los cubanos que todavía vivimos en la isla abarrotáramos las iglesias.
Yo creo que sería un país muy distinto, porque no hay nada, nada, que no se pueda lograr con suficiente fe, con una fe madura. Ah, y después viene la logística. Después con la con esa gracia de Dios viene la acción, porque siempre hace falta una acción, claro que la acción hace falta. Pero lo primero, lo primero es buscar la fuerza necesaria para después que esa acción sea realmente efectiva.
Vamos a pedirle a nuestra Madre, la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre, que nos acerque a su Hijo. Que nos demos la oportunidad aquí, nos ayude a enamorarnos de Jesús. Lo necesitamos ahora más que nunca. Pero lo necesitamos en la intimidad. Necesitamos su fuerza, su amor, su calor, su abrazo porque ciertamente los retos son grandes. Pero no podemos olvidar que Dios siempre está y en Él él siempre seremos victoriosos.
Que así sea.
