Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, el domingo 20 de julio de 2025, XVI del Tiempo Ordinario

Queridos todos: Conversemos unos minutos sobre este poblado a donde ha llegado Jesús que se llama Betania, y estaba situado en la carretera que va de Jericó a Jerusalén. En tiempos de Jesús, era un suburbio de Jerusalén, un centro pequeño en el borde del desierto de Judea, donde vivían algunos de sus amigos más íntimos como los hermanos Marta, María y Lázaro. Los Evangelios dan a entender que Jesús mantenía una relación muy cercana con ellos tres. San Juan nos dice que “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Juan 11:5). Desde los tiempos del Nuevo Testamento, Betania se asocia a esta historia. Está incluso inscrita en su nombre, pues en árabe, la aldea (que ahora es una ciudad) se llama Al-Eizariya, que se traduce como “el lugar de Lázaro”. En el hogar de ellos, Jesús era siempre bien recibido para cenar como uno más de la familia. Como Betania estaba a unos tres kilómetros de Jerusalén, los peregrinos podían ir desde allí a Jerusalén cada día y volver por la noche para estar entre amigos y familiares.

Con esta geografía de fondo, los invito a entrar en casa de Marta, María y Lázaro.

Uno se imagina a Jesús llegando a una casa donde se sentía bien, muy cómodo. Como era la costumbre se habrá quitado el polvo del camino lavándose las manos, la cara y los pies. Luego se habrá sentado a conversar con Marta y María. El evangelio escuchado no menciona en esta ocasión a Lázaro que probablemente habría salido a alguna gestión María, la hermana más joven, lo deja todo y se queda sentada a los pies del Señor. Su única preocupación es escucharlo. El evangelista la describe con los rasgos que caracterizan al verdadero discípulo: a los pies del Maestro, atenta a su voz, acogiendo su Palabra y alimentándose de su enseñanza.

La reacción de Marta es diferente. Desde que ha llegado Jesús, no hace sino desvivirse por acogerlo y atenderlo debidamente y se fue para la cocina. Supongo que se pondría a preparar algo para el almuerzo o la comida. Mas el tiempo pasaba y Marta empieza a agobiarse. Le parece que la comida no va a estar a tiempo. Se siente abrumada. Y tal vez se molesta porque María no se da cuenta y sigue conversando con Jesús. Hasta que ya no aguanta más y se va a la sala para quejarse con Jesús. Lucas la describe agobiada por múltiples ocupaciones. Desbordada por la situación y dolida con su hermana que no la ayuda, expone su queja a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude”.

Jesús no pierde la paz. Responde a Marta con un cariño grande, repitiendo despacio su nombre; luego, le hace ver que también a él le preocupa su agobio, pero ha de saber que escucharle a él es tan esencial y necesario que a ningún discípulo se le ha de dejar sin su Palabra. Y le dice: “Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas cuando en realidad una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte y nadie se la quitará”.

Pienso que eso también el Señor podría decirnos a nosotros hoy. Repitámonos dos veces nuestro nombre y dejemos que el Señor nos diga: “Tú andas inquieto y preocupado por muchas cosas”.

Y el Señor terminará aconsejándola y aconsejándonos: “En realidad, una sola cosa es necesaria. María ha elegido la mejor parte y nadie se la quitará”.

Jesús no critica el servicio de Marta. ¿Cómo lo va a hacer si él mismo está enseñando a todos con su ejemplo a vivir acogiendo, sirviendo y ayudando a los demás? Lo que critica es su modo de trabajar de manera nerviosa, bajo la presión de demasiadas ocupaciones.

Jesús no contrapone la vida activa y la contemplativa, ni la escucha fiel de su Palabra y el compromiso de vivir prácticamente su estilo de entrega a los demás. Alerta más bien del peligro de vivir absorbidos por un exceso de actividad, en agitación interior permanente, apagando en nosotros el Espíritu, contagiando nerviosismo y agobio más que paz y amor.

Apremiados por la disminución de fuerzas, nos estamos habituando a pedir a los cristianos más generosos toda clase de compromisos dentro y fuera de la Iglesia. Si, al mismo tiempo, no les ofrecemos espacios y momentos para conocer a Jesús, escuchar su Palabra y alimentarse de su Evangelio, corremos el riesgo de hacer crecer en la Iglesia la agitación y el nerviosismo, pero no su Espíritu y su paz. Nos podemos encontrar con unas comunidades animadas por funcionarios agobiados, pero no por testigos que irradian el aliento y vida de su Maestro.

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