Queridos hijos e hijas, una vez más nos volvemos a encontrar a través de este medio.
En el Evangelio del día de hoy, vemos como uno de los discípulos pide a Jesús que les enseñe a orar. Desde ahora ya podemos sentirnos identificados con él, porque cuántas veces no sabemos rezarle a Dios y solo pensamos en pedir y pedir, pero realmente no debe ser así… Orar es más bien pasar tiempo con el Amado, con aquel que nos ha dado todo lo que tenemos.
Hoy Jesús responde a la petición de sus discípulos sobre la oración. Lo hace con el ejemplo, él estaba orando, y con la palabra, los instruye. Les indica lo que deben decir y por qué deben decirlo así, apoyándose en la parábola del amigo que pide, la del padre que no engaña y la de la entrega de lo mejor a sus hijos. La confianza en el Padre que es bueno con todos, la perseverancia que todo lo consigue y la humildad de sabernos frágiles, son lecciones que sacamos de este pasaje.
Cristo nos revela la intimidad con su Padre, esa intimidad que nos lleva a darnos totalmente, aunque no nos guste a veces, humanamente, como lo ha hecho Cristo en la cruz. Saber que estamos presentes en la oración de Dios mismo es algo que debe resonar en nuestro corazón. Él, conociendo que no sabemos rezar, ha querido enseñarnos esta misma oración.
Cuando rezamos el padrenuestro, nos dirigimos al mismo Padre que nos ha creado y nos ha revelado su gran amor entregándonos a su Hijo único.
Hay oraciones de muchos tipos. El evangelio presenta hoy la de petición. Por eso coloca imperativos dirigidos a Dios: “venga”, “danos”, “perdónanos”, “no nos dejes”…, así como otros tiempos verbales más suaves cuando nos involucramos los humanos: “sea santificado”, “como nosotros perdonamos”, etc. Jesús nos invita a sentir que lo que vale para nosotros vale mucho más para Dios, que además nos regalará el Espíritu Santo.
«Jesús rezaba como reza cada hombre en el mundo. Y, sin embargo, en su manera de rezar, también había un misterio encerrado, algo que seguramente no había escapado a los ojos de sus discípulos si encontramos en los evangelios esa simple e inmediata súplica: “Señor, enséñanos a rezar”. Ellos veían que Jesús rezaba y tenían ganas de aprender a rezar: “Señor, enséñanos a rezar”. Y Jesús no se niega, no está celoso de su intimidad con el Padre, sino que ha venido precisamente para introducirnos en esta relación con el Padre; y así se convierte en maestro de oración para sus discípulos, como ciertamente quiere serlo para todos nosotros. Nosotros también deberíamos decir: “Señor enséñame a rezar. Enséñame”. ¡Aunque recemos quizás desde hace muchos años, siempre debemos aprender! La oración del hombre, este anhelo que nace de forma tan natural de su alma, es quizás uno de los misterios más densos del universo. Y ni siquiera sabemos si las oraciones que dirigimos a Dios sean en realidad aquellas que Él quiere escuchar». (Papa Francisco)
Disponte a hablar con mucho amor con Aquel que te ama y con confianza repite esta oración en tu corazón:
Señor, que, en cada momento de mi vida, sea consciente de que la cruz es la mejor forma en que puedo amarte y santificarme. Te pido por esas personas que están cansadas de cargar con su cruz.
Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.
