“Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea” Lucas 12, 15
Hermanos,
Tremendo Evangelio y tremendas lecturas. Y digo que es tremendo porque toca cosas esenciales de nuestra vida. Es decir, por un lado, está ese deseo que antiguamente cuando éramos pequeños nos decían que era el instinto de conservación, efectivamente. Es decir, ese instinto que la persona tiene, el individuo tiene para luchar en la vida, para conservar la vida.
Por eso es que Dios no quiere que ninguna vida se destruya, ni aun la que está en el vientre de la madre, ni la de los ancianos, ni las guerras que todas son inútiles. Si hubiera una verdadera comunión, fraternidad, un amar a todos como nosotros mismos, la guerra no existiría.
Pero bueno, ese instinto nos dice, «Hay que conservar la vida.» Qué bueno. Y después está el otro instinto, de vez en cuando repito esto porque se nos olvida. El de la conservación de la especie. Es decir, que es el procrear, el tener hijos, el cuidar de los hijos, en ver la maternidad como algo bueno, porque es la única manera de conservar nuestra especie, de conservarnos nosotros. Es la única manera de cooperar con la obra de Dios, que nos crea, nos creó, nos hizo hombre y mujer y nos dijo, «Crezcan, multiplíquense y dominen todo lo creado.» Es un instinto y hay que conservarlo.
Pero hay veces que exageramos, yo quiero tener para mí todo y no me preocupo de los demás. Y hay pueblos que quieren tener para sí todo y no se ocupan de los demás. Todas las cosas tienen que tener su equilibrio, todo dos equilibrios.
Pues bien, esta primera lectura es el libro del Qohelet, el Eclesiastés. Es unos un libro del Antiguo Testamento que está en el grupo de los libros sapienciales, es decir, aquellos que hablan de sabiduría. Y nosotros sabemos que, en la Biblia, cuando hablamos de sabiduría; como sabemos también que no puede estar separada la sabiduría humana cuando el hombre la busca en el interior, y la sabiduría divina porque todos procedemos de la sabiduría divina. Como sabemos en todo eso hay una gran armonía.
Por eso la sabiduría, cuando se habla en la Biblia, es esa sabiduría que viene de Dios, que nos ilumina para nosotros poder entenderlo, nuestra sociedad, las sociedades, la familia y todo lo que existe. Entonces, es un libro muy realista. Y es un libro, podemos decir que casi ni se menciona a Dios en ese libro, y es un libro de la Biblia. ¿Por qué? Porque todo el libro, todo el libro habla de Dios y de la obra de Dios, pero casi sin decirlo. Sí lo menciona en los momentos fundamentales, claves, que dan sentido a las cosas. Entonces, aquí habla de la vida, la vida que Dios nos da. Es un tema que a mí me gusta mucho, porque me parece que nosotros nos olvidamos del sentido de la vida.
Hay tantas llamadas, tantas llamadas a vivir, disfrutar, conseguir, tener lo mucho, lo poco, lo necesario, muchas veces lo no necesario en esta vida. Aquí nosotros no tenemos anuncios, anuncios comerciales. En otros países se nos llena. Por un lado, uno acaba de ver una noticia diciendo que hay que cuidarse y no engordar, y esto y lo otro, e inmediatamente después viene una noticia que ponen una pizza así que a uno le da ganas de comérsela, y más en las situaciones que tenemos aquí en Cuba. Las contradicciones, son las contradicciones. ¿Por qué? Porque todo nos llama. Aquí en Cuba no hay mensajes de productos, comerciales, alimenticios, pero hay muchos productos, muchos mensajes ideológicos. Hay que luchar, hay que hacer, hay que buscar, hay que hacer esto, hay que hacer lo otro. Es decir, todo es en relación al momento, a lo que estamos viviendo, a lo que creemos necesario.
La sabiduría de Dios es de Dios que tiene clarito todo eso y que nos ilumina. La sabiduría humana necesita repensar la vida. La pregunta clave, seguro que me la han oído muchas veces, pero es bueno repetirla a cada cierto tiempo, es ¿Para qué yo he venido al mundo? ¿Para qué? ¿Con qué sentido mis padres me trajeron al mundo? ¿Por qué Dios me dio la vida? Esta vida que tiene tantos llamados, la prosperidad, hacer las cosas. ¿Cuántos? ¿Cuántas desazones, cuántas tristezas nos trae? Y también cosas buenas, porque la vida que Dios quiere que nosotros sepamos vivir la vida bien, alcanzando la felicidad aquí en la tierra, eso es lo que Él quiere.
Entonces, hermanos, esa es la pregunta y por eso este libro de Qohelet empieza con esa pregunta clave. Es bastante radical. Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión. Cualquiera diría, «Está equivocado.» Porque ese altar no es una ilusión, existe el altar. Sí, es cierto. Pero lo que pasa es que hay veces no le damos nosotros la importancia que tiene y lo relativizamos. Mejor dicho, le damos más importancia de la que en este caso tiene, porque el altar es el lugar donde nosotros celebramos, la Santa Misa, donde el cuerpo de Cristo va a estar ahí presente. ¿Pero ese altar es esencial para vivir mi fe de cristiano, ese altar, ese? No.
Nosotros vamos muchas veces a los montes por Guamá, por Mayarí Arriba, por allá por Baconao y ¿dónde celebramos la misa?, ¿dónde? Aquí están las hermanas de Calcuta ¿Dónde la celebramos? Debajo de una mata de mamoncillo o lo que sea, se pone una mesita y arriba se le pone un mantel digno, blanco y ahí se celebra la misa. ¿Por qué? Porque para lo esencial no hacen falta las mediaciones, para lo esencial no hacen falta. Eso es lo que nos quiere decir. No le den importancia a las cosas que son pasajeras.
Y usted me dirá, «Padre, entonces los templos.» Ah, no, los templos. Uno porque la comunidad tiene que tener un lugar donde celebrarla. Pero si no hay un lugar donde celebrarla con un templo como este Santuario del Cobre, la Catedral de Santiago, Notre Dame que se quemó en Francia y la han restaurado. Si no tenemos eso, ¿no podemos rendirle culto a Dios? Claro que podemos rendirle culto a Dios.
Aquí se han restaurado muchos templos, gracias a Dios, que se pudieron restaurar muchos templos. Y se están restaurando muchos templos. Ojalá que tengamos materiales y todo, porque también escasean mucho. Pero cuando estamos en un lugar donde el templo de momento se cayó, y eso ha pasado en muchas ocasiones, yo siempre digo que la iglesia está compuesta por nosotros, que somos los bautizados, que somos las piedras vivas de la iglesia. La iglesia no son las piedras muertas de que está hecho un templo.
Entonces, uno tiene que relativizar hasta algo tan importante como un altar, como un templo. ¿Cómo no vamos a relativizar entonces todo lo demás? ¿Cómo? Entonces, ¿dónde ponemos nuestra esperanza? ¿Dónde ponemos nuestro trabajo, nuestro afán? ¿Dónde lo ponemos?
Hermanos, es bueno y el Señor pide luchar para que cada día tengamos más justicia, más bienestar, más abundancia, más cariño, más amor entre los hombres que no sepamos ayudarnos unos a otros. Por eso los padres hacen muy bien en esforzarse, en buscar un trabajo, en prepararse, en luchar la vida, dedicar el tiempo a la familia. Eso hay que hacerlo. Eso hay que hacerlo. Pero ¿dónde yo pongo mi mayor misión?, ¿solamente en lo material, en lo que tengo, en lo que yo sé que se va a acabar? Yo sé que se va a acabar. Porque es así, en primer lugar, yo me voy a morir y me voy a perder de todo eso. ¿Dónde está? ¿Dónde yo tengo mi esperanza?
El otro domingo leímos el Evangelio de Marta y María cuando Jesús fue a la casa de Lázaro. Y allí en ese Evangelio muchas veces se hace el contraste, entre Marta que estaba en los trajines de la casa ocupándose de las cosas materiales, y María contemplando a Jesús. Según lo pone ahí, eso es o sí o no, una trabaja mucho y la otra contemplaba. Que la vida no es así. En la vida sabemos que hay que luchar y contemplar. Y lo mejor de todo es ver cómo se contempla luchando en la vida, ¿eh? Por eso hay que decir, tenemos que estar en presencia de Dios y convertir todo nuestro día en un a una oración. Padre, ¿cuándo tenemos que orar? Siempre. En la medida que tú entregues tu vida a Dios, estás orando siempre.
A mí no me gusta ver a Marta y María con esa diferencia de que fulana trabajaba mucho y la otra contemplaba. A mí me gusta ver la que las dos, las dos, eligieron lo que tenían que elegir, que era servir a Jesús. Las dos. Marta a la hora de preparar la comida, de limpiar, de esto, de lo otro, de preparar la mesa, ella lo que había dejado todo. Ella había dejado todo lo que estaba haciendo, ¿para qué? Para servir a Jesús. Para crear un clima alegre en la casa. María lo había dejado todo. Y ella lo que tenía era contemplar a Jesús. Se maravilló de su presencia. Las dos dejaron todo. ¿Para qué? Para seguir y contemplar a Jesús.
Este es el complemento de las lecturas de hoy. ¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si al fin pierde su alma? ¿De qué? Las lecturas de hoy nos dicen, «No te afanes, no pongas todo tu empeño, que si no lo consigo me muero.» Y hay gente que se suicida porque no consigue lo que quiere. Fíjense bien y cuando digo lo que quiere, lo mismo digo una posición económica, pero cuánta gente dice, «Fulano se mató porque la novia, la esposa no lo quiere más.» ¿Ustedes no lo han oído? ¿Dónde puso más importancia? ¿En que desgraciadamente tuvo esa situación?, ¿o puso su confianza en Dios diciendo, «Señor, no lo quería, dame fuerza, tratemos de reconciliarnos»? Pero mirando a Dios, mirando a Dios como bien supremo, porque las cosas pasan, las personas pasamos, las situaciones pasan, unas duran más que otras. Pero lo único que no pasa es la promesa del Señor Jesús. Ésa no pasa.
Por eso este libro del Antiguo Testamento, este libro de Qohelet, léanlo, búsquenlo, el Eclesiastés. Es un libro que lo que nos hace es pensar y decir, ¿en quién yo pongo toda mi esperanza, mi confianza?, o ¿en quién yo pongo las metas que yo me confío en la vida? Hermanos, tenemos que hacerlo todo, el obispo lo tiene que hacer, el papa León, lo tiene que hacer, un padre de familia, ustedes en el hogar que hay muchos que nos están oyendo juntos, ¿en quién ponemos nuestra confianza? ¿En quién? Hay que luchar en la vida siempre, siempre. El que no trabaja no come. Pero siempre teniendo que lo más importante es el reino de Dios y su justicia, eso es lo más importante.
Eso es lo que nos dice, si en el Antiguo Testamento, esto es una reflexión sapiencial, es decir, para que la gente medite sobre la realidad. Jesús que le hablaba a la gente, de una manera muy práctica, Jesús le puso la parábola. Que nadie la puede, nadie la puede discutir. Un hombre tenía cantidad de dinero y posibilidades, quería mucho más. Hizo sus planes, todos son planes terrenales, ¿eh? Fue tan confiado en él que dijo, «Voy a desbaratar lo que tengo.» Tonto, hubiera dejado lo que todavía tiene y hubiera hecho otro nuevo, hasta en eso falló. Entonces, ese dice, «Tú, ¿que tú vas a gozar y vas a darte buena vida después que tú tengas tu todo? Tonto, esta noche te vas a morir”. Hermano, y así es la vida.
¿Cuánta esperanza uno ha puesto, se han puesto como pueblo, como persona, ha puesto en promesas políticas de este tipo, o de este otro? Ah, y de momento se la llevó el viento. Tonto, ¿dónde pusiste tu esperanza? ¿Dónde? Cuánta esperanza uno pone, ¿en qué?, en una carrera, o en el caso nuestro, tantos cubanos desgraciadamente, lamentablemente que se han ido del país. No, yo sí, porque ahí yo tengo. Bueno, tal vez consigue, sí, claro, puede conseguir, pero también puede no conseguir. ¿Tú pusiste toda tu esperanza en eso? No. Es bueno que tú busques los lugares donde tú creas, que tú puedas desarrollarte y vivir mejor, pero siempre ten presente de lo que sí tienes que poner de empeño y buscar, es el reino de Dios y su justicia que es Jesucristo el Señor.
El texto lo dice claro. Dice, «lo mismo pasa al que amontona riqueza para sí mismo y no se hace rico de lo que sale de lo que vale ante Dios.» Procuremos, hermanos, a buscar lo que vale ante Dios, que es el bien.
Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así.

Neidys Gusto en saludarte de nuevo GRACIAS!!! Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
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