Queridos todos: San Lucas ha recopilado en este evangelio que hemos escuchado unas palabras, llenas de afecto y cariño, dirigidas por Jesús a sus seguidores y seguidoras. Con frecuencia, suelen pasar inadvertidas. Sin embargo, leídas hoy con atención desde nuestras comunidades y familias, cobran una sorprendente actualidad. Es lo que necesitamos escuchar de Jesús en estos tiempos no fáciles para la fe.
Jesús nos llama “pequeño rebaño”. Él mira con inmensa ternura a su pequeño grupo de seguidores. En realidad, somos pocos, somos minoría. No hemos de pensar en grandezas. Así nos imaginó Jesús siempre cuando nos llamó a ser el poco de “levadura” que fermenta toda la masa, o la pequeña lámpara que se enciende para iluminar a todos los de la casa, o el poco de “sal” que le dé sabor a la vida de todos.
Los que creemos en Jesucristo hemos de aprender a vivir en minoría. Es un error añorar una Iglesia poderosa y fuerte. Es un engaño buscar poder mundano o pretender dominar la sociedad. El evangelio no se impone por la fuerza. Lo contagian quienes viven al estilo de Jesús haciendo la vida más humana.
“No tengan miedo”. Es la gran preocupación de Jesús. No quiere ver a sus seguidores paralizados por el miedo ni hundidos en el desaliento. No han de perder nunca la confianza y la paz. También hoy somos un pequeño rebaño, pero podemos permanecer muy unidos a Jesús, el Pastor que nos guía y nos defiende. Él nos puede hacer vivir estos tiempos con paz.
“Su Padre ha querido darles el Reino”. Otra expresión de Jesús con la que quiere recordarnos esa verdad una vez más. No hemos de sentirnos huérfanos. Tenemos a Dios como Padre. Él nos ha confiado su proyecto del reino. Es su gran regalo. Lo mejor que tenemos como tarea es hacer la vida más humana y la esperanza de encaminar la historia hacia su salvación definitiva.
“Vendan sus bienes y den limosnas”, nos pide Jesús. Los seguidores de Jesús somos pocos, pero nunca hemos de ser una secta encerrada en sus propios intereses. No se trata de resolver nuestros propios problemas sino de ayudar a los demás a resolver los suyos. No debemos vivir de espaldas a las necesidades de nadie. Debemos ser personas de puertas abiertas, que compartan sus bienes, su dinero, sus medicinas, con los que necesitan ayuda y solidaridad y que, quizás, viven cerca de nuestras casas o caminan por nuestras calles. Debemos dar limosnas, es decir, repartir misericordia a derecha e izquierda.
Jesús nos llama a guardar los tesoros en el cielo, a abrir una especie de cuenta bancaria en el cielo a nuestro nombre. Una cuenta a la que ningún ladrón pueda llegar ni el comején pueda destruir.
El afán por tener nosotros más y más bienes materiales consigue que no se piense en los necesitados. Puede convertirse en obsesión el acaparar más y más. Jesús va a enseñarnos otra manera de atesorar radicalmente diferente. No consiste en acumular euros, dólares, emeelecé o muchos bienes materiales sino en compartir nuestros bienes con los que tienen menos, para lograr tener «un tesoro en el cielo», es decir, ante Dios. Sólo este tesoro es seguro y puede permanecer muy protegido en el corazón de Dios.
Bien sabemos que los tesoros de la tierra son caducos, no dan seguridad, y siempre están amenazados. Por eso Jesús nos lanza hoy un grito de alerta: Cuidado con el dinero “porque donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón”. El dinero y los bienes materiales atraen nuestro corazón y nos seducen porque sentimos que nos dan poder, seguridad, honor y bienestar. Y provocan en nosotros una sed insaciable de buscar tener siempre más y más. En cambio, si ayudando a los necesitados, nos vamos enriqueciendo ante Dios, ese Dios Padre de los pobres, nos irá atrayendo con fuerza hacia una vida más austera y compartida.
Y, por supuesto, hay otra advertencia del Señor que nos lleva a pensar en no dejar de tener presente que nuestra vida es frágil. Que, en el momento menos pensado, y como un ladrón en la noche, puede que nos llegue la muerte y, por tanto, llegará el momento de dar razón a Dios de cómo ha sido nuestra vida. Y entonces habrá una pregunta flotando en el aire: ¿De quién será todo lo que tú has acumulado?
