Homilía del P. Rogelio Deán Puerta, Párroco de El Cobre y Rector del SantuarioBasílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, 17 de agosto de 2025, Domingo XX del Tiempo Ordinario

«He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!” Lucas 12, 49

Mis hermanos,

Cuando leemos este evangelio nos suena un poco disonante, pues siempre escuchamos siempre percibimos a Jesús como el príncipe de la paz. De hecho, Él se presenta como Príncipe de la Paz. Sin embargo, hoy nos habla de división, todo lo contrario, a lo que Él más deseaba que es la unidad. Jesús dice en una ocasión, pidiéndole al Padre, que seamos uno, como Él con el Padre es uno.

Jesús deseaba ardientemente la unidad y cada vez que en el grupo de los discípulos había alguna sombra de división reaccionaba muy fuerte, porque no puede haber paz si no hay unidad.

Sin embargo, en el Evangelio de hoy Jesús profetiza, anuncia mucha división, y es que ciertamente a lo largo de la historia, en estos más de 2000 años de cristianismo, hemos visto tanta división, tanta división y no solamente fuera de la iglesia, no solamente en ambientes paganos, sino también a veces dentro de la propia iglesia.

Y es que en nosotros persevera ese pecado, muchas veces ese pecado terrible, el más grande de los pecados capitales y que le da origen a los demás pecados, que es la soberbia. La soberbia que es todo lo contrario de la humildad que con su persona predicó nuestro Señor.

Hay mucha soberbia, y esa soberbia es la que nos lleva a enfrentarnos, esa autosuficiencia, ese afirmarse cada cual, en su idea, en cómo concibe las cosas, en la percepción de la vida, en ese deseo que tenemos de imponer, o sea, nuestra visión de la vida a los demás, hasta nuestra fe. Sabemos que la fe no se impone.

Qué pena cuando nosotros nos dejamos llevar por esa soberbia que nos hace autorreferenciales, que nos hace querer imponernos por encima de los demás y que evita el diálogo, la comunión, la solidaridad. Y Jesús se da cuenta, se da cuenta que esto va a pasar y lo advierte, hoy lo vemos en el Evangelio.

Y el ejemplo más claro que nos pone, es dentro de la propia familia, porque si bien la división es dura en sentido general, más dura es en el mismo seno de la familia. Nosotros los cubanos en nuestra historia reciente, hemos vivido muy duro esa división. Y a los pies de la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre no nos cansamos de rezar para que esa división termine. Para que no se hable más de los de allá y los de acá. De los que piensan de un modo, los que piensan de otro modo, o sea, que no se hable de tantos muros, de tantas distancias, de tantas cosas que dividen. El Señor sufre, sufre. Y por eso Él pide el fuego del Espíritu, porque es el Espíritu Santo el que logra la comunión, como la logró en Pentecostés.

Es el Espíritu Santo que logra la unidad en la diversidad, hace falta esa apertura al Espíritu Santo. Y la soberbia impide, impide la acción del Espíritu Santo en nosotros. Una buena pregunta que la palabra de Dios nos puede dejar hoy como de tarea sería, ¿en qué sentido yo puedo estar siendo soberbio? Porque una de las características de la soberbia es que es muy difícil de identificar.

Rara vez una persona soberbia identifica que es soberbia. Y por eso, bueno, surgen también los demás pecados. Ah, que falta hace entonces una docilidad a la luz del Espíritu para uno verse delante del Señor, para uno ver el modelo de Jesucristo, su modo, su acción, su estilo y ver en qué sentido yo me parezco no a Él. Porque la idea es la imitación de Jesucristo.

Por eso uno tiene que superar también incluso los miedos. A veces una persona soberbia, una persona orgullosa, es una persona también que está muy afianzada en los miedos. De hecho, son los miedos los que nos llevan a las divisiones, al enfrentamiento, al autoafirmarme, el miedo que logró superar Jeremías.

Ese profeta del Antiguo Testamento que no dudó en ser fiel al a la transmisión del mensaje de Dios a costa de su propio padecer, padeció mucho Jeremías, de su propia vida; porque Jeremías como se dice en el salmo esperaba en el Señor, esperaba en la ayuda del Señor, esperaba en Él, esperaba en Dios.

Por eso después en la carta de los hebreos, en la segunda lectura se nos habla de libertad. ¿Quién es una persona libre? Una persona libre no es que no siente miedo, sino que logra superar sus miedos con la fuerza del amor, con la apertura al Espíritu Santo y va logrando abrir caminos. ¿Pero qué caminos? Ah, caminos de unidad, caminos de entendimiento. Caminos donde que no nos lleven a autoafirmarnos en el dolor, en una historia roída por enfrentamientos, por disgustos, no.

Hace falta una apertura, una apertura a la esperanza. Y no hay esperanza en Dios si no hay un camino hacia la comunión. Si no hay un camino a rectificar todas esas divisiones que nos enfrentns y nos hacen daño desde dentro la misma familia. El mensaje número uno para el cristiano de parte de Dios es restablece la unidad, restablece la comunión, restablece el diálogo, 360 grados. Pero ¿dónde está raigada esa comunión? ¿Dónde tiene éxito esa comunión? ¿Dónde tiene éxito esa restauración de la unidad? Asumiendo la cruz.

No existe comunión sin un asumir a ese Jesús abandonado, clavado en la cruz, en la propia persona. Es la cruz la que puede lograr que no exista esta división, asumir la cruz. ¿Para qué? Para abrirnos a la resurrección, donde se estará, donde se vivirá de un modo pleno esa unidad que deseamos, esa unidad que quiere Dios.

Vamos a pedirle a la Virgen de la Caridad, que logra que todos los cubanos nos acerquemos a ella, seamos como seamos, vengamos de donde vengamos. Vamos a pedirle a la Santísima Virgen de la Caridad que nos ayude a estar unidos. Que nos ayude a lograr esa comunión que tanto Dios desea.

Que así sea.

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