Queridos hijos e hijas, qué bueno volver a encontrarnos.
Este texto del evangelio es un escándalo; va contra todo el sentido del mensaje de Jesús, el Príncipe de la paz. Ciertamente esto es lo que puede aparecer a primera vista, si no tenemos en cuenta el significado profundo del fuego. No es la causa de la destrucción y el caos, sino el origen de la prueba y el medio de la purificación con la que Dios destruye todo lo malo que hay en nosotros. Es el mismo Jesús quien pasará por la prueba del bautismo que, en palabras de Juan, se identifica con el fuego.
La palabra del Señor, ayer como hoy, provoca siempre una división: la Palabra de Dios divide, ¡siempre! Provoca una división entre quien la acoge y quien la rechaza. A veces también en nuestro corazón se enciende un contraste interior; esto sucede cuando advertimos la fascinación, la belleza y la verdad de las palabras de Jesús, pero al mismo tiempo las rechazamos porque nos cuestionan, nos ponen en dificultad y nos cuesta demasiado observarlas.
Evidentemente, la metáfora del fuego que utiliza Jesús, requiere una explicación. Toda su vida fue la personificación de la verdadera paz, desde el anuncio de los ángeles a los pastores de Belén, hasta los repetidos saludos después de la resurrección. El fuego de Jesús es el amor ardiente del padre que le lleva a proclamar el reino. Aquello que rezamos en el Padre Nuestro, el urgente deseo de que la voluntad de Dios se haga en la tierra como se hace en el cielo, es el motor de la vida de Jesús que se transmite con el entusiasmo de quien está convencido de su misión y avanza siempre, a pesar de todo, como el fuego en leña seca.
El bautizado que es coherente con su fe puede llegar a ser causa de confusión, incluso para sus seres más cercanos. Cuando se ha entendido que la esencia del cristianismo se halla en la caridad, en el apasionado amor a Dios y sus cosas, estas palabras del Señor no deberían sonar extrañas o contradictorias. Cristo está empleando un lenguaje contradictorio en apariencia para dar a entender precisamente en qué consiste el verdadero amor a Él. Sí, porque el amor, realmente como lo ha de entender el cristiano está muy lejos de ser un diluido sentimiento de afecto, bonito y pasajero como una flor de primavera.
Más bien es como el fuego que a la vez lo enciende todo y va consumiendo una y otra cosa; es algo que se extiende, que tiende por su naturaleza a expandirse con calor, con pasión y que divide a los corazones fríos y mezquinos que nada más piensan en llenar sus pobres pretensiones. Así es la caridad. Ese es el fuego que Cristo espera arder en los corazones de los que le amen.
Están, por tanto, muy lejos de ser sus palabras interpretadas con la literalidad de la carne. Hay que haber experimentado el fuego de su amor para entenderlas correctamente.
Pidamos saber amar hasta ser incomprendidos por los egoístas de nuestro mundo. Pidamos vivir en estado de lucha, en la lucha del que cree en la fuerza del amor y consigue que el mayor número de seres humanos conozca a ese Dios que se entregó por ellos por puro amor. En esto conocerán los demás que somos de Cristo. Y a tener confianza en Él. Porque el amor siempre logrará la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte.
Concédenos, Señor, ser portadores del fuego que movió las vidas de tantos creyentes, de los constructores de paz, de los luchadores por la justicia, de quienes sienten el dolor ajeno como algo propio. No queremos ser rutinarios funcionarios que hacen su vida y su trabajo sin implicarse personalmente. Señor, queremos ser al mismo tiempo pacíficos y valientes, sencillos y creativos, siempre en defensa de la verdad y de la paz, y que nuestra luz ilumine a los demás.
Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.
