“Pues los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos” Lucas 13, 30
Hermanos,
Otro domingo más. Otro domingo más que, como decía al principio, ya nos está preparando casi, casi para el fin de este tiempo Ordinario. Ya estamos en el domingo XXI. Además, para nosotros los cubanos, ya es el domingo anterior a la Novena por la fiesta de la Caridad del Cobre, que sabemos que la Novena comienza el 30 de agosto y termina el 7 de septiembre, porque ya el 8 es la Fiesta.
Por lo tanto, que esta misa también sirva como un recordatorio, este encuentro de fe sirva como un recordatorio, para que desde el día 30, seguro que lo hacemos frecuentemente, pero un poquito más. Nos acerquemos a Dios a través de la Virgen y le pidamos a la Virgen a nuestro Padre, Dios Salvador, a través de Jesús que nos alcance la salvación a nosotros, pero que también nos alcance el bien de la Patria, el de los cubanos, de los cubanos.
A veces que hablamos de la Patria, pero de los cubanos, porque la Patria somos los cubanos. Entonces, hay que pedirle al Señor Jesús, a través de María. Es además son cosas que las personas vienen todos los días, a pesar de las dificultades del transporte, la gasolina, el combustible, vienen. Vienen aquí al cobre. Ahora mismo cuando entraba para preparar la misa, un grupo casi de 30 personas venían unidos y quisieron subir la escalinata hasta llegar hasta el Santuario.
Bien, hermanos, cada domingo nos trae un mensaje y cada domingo también nos trae un tema de reflexión. El domingo de hoy nos trae la lectura de Isaías, en el capítulo 66, uno de los últimos. A pesar de que el libro de Isaías es un libro que en los primeros capítulos nos habla de la necesidad de conversión, de que el pueblo se ha apartado de Dios, de que el pueblo parece abandonado, de que el pueblo sufre, de que hay una como una desesperanza en todo el pueblo. Isaías vuelve de nuevo a anunciar la palabra de Dios, la vuelve a recordar.
Vuelve a recordar la palabra de Dios para que el pueblo también tome conciencia de que debe de responderle a Dios, que no es no se hace nada, que el Señor pregone cuáles son los caminos para alcanzar la salvación y el bien, y dice, «Yo soy el camino, la verdad y la vida”, es el camino. Pero nos apartamos de Dios, en aquella época y en esta época. Isaías lo recuerda.
Pero en medio de esa desesperanza, recordemos que Isaías dice que vendrá un Mesías, y que ese Mesías salvará al pueblo, lo volverá a reconducir. Y entonces este capítulo todo es una promesa. Hermanos, el Señor no nos abandona. El Señor hará confluir hacia Jerusalén, es decir, hacia Dios, hacia Jesús que muere en Jerusalén. El gran profeta de Jerusalén. Jesús. Dios volverá a ustedes y no solamente va a engrandecer a Jerusalén, a ustedes, sino que hombres y mujeres de todos los pueblos vendrán. Y dice que voy a escoger de entre esos hombres y mujeres a los futuros sacerdotes.
Es así como diciendo, «la victoria de Dios es para todos, para todo el mundo.» Aquel particularismo, regionalismo, nacionalismo, con que el pueblo judío vivía la religión, y ya el profeta Isaías empieza a desmontarlo con estas lecturas. Todavía uno lo ve más claro porque al final del Evangelio que escuchamos también dice que Dios llamará a los hombres y mujeres de todas las naciones, de todas las naciones y todos vendremos a Él. Eso es esperanza.
Acuérdense que el domingo pasado se habló de que fe es seguridad en lo que se espera y prueba de lo que no se ve. Entonces, hermanos, esa es la fe nuestra. El Señor Jesús vendrá a salvar a los pueblos. El Señor Jesús cumple su promesa y así tenemos que vivir nosotros, con esa fe firme, seguros de aquello que esperamos, que todavía no tenemos, porque si lo tuviéramos ya no lo esperáramos. Seguros que todos lo esperamos, tengo fe en aquello que espero. Y precisamente el tener fe es prueba de que lo que todavía no tenemos ante los pueblos de todo el mundo, y por eso es que la gente podrá acudir al Señor Jesús. Bien, ese es el primer mensaje. Dios no nos olvida, Dios nos salva. Sigámoslo.
Viene ahora el segundo mensaje. Pero para lograr esto, nosotros tenemos que estar preparados. ¿Cuál es nuestra disposición? ¿Cuál es? Porque queremos que el Señor venga y nosotros qué hacemos. ¿Cómo respondemos a esa pregunta? Yo vendré y los salvaré. ¿Y yo qué hago? Espero. No, yo también tengo que poner mi parte. Y la parte a que yo tengo que poner, que debemos poner nosotros, es el bien.
Es verdad que vienen muchas dudas en esta lucha. Ay, Señor, ¿por qué tanto tiempo? ¿Por qué tanto tiempo? Es verdad que vienen a todas aquellas cosas. Ay, si yo no he hecho nada malo, ¿por qué me pasa eso? Es verdad, muchas interrogantes. Ay, yo no sé, yo no puedo, yo no puedo salvarme, yo no puedo cambiar mi vida, si es que voy extraviado.
Entonces, esta lectura de la carta a los Hebreos, nos dice que no tenemos que preocuparnos de muchas cosas. Hay muchos ya que pensaban en aquel momento y ahora también, algunos grupos religiosos que siguen a Jesús, que dicen ya el mundo va a acabarse pronto, ya vendrá. Entonces mucha gente piensa, ¿y quién se va a salvar? Ay, qué difícil es, ¿quién se va a salvar?
Recordemos aquella frase del evangelio. Para nosotros es difícil, pero para Dios no. Y el Señor actúa en nosotros y con nosotros, por eso tenemos que serles fieles. Todas esas preguntas vienen. Pero al final todo eso se concreta en una cosa. Señores, podemos pasar el mal. Hay veces que podamos creer que Dios nos pone en situaciones que no merecemos. Hay veces que creemos que no tenemos fuerza para superarlas. Hay veces que por capricho nos metemos en líos que no podemos y después le echamos la culpa a Dios.
Es decir, todas esas cosas. Hay veces que reprochan, «Dios mío, Dios mío, ¿hasta cuándo?» Y el Señor dice, «Señores, de ustedes no es buscar el día y la hora. Lo de ustedes, lo nuestro es permanecer fieles al Señor.» Eso nos corresponde a nosotros. Permanecer fieles al Señor sabiendo, como he dicho ya tres veces, hay veces que me gusta repetir las cosas. Sabiendo que nosotros solos no podemos creer, sino que sólo podemos por la gracia de Dios. Esa es la segunda parte. Dios nos promete, se compromete con nuestra salvación, pero Él nos pide también que nosotros confiemos en Él y tratemos de agradarle. ¿Cómo agradamos a Dios? Haciendo el bien.
Y el evangelio también nos ponen esa misma línea. Señores, hagan el bien. Y en este caso, como la gente conocía a Jesús, Él pudo poner esta parábola. Ay, yo comí contigo, yo estuve en tus predicas, yo presencié tus milagros. Y el Señor Jesús le dice, «No, eso no es garantía. El estar y ver no es garantía. El estar y vivir según lo que yo predico es la gran garantía”. Por eso es que al final Él dice eso, «Señores, los últimos serán los primeros.» ¿Por qué? Aquellos que humildemente tratan de cumplir y vivir la voluntad de Dios. Hermano, eso es lo que nosotros tenemos que vivir y tratar de vivir.
Hoy es la fiesta de San Bartolomé, Apóstol. Dicen que era natural de Caná de Galilea. Un hombre que siguió a Jesús. Un hombre que siguió a Jesús, que precisamente y creo que tenemos que tomarlo de ejemplo de evangelización. ¿Cómo es que Bartolomé conoció a Jesús?, ¿cómo fue? ¿Porque lo oyó hablar, porque leyó un libro sobre Él? Porque su amigo Felipe le dijo, «Acompáñame que vas a conocer al Mesías.» Eso lo pensaba Felipe, por lo menos un hombre extraordinario, acompáñame.
Y Bartolomé, que también se le llama Natanael, fue. Y conoció a Jesús. Y se quedó con Jesús. Y el Señor cuando lo presentaron le dijo, «Aquí esta es tu casa, Bartolomé, quédate.» Hermanos, es un ejemplo para nosotros. ¿Cuántas veces nosotros podemos invitar a otras personas a por lo menos a conocer a Jesús? Ya Él no está aquí vivo, pero me tiene a mí que soy su testigo en el mundo, y te tiene a ti, a ti, a ti y a ti. Y como padres de familia ustedes tienen que ser los testigos, los Felipe, que llamen a sus hijos a que conozcan a Jesús y que los guíen, sabiendo que la victoria es del Señor Jesús. Y que solo podemos salvarnos con la ayuda de Dios.
Bartolomé siguió a Jesús, la persecución de Jerusalén, dicen las tradiciones antiguas que fue hasta la India, predicando el evangelio. El apóstol Tomás también fue a la India y dicen que allí murió martirizado, es decir, entregó todo. Él está con el Señor Jesús. Los demás, pasaron la vida corta que termina con los años. Él está viviendo la vida eterna por la que uno tiene que jugarse todo. Escogió la mejor parte, siguió a Jesús. A él le tocó seguir a Jesús y jugársela todo en esa vida de entrega, de predicación y de martirio.
A cada uno de nosotros nos toca jugarnos esa entrega para alcanzar a Jesús en nuestro estado. Yo como obispo, sacerdote, papá, mamá, el abuelo, el nieto, el compañero de trabajo, el amigo, ahí es donde nosotros tenemos que alcanzar la salvación, siendo buenos. Esa gloria no es para los malos, dice el propio Señor Jesús, que nadie se engañe de eso, o no nos engañemos nosotros de eso. Tratemos siempre de hacer el bien.
Que Dios nos acompañe, hermanos, a vivir así esperando al Señor Jesús haciendo el bien.

Neidys GRACIAS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
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