Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, S.J., Obispo de Pinar del Río, el XXI domingo del Tiempo Ordinario, 24 de agosto de 2025

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios, su obispo y pastor.

El hombre siempre ha andado a la búsqueda de la seguridad, de evitar riesgos y de tener todo bajo control. Buscamos una seguridad para nuestra vida que a veces se convierte en una obsesión. Dicho esto, más de alguno podría preguntarse: pero, ¿qué asegura la vida eterna?

Ya desde los tiempos de Jesús los hombres buscaban esta seguridad y Cristo no la niega, pero es claro: “esfuércense” porque nos es fácil alcanzarla.

Ante la creencia de que el simple hecho de pertenecer al pueblo judío era suficiente para conseguir la salvación definitiva, el texto del evangelio resulta una importante llamada de atención. Jesús quiere dejar bien claro que el camino de la verdadera salvación exige esfuerzo personal. De nada valen méritos ajenos, ni pertenecer a ningún grupo o sociedad; ni siquiera las prácticas piadosas por sí mismas. Quienes lograrán formar parte del pueblo de Dios son los constructores de la paz, los obradores de la justicia. No importa el origen, lo que cuenta es el esfuerzo; no importa la historia, lo que cuenta es el interior de la persona y la generosidad del corazón.

El secreto para encontrar la paz en Jesús la encontramos en una respuesta que Él da a una pregunta similar cuando dice: “Para los hombres (la salvación) es imposible, pero para Dios todo es posible”. Por tanto, el secreto lo encontramos en la fe. Nuestra salvación es don que hay que pedir con constancia y fe a Dios. No cabe duda que también depende de nuestras obras pero es ante todo un don de Dios. No nos cansemos por tanto de luchar, de estar atentos, de orar porque cuando menos lo pensemos nos llegará la hora de dar cuentas.

Se mire por donde se mire, el mensaje evangélico es exigente y podría llevarnos al desánimo. Sin duda Jesús no lo pretende. Sus palabras nos quieren llevar más bien a una nueva actitud, tanto a nivel personal como social o comunitario. Podemos descubrir en Jesús una llamada a la conversión, cambiar la relación con los demás, descubriendo que todos, de oriente o de occidente, somos hijos del mismo Padre. Y mirando hacia quienes nos resultan diferentes por su fe, su lengua o su color, podemos descubrir que son la base de toda esperanza: quien se esfuerza y lucha con amor, sabe que está en el camino de la salvación de Dios.

Centremos nuestra mirada en la puerta angosta y preguntémonos si realmente queremos entrar por ella. Quién ha dicho que ser cristiano es fácil, quién ha dicho que el cristianismo se vive de una manera light. Los bautizados no estamos llamados a entrar por la puerta ancha, aquella que es mucho más fácil y asequible pero que, al fin y al cabo, lleva a la entrada de la perdición. Decía un santo: «trabajemos como si todo dependiera de nosotros con la conciencia de que todo depende de Dios».

El Señor jamás nos dejará solos, pues sabe muy bien por cuál puerta hemos de entrar; sabe perfectamente el tamaño por la cual cabemos nosotros, pues es Él quien nos da esa puerta. Tengamos claro que siempre estará allí para darnos la mano si fuera necesario.

Preguntémonos cada uno, ¿qué clase de puerta estoy buscando yo en mi vida? El mundo nos presentará muchas puertas, pero depende de nosotros cuál de ellas escogemos, si aquellas que son con marcos dorados, enchapados con oro y plata, o aquellas con marcos de madera viejas y pequeñas, que muchas veces son las que nos llevan a la salvación eterna.

Concédenos, Señor, un espíritu inquieto. Bien sabes que no es fácil competir con los atletas de primer nivel, pero te pedimos la actitud de quien se prepara, se esfuerza y lucha por conseguir la meta. Queremos formar parte de tu reino, disfrutar de tu salvación. Necesitamos la gracia de tu Espíritu. Y no queremos llegar solos, queremos llegar en racimo: “¡Haz, Señor, que todos se salven!”, como te pedía Santa Teresa.

Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.

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