“Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido” Lucas 14, 11
Hermanos,
Qué bueno es que nuestras celebraciones tienen como primera parte lo que se llama liturgia de la Palabra, que es la escucha de la Palabra de Dios. Es Jesucristo que nos habla, porque la Palabra de Dios lo repito siempre, porque hay veces que se nos olvida, a mí también, es una palabra que es viva y es eficaz, siempre está viva y siempre es eficaz. Cuando uno la oye con deseo, aquellos que oyen la Palabra de Dios será como un campo que va a dar ciento por uno. Entonces, qué bueno que en cada misa se lea la Palabra de Dios. Hay veces que nos descuidamos y solamente la oímos y no la meditamos.
Las lecturas de hoy tienen una unidad completa y esa unidad es ¿Cómo se presenta uno como persona ante el mundo y ante Dios? Esa es la unidad. ¿Cuál es la palabra? La humildad. La palabra es la humildad. Todas las lecturas nos llevan a “sean humildes, sean buenos como nuestro Padre celestial es bueno, sean santos como nuestro Padre celestial es Santo. Sean humildes como Dios es humilde”. Y su manifestación es la se hace precisamente a partir de la humildad.
En la segunda lectura, de la carta a los hebreos, brevemente, que era una carta que fue escrita, dicen los estudiosos, para aquellos judíos cristianos que habían reconocido a Jesús como al Salvador, pero que eran del templo, sacerdotes, levitas del templo, es decir, gente muy instruida en la palabra de Dios y gente que conocía muy bien las escrituras.
Y esta carta era precisamente, como el culto cristiano era un culto perseguido en primer lugar y era un culto que comenzaba, era un culto de pequeñas comunidades en las casas, no había lugar, el único templo era el templo de Jerusalén y los cristianos seguían yendo al templo de Jerusalén, porque se predicaba la Palabra de Dios allí en el templo de Jerusalén. Entonces en esta carta, en este capítulo dice el escritor, «ustedes no han ido a la Jerusalén celeste buscando voces grandiosas, movimientos de tierra, viento fuerte, palabras elocuentes, alguien que con mucho eh esfuerzo, no. Ustedes han ido a encontrar a un Dios que se manifiesta en lo humilde”.
Hay veces que nuestros templos son también enormes como el templo de Jerusalén y son preciosos, preciosos y hay que cuidarlos, pero no debemos dejarnos engañar. La grandiosidad de Dios está en la belleza, sí, pero no porque las cosas sean más grandes, Dios tendrá más razón o se manifestará más. Dios se manifiesta en la humildad. Nació, ¿dónde? En Nazaret.
El domingo pasado celebramos la fiesta de San Bartolomé, uno de los apóstoles. Y en la fiesta de San Bartolomé se lee la lectura en el libro de Juan, el Evangelio de Juan, en el que Felipe le presenta a Jesús a su amigo Bartolomé, Natanael, cualquiera de los dos nombres. Entonces, ¿qué es lo que dice? Felipe, lleno de alegría, ha descubierto al Señor y le dice, «Natanael, hemos encontrado al Mesías, ese que esperábamos, ese Él.» Y Natanael se queda, así como se podría quedar cualquiera. Se queda así y dice, «¿Y por qué lo sabes? ¿De dónde es?» Y dice, «De Nazaret» ¿Y qué dice Natanael? ¿Y de Nazaret ha salido algo bueno?
¿Por qué? Porque no era ni Roma, ni era Jerusalén, ni era Atenas, ni era ninguna otra de esas ciudades. Era un pueblecito, una aldea de las montañas, Nazaret, allá, que nadie conocía. Así se manifiesta el Señor Jesús. Si otros se manifiestan con grandes victorias, Jesús se manifiesta en la humildad de la cruz.
En el mismo evangelio, al final, viene aquello de las bodas, que hay veces que se hacen las bodas para congraciarse, para sobresalir. Dice, «Al contrario, cuando ofrezcan un banquete, inviten a los pobres, a los inválidos, a los cojos, a los ciegos. Y serás feliz porque ellos no tienen con qué pagarte. Pero tu recompensa la recibirás en la resurrección de los justos”.
Sí, hermanos, las lecturas de hoy nos piden que nosotros tratemos de ser humildes. Es la manera de encontrarnos con Dios. Es la manera de enfrentarnos con el Señor Jesús, con Dios. Es la manera de conocer la naturaleza y decir, Señor, qué pretensión es la mía que trato de explicarme todo esto y mi vida en medio de esta naturaleza hermosa, y me desvío de tal manera que me creo tan potente y prepotente que puedo hasta destruir la naturaleza, y que puedo organizar mi vida según mis criterios y pasiones y no según la palabra de un Dios humilde que nos dijo, «Escuchen y se les va a abrir”.
La humildad. ¿Qué cosa es la humildad? La humildad, en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que la humildad es la virtud, es decir, la fuerza con la cual uno conoce y reconoce sus limitaciones y sus debilidades. Es decir, me pongo a pensar, no me creo más de lo que soy, soy lo que yo soy con debilidades, con limitaciones y no me creo más. Dice, pero después de eso, actuar en consecuencia.
Lo que puede ser que yo descubra que tengo muchas debilidades, entonces me quiera poner por encima de los demás y ese es el soberbio. Aquel que quiere aplastar al otro, aquel que no piensa que el otro es mi hermano y tiene tantos derechos como yo. La humildad es la virtud por la cual nosotros reconocemos nuestras limitaciones y debilidades y después actuamos en consecuencia. No siendo prepotentes, no siendo soberbios, no siendo orgullosos. ¿De dónde se ha tomado? Del libro de la sabiduría.
El libro de la sabiduría es uno de los libros, así de sabiduría que está en el Antiguo Testamento, que son varios. Yo voy a mencionar el libro de los Proverbios, el libro este de la Sabiduría, el Eclesiastés y otros más. Estos libros ¿qué hacen? Estos libros como la Biblia es producto del Espíritu Santo sobre un pueblo que la fue creando, encontrando a Dios en su historia, ellos empiezan a meditar sobre esa sabiduría popular que la misma lógica y la razón nos dice. Y es un tesoro.
Ustedes pueden coger este texto que nosotros hemos leído y enseñar a los muchachos, a los hijos, meditarlo. ¿Por qué? Porque van a aprender. ¿A qué cosa? A no ser prepotentes, orgullosos y soberbios. Que muchas veces, como decimos a los cubanos, caen pesados. Como dice otro dicho cubano, «A las personas se les perdona muchas veces sus pecados y pero lo que no se le perdona al cubano es ser pesado”. El pesado cae pesado.
Entonces, hermanos, estos libros nos ayudan a entender el mundo a descubrir a Dios en las cosas cotidianas de cada día, a reconocer quiénes somos, que no podemos pretender más de lo que somos, tanto con Dios como con los demás.
Sería una buena práctica, ejercicio, el que de vez en cuando cojan el libro de los Proverbios, por ejemplo, o este de la Sabiduría para decir alguno y cojan esos proverbios, esas sentencias, esos refranes que están metidos en la sabiduría del pueblo y explíquenselos a los muchachos. Y ojalá que las escuelas no solamente enseñen matemática, física, química, español, sino que también le enseñen a ser hombres buenos y hombres sabios. Porque aquel que no vive con humildad no es sabio.
El salmo en un momento determinado dice, «Pobre de aquellos orgullosos que no viven la humildad”. Pobre, porque el mal estará con ellos. Entonces, hermanos, la invitación, tenemos que ser tratar de ser humildes. Es más, mi relación con Dios tiene que estar basada en la humildad. Si yo no me reconozco ante Dios como su criatura como aquel que me liberó, aquel que murió por mí, que siendo Dios todopoderoso se acordó de mi persona. Y ahí empieza la relación mía con Dios. Es reconocerle. Y entonces por eso que el salmo 8, el salmo 8 dice, «Señor, Dios dueño nuestro, la tierra es tuya. ¿Quién es el hombre para que tú te acuerdes de él?» Lo recuerda humildemente el salmo. Este salmo, el ocho y el salmo que leímos hoy apoyan este texto sobre la humildad.
¿Quiénes somos, hermano? Pues somos aquella criatura de Dios, que Dios hizo para que viviéramos eternamente junto a Él, y lo que nos pide es que tratemos de imitar a Dios y a Jesús con nuestras debilidades siendo humildes, nunca creyéndonos por encima de Dios. Nunca pasando por encima de la ley de Dios. Nunca tratando de que las cosas sean por mi capricho, sino que nosotros seamos capaces de entender sabiamente, ahí está la sabiduría, lo que Dios nos quiere decir y sepamos aplicarlo.
El Señor puso un ejemplo que todo el mundo lo entiende, el de las bodas aquellas. Y fue fuerte. No invites a tu boda a ningún poderoso ni a tu familia, invita a los más humildes, fuerte vaya, aquello fue un choque para lo que Él quería decir, pero en el fondo ¿qué quería decir?, no te sientas mejor que los demás. No te sientas superior a Dios, querer vivir sin tener en cuenta su palabra. No te sientas prepotente aplastando al otro.
Eso es lo que el Señor nos pide. Ser santos y buenos, como lo es el Señor. Y para eso hace falta ser humilde. Humilde siempre. Reconociendo las limitaciones y debilidades, y reconociendo también nuestras posibilidades. Pero siempre humildemente, porque todas esas potencias buenas que el Señor nos ha puesto, el Señor nos las ha dado. Vamos a aprovecharlas con humildad y ponerlas al servicio de los demás.
De esa manera, hermanos, vamos a alcanzar a Dios, lo vamos a alcanzar. De esa manera vamos a sentirnos mejor con los demás porque las personas, al grosero y aquel prepotente, aunque digan sí sí, la rechazan. Vamos a ser humildes para no caer por lo menos pesados.
Que el Señor nos ayude hermanos a vivir así, unidos siempre al Señor, queriendo ser fiel y teniendo a la palabra de Dios como a nuestra guía. Que el Señor nos acompañe. Amén.

Neidys GRACIAS!!!!!!!!!!!!!!!!!! Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
Me gustaMe gusta