Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, el XXII domingo del Tiempo Ordinario, 31 de agosto de 2025

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios, y una vez más me siento muy feliz de poder encontrarnos.

Hoy nuevamente recibimos una lección de Jesús para conducirnos por la vida en sintonía con lo que Dios nos pide. La humildad es una ley del Reino de los Cielos, una virtud que Cristo predica a lo largo de todo el Evangelio. En este pasaje de San Lucas, Cristo nos invita a dejar de pensar en nosotros mismos para poder pensar en los demás.

Parece una antigua clase de urbanidad, pero bien sabemos que ese no es el objetivo de Jesús. Lo que hace es aprovechar un acto cotidiano para enseñarnos el comportamiento básico para llegar a participar en el banquete del reino. La soberbia, las apariencias, el creernos más que los demás, quedan totalmente en lugares opuestos a la sinceridad y la honradez, o la humildad, como reconocimiento de lo que en realidad somos. Por más títulos y merecimientos que se tengan, nadie va a conseguir el puesto en el banquete que solo llega como don gratuito del amor de Dios.

¿Por qué? Los que se ensalzan a sí mismos sólo piensan en sus propios intereses y en que la gente se fije en ellos y hablen de ellos. Eso se llama egoísmo, un fruto del pecado capital de la soberbia. Y un alma soberbia nunca entrará en el Reino de Dios, porque el soberbio no puede unirse a Dios.

¿Cuál es la motivación que da Jesús para la vivencia de la humildad? El amor a los demás, al prójimo. La razón es que yo, al dejar de ocupar los primeros puestos, o ceder el querer ser el más importante, estoy dejando el lugar de importancia a mi hermano o hermana. Se trata de un acto de caridad oculta, que sólo Dios ve y, ciertamente, será recompensado con creces. Esta es la actitud que Cristo nos invita a vivir hoy. A dejar a mis hermanos los mejores puestos por amor a ellos y a Dios. Cristo mismo nos dio el ejemplo, cuando lavó los pies a los discípulos, siendo que los discípulos eran los que debían lavar los pies a Cristo.

Después de la introducción de su enseñanza, que podemos entenderla como una llamada a valorar la humildad, Jesús nos regala lo más hermoso de su desconcertante mensaje, la gratuidad. En un mundo tan poco dado a la generosidad, al dar sin esperar nada a cambio, Jesús llama bienaventurados, dichosos los que dan sin recibir. ¡Qué buena ocasión para dar las gracias a nuestros padres, a los maestros, a los misioneros! A tantas personas que, también entre nosotros y en nuestros días, han creído que vale la pena invitar a quien no puede pagar, a dar sin recibir. Ellos están cerca del banquete del reino.

Conforme hemos crecido en la vida cristiana, Dios ha pasado por cada una de las mesas y a cada uno nos dice las mismas palabras: «Amigo, acércate a la cabecera». Nos llama amigos, ¡sus amigos íntimos!, y nos da un honor aún más grande: acercarnos a la cabecera. De nuevo, no se trata de un puesto, sino de estar cerca de Él. Y aquí termina la parábola; la realidad es mucho más maravillosa porque Cristo nos invita a la cabecera en cada comunión, y ya no es Él solo el novio de las bodas. Se convierte en nuestro alimento, nos da el lugar principal, porque quiere que cada cristiano participe de la misma alegría que Él siente. Y quiere que la experimentemos desde dentro, en el fondo de nuestro corazón.

No puedo hacer otra cosa, quiero darte las gracias. Necesito decirte, Señor, que perdones mi ingratitud por no hacerlo cada día. Yo sé que siempre en mi vida has estado conmigo en las buenas y en las malas; también he sentido tu invitación a caminar juntos, he sentido  tu fortaleza en mi debilidad. Y todo simplemente por puro amor tuyo. Gracias, Señor, por quienes has puesto junto a mí a lo largo de mi vida y me han enseñado que el camino del reino es la gratuidad. Que tu Espíritu de amor me anime a practicarlo.

Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.

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