Queridos todos: El Evangelio que acabamos de escuchar comenzaba diciéndonos: “Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos, y ellos lo estaban espiando”.
Son tantos los momentos en que se nos habla en el Evangelio de los defectos de los fariseos que la historia ha hecho de ellos el modelo de la hipocresía, la doble cara, la falsedad.
La palabra “fariseo” ha pasado a formar parte de nuestros diccionarios.
Y semejante idea de los fariseos no es correcta. Por supuesto que había fariseos malos, fariseos hipócritas, fariseos sinvergüenzas… Y Jesucristo arremete contra esa falsa religiosidad. Pero no todos eran así. Hoy también, lamentablemente, hay cristianos malos, hipócritas o sinvergüenzas. Pero no todos los cristianos son así.
No olvidemos los nombres de algunos fariseos nombrados en el Evangelio y el libro de los Hechos: Pensemos en Nicodemo, que va a ver a Jesús de noche y que después lo defenderá ante el Sanedrín… Pensemos también en Saulo de Tarso, el futuro San Pablo, hombre sincero y celoso… Y no olvidemos a Gamaliel, quien defendió a los apóstoles ante los tribunales.
Jesús compartió con los fariseos muchas veces las mismas convicciones, la fe en la resurrección de los muertos, en el amor de Dios como primer y más importante mandamiento de la ley.
Durante la comida de aquel sábado, Jesús ofreció dos enseñanzas importantes: una dirigida a los INVITADOS y otra al ANFITRIÓN.
Al anfitrión le aconsejó: “Cuando tú des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos”. Jesús recomendará invitar a los pobres, afligidos, humildes, hambrientos, perseguidos…
A los invitados les aconsejará: “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar”.
Jesús no quiere dar consejos de educación formal. Jesús está hablando del banquete del Reino de los Cielos y cuyo dueño es el mismo Dios.
Jesús invita a escoger siempre el último lugar, o sea, buscar primero el bien de los demás, proporcionándoles más alegría que a uno mismo. No ser como “Mentepollo”, aquel personaje que hubo en la televisión, que “humildemente” siempre reconocía ser el mejor, el más capacitado, el número uno…
Es interesante observar cómo las personas humildes no le caen bien únicamente a Dios, sino a todos los demás. La humildad, cuando es sincera y no artificial, hace que la persona sea amada, que su compañía sea deseada, que su opinión sea deseada. Hay un refrán que lo expresa muy bien: “La verdadera gloria huye de quien la busca, y busca a quien la huye”.
Vivimos en un mundo que tiene necesidad urgente de rescatar el valor de la humildad. A nuestro alrededor, o dentro de nosotros mismos, hay mucha lucha por los primeros puestos, mucha búsqueda de aplausos y de elogios, mucha falsa humildad. A nuestro alrededor, en la búsqueda de los primeros puestos, se han pisoteado las cabezas de los demás.
Probablemente todos hemos tenido la experiencia de tener en nuestras manos una flor preciosa. Pensando que su olor también sería precioso, hemos llevado la flor a nuestra nariz, y ¡oh decepción! ¡No tenía ningún olor! Quizás pensando en esto que sucede más de la cuenta alguien afirmó lo siguiente: “La humildad es el perfume de las demás virtudes”. Podemos ser generosos, compartir nuestros bienes con los necesitados, ser amables, etc., pero si no somos humildes, seremos una linda flor sin perfume.
Pienso que muchos problemas entre las personas se hubiesen resuelto rápidamente si hubiese habido un poquito de humildad. La humildad siempre nos deja un buen sabor.
Comparto ahora dos brevísimas anécdotas. La primera es para reírse. Resulta que un joven abogado quiso impresionar al que él pensaba era su primer cliente haciendo como que daba indicaciones por teléfono a otros muchos clientes. Pero el cliente que él pensó tenía delante resultó ser el empleado de la empresa telefónica que venía a instalarle la entrada al teléfono por el que estaba hablando…
Y la otra anécdota fue lo sucedido a una persona que se brindó rápidamente para ser quien leyera en la Misa que iba a presidir el Obispo. El día de la visita, esa persona, que acostumbraba a leer muy bien, se equivocó en la lectura varias veces. Se cumplía así lo advertido por Jesucristo: “El que se busca ensalzarse, será humillado…
