Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, 7 de septiembre de 2025. Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

“Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo” Lucas 14, 26

Hermanos,

Demos gracias a Dios porque por lo menos una vez a la semana nos llama y nos facilita, nos invita a escuchar su palabra, a meditarla para que sea precisamente ella luz para nuestros pasos, buen sabor en nuestra vida. Es decir, aquel buen sabor que nos lleva a buscar la verdad que debe ser la aspiración de cada hombre, de cada mujer, de cada persona.

Muy bien, hermanos, el domingo pasado nosotros estuvimos viendo la lectura del libro de la Sabiduría con el tema de la humildad. Y en el tema de la de la humildad, pues nosotros descubrimos, o se nos decía que tenemos que reconocer nuestras limitaciones, nuestras debilidades, nuestros aciertos, nuestras posibilidades para después actuar en consecuencia.

Esa sabiduría está hecha no para contemplarla, sino la sabiduría está hecha para nosotros poder actuar en consecuencia. Es decir, actuar con sabiduría, valga la redundancia. Entonces, nos invitaba a que cada uno tiene que ser sincero, porque la sabiduría no era más que la búsqueda de la verdad.

Santa Teresa es una de las que decía que la humildad es caminar en la verdad, siempre buscando la verdad. Y empezando por nuestra verdad, nosotros. Porque nos gusta buscar muchas eh certezas, muchas cosas, descubrir muchas cosas y entonces hay veces que no nos conocemos ni nosotros mismos. Entonces lo primero es conocernos nosotros, buscar nuestra verdad. Como he repetido dos o tres veces ya en el domingo pasado, en este, buscar nuestras posibilidades, nuestras limitaciones, nuestras debilidades, nuestros aciertos.

La lectura de hoy continúa esta línea de la sabiduría, pero la amplía a otro aspecto. Entonces, casi todos los ejemplos que pone, tienen que ver con la búsqueda nuestra de la verdad, ésa de las cosas que nos rodean, el porqué de las cosas. Y entonces, nos hace ver que el hombre a través de la historia muchas veces piensa que ha alcanzado la verdad de las cosas, y cuando pasa un tiempo nos damos cuenta de que esa verdad permanece, porque la verdad no se oculta plenamente, sino permanece algo cuando nosotros la buscamos, precisamente con sinceridad, con buena voluntad, con el deseo no de que predomine lo que yo creo, sino que predomine las realidades de las cosas.

Pero entonces, ¿cuántas veces nos hemos equivocado? ¿Cuántas veces la humanidad se ha equivocado? ¿Cuántas veces la humanidad cree descubrir algo y piensa que esto va a ser así eternamente porque ya no va a descubrirse nada más? Precisamente ser sabio, hay un dicho que dice, «ser sabio es decir Señor, sé muchas cosas, pero sé que todavía me falta muchísimo más por saber, que no es solamente esto que yo sé ahora”.

Y es por eso que el hombre progresa, porque el hombre siempre tiene que tener en su mente, en su vida, aquello de un dicho muy popular, que se la sabe toda, sino que nosotros somos limitados a la hora de percibir la verdad. Nosotros los cristianos sabemos que la sabiduría no es más que un don de Dios, porque Dios es sabio.

Y que nosotros, por nosotros solos, la historia nos dice y la vida nos dice, de que no podemos descubrir toda la verdad. Y por la palabra de Jesús, nosotros sabemos que necesitamos de la sabiduría de Dios, para nosotros entender. Fíjense, hermanos, que esto es difícil porque nosotros los hombres tendemos a engañarnos.

No es que no descubramos verdades. Sí, claro que descubrimos verdades con la capacidad que tenemos. Pero nosotros nos equivocamos cuando creemos que ya hemos descubierto toda la verdad, porque nosotros lo creemos y lo aceptamos. Nos damos cuenta que Dios es una fuente insondable de sabiduría y de certezas, de certezas que solo Él es capaz de dárnosla a conocer.

Y lo nuestro es pedir la sabiduría a Dios y buscar la sabiduría de Dios. Si muchas veces nos equivocamos en el plano de lo físico, de la química, del estudio de la biología, de la naturaleza, del mundo vegetal, del mundo animal y nos damos cuenta que cada día podemos saber todavía un poquito más. Y hay veces que actuamos precipitadamente, en consecuencia, nos equivocamos y cometemos temerosos fallos como personas y como humanos.

Hermanos, cuando nosotros nos aferramos por la ideología, y creemos que, porque yo tengo determinada concepción de la realidad, ya todo está, esa es la verdad plena y total. Y todo, todo, tiene que ocurrir como yo diga o como yo piense, esos son los fracasos humanos. Y por eso es que los hombres idean sociedades perfectas. Si “tiramos” esta ley, ya esta sociedad será perfecta. Si “tiramos” esta ley, ya no a haber ningún problema, ni injusticia si hacemos tal cosa.

Si sabemos y nos damos cuenta que, en el mundo de lo físico, nuestro conocimiento es limitado, ¿cuánto más cuando nosotros queremos en el campo de las ciencias sociales de comprender la realidad del hombre? ¿Cómo organizar la sociedad? ¿Cuántos errores se han cometido? ¿Cuántas sociedades perfectas se nos han dicho que tenemos que construir? ¿Cuántas? Y que si hace esto vamos a lograr la sociedad perfecta, ya no va a haber dificultad entre los hombres. Como que decía aquella frase, el hombre, que es el enemigo del hombre, y que todos seremos hermanos aquí en la tierra. No hace falta ningún redentor, no hace falta ningún Dios que nos salve. Nosotros solo podemos conseguirlo.

Hermanos, ¡cuánta falsedad! Yo diría, cuánta debilidad mental, tanto como para el que la piense y tanto como para el que la acepte.

Este es el libro de la sabiduría. La sabiduría dice, «Gracias a la sabiduría se enderezaron los pasos de los mortales. Los hombres aprendieron lo que a ti te agrada y por tu palabra se salva.» Por eso es que nosotros tenemos que iluminar nuestros conocimientos con la Palabra de Dios. Aquello que nosotros no podemos entender con nuestros propios conocimientos, porque no podemos profundizar hasta allá, hasta allá, porque si no seríamos dioses, el Señor nos lo dice con su Palabra.

¿Cuál es la garantía de que mi conocimiento ande en un rumbo honesto y correcto en la verdad? Es escuchar la Palabra de Dios que nos dice precisamente que nosotros somos criaturas de Dios, que todo este mundo maravilloso ha sido un don de su poder creador, que nos lo ha dado a nosotros para que nosotros lo acrecentemos y lo sepamos repartir con justicia. Y que si no entendemos eso y creemos que nosotros podemos más que Dios e inventamos nuevos mandamientos, todo eso, hermanos, va en contra de nosotros mismos.

Si en algo nos equivocamos nosotros cuando creemos que hemos alcanzado toda la verdad, y actuamos en consecuencia sin contar con la palabra de Dios, ahí nos equivocamos. Eso es lo que nos dice la primera lectura de la sabiduría. El evangelio va en esta misma línea, lo que pasa es que Jesús lo pone de una manera muy radical. Él termina con palabras tremendas. Termina con palabras tremendas el Evangelio. Dice, «Del mismo modo», fíjese cómo termina, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío.» Tremendo, esas son palabras duras del Evangelio, duras.

Claro, aquellas personas que toman la Palabra de Dios, el Evangelio, lo toman literalmente, pues entonces tendrá que decir, bueno, entonces, yo tengo que dejar todo, casa, como dice arriba, papá, mamá, mujer, hijo, nieto, propiedades, tengo que dejar todo, eso es lo que el Señor quiere. Bueno, esa persona sabe que ya desde ese mismo momento que se radicalizan. Hay personas que cogen un versículo de la Biblia y se lo repiten mucho, entonces y cuando dicen algo, te lo sacan y te dicen este versículo. Y por otro lado el Señor dice, «Honra a tu padre y a tu madre. Haz el bien. No hables mal del otro. Ayuda al otro. Las obras de misericordia, da de comer al hambriento”, esas cosas.

Entonces el Señor nos dice, «al contrario, ámalo, ahora eso sí, por encima de todo tienes que darte cuenta y aceptar, de que, si tú quieres caminar en la verdad, tienes que caminar según la sabiduría que Dios nos transmite y nos pone en su Palabra. En definitiva, eso es lo que el Señor nos está diciendo. En mi relación con mi padre, con mi madre, con mis hermanos, con los fieles, yo que soy el obispo, me pongo como ejemplo, pero pónganlo ustedes que son padres y madres con sus hijos, con su esposa, con su esposo. Si ustedes solamente piensan en sí y no piensan en los demás, están equivocados porque el Señor nos dice, «Piensa en tus hermanos.» Ahora, si yo pongo cualquier tesoro que yo tenga, lo más grande por encima de Dios, ah, entonces si la cosa pasa va mal.

Yo nunca puedo renunciar a hacer el bien por ningún motivo, por ninguna causa, por ningún pretexto. Nunca puedo renunciar a negar a Dios. No. No debo hacerlo, a lo mejor soy frágil, lo que sea. En la búsqueda de la verdad no puedo renunciar a buscar la verdad. Eso es lo que significa eso. Hermanos, siempre tienen que buscar a Dios y el que busca la verdad busca a Dios. Búsquenla, pero déjense guiar por la Palabra de Dios. Déjense guiar por la Palabra de Dios.

Entonces, aquí viene. Una vez que sabemos esto, que sabemos que necesitamos de Dios para conocer la verdad de todo, la creación, el sentido de las cosas, la familia, que necesitamos a Dios para darle el valor. Ustedes saben que hay personas ahora que ya no le dan importancia ni a la familia, ni a la paternidad, ni a la maternidad, eso lo ven como una función y que la sociedad puede sustituir al papá, a la mamá y a todo el mundo. Señores, así es. Entonces, ¿cómo debemos de actuar? Y aquí viene entonces este texto que es una maravilla que yo quisiera que ustedes lo leyeran. Fíjense que se los pido.

Cuando regresen a su casa, mejor dicho, a lo mejor están en su casa participando virtualmente en esta misa o cuando vengan de la parroquia, busquen en la carta de Pablo, la carta de San Pablo a Filemón. Es el libro más cortico de la Biblia. Solamente tiene un capítulo y este capítulo es cortico.

Pero qué sabiduría tiene esto. ¿Qué sabiduría de Dios tiene esto? Yo por arribita voy a decir rapidito esta carta. ¿A quién la dedica Pablo? Pablo la dedica a Filemón. ¿Quién era Filemón? Parece que Filemón era un amigo de Pablo. Y parece que Filemón era un cristiano. Había tal vez descubierto a Jesús a través de Pablo. Y Filemón tenía esclavos. En aquella época eso era normal, tener esclavos. Pero hay un esclavo que se llamaba Onésimo, que parece que un día se escapó. Todo hombre quiere la libertad. Y aunque el dueño era cristiano, el esclavo quería la libertad, y tenía derecho a la libertad y se escapó. Y lo cogieron preso.

Y coincidió con Pablo en la prisión cuando Pablo estaba preso, cuando iba para Roma, al final cuando él muere por Cristo. Ese sí entregó todo, ¿eh? Él murió por Cristo. Bien. Entonces, viene el dilema. Filemón era su amigo, cristiano, Onésimo, era su compañero de prisión, que se hace cristiano en la prisión por la palabra de Pablo y la gracia de Dios. Y entonces, Pablo se da cuenta de que hay que resolver ese problema. Hay que resolver esa situación difícil. Los dos son cristianos, los dos son amigos de Pablo, los dos son buenas personas, cada en su medio, en su mundo. Entonces, Pablo tal vez estos textos los estoy recreando un poco.

Pablo tal vez diciendo, a mí me llevan a Roma, pero Onésimo, el esclavo se queda aquí. ¿Y qué es lo que hace Pablo? Pablo tiene la osadía, la osadía de escribir una carta a Filemón, al dueño del esclavo. Y esta carta es como si yo la volviera a leer de nuevo. Así, ¿qué dice la carta? “Filemón, yo te voy a presentar ahora un amigo mío, a un hermano mío. Que como es hermano mío, es como tú, hijo mío, también en la fe. Él también, en la fe. Él fue tu esclavo y te abandonó. Se fue buscando la libertad. Yo te pido que lo acojas como lo que es, hermano tuyo. ¿Por qué? Hermano tuyo en Cristo, hermano tuyo en la fe, es hijo de Dios igual que tú. Pues ya no lo consideres esclavo”.

Fíjense que no dice aquí que lo libere, esa es la ley de aquella época. No dice que lo libere. Dice, «Trátalo como a mí mismo. Toda aquella complacencia que tú me dabas a mí, dásela a este, tu esclavo. Trátalo. como si fuera yo”. Dice, «Yo hubiera podido mandártelo, pero no lo hago porque quiero que tú lo aceptes con libertad y no porque yo te lo obligo, te lo impongo”. Hermanos, por eso es que esa petición es fuerte y grande. Eso es como dejar tantas cosas. Y eso es lo que Pablo se atreve a pedirle a Filemón que acepte a Onésimo.

Eso es lo que el Señor nos pide a nosotros. Nunca dejarnos llevar por el mal ni por la prepotencia. Nunca creer que tenemos toda la verdad en nuestra mano y por lo tanto tenemos que avasallar a los demás o restregárselo en la cara, nunca. La única verdad, la única sabiduría es la de Cristo, y solamente ante ella uno tiene que agachar la cabeza y actuar en consecuencia. Eso es lo que Pablo le pide a Filemón, actúa en consecuencia. Eres cristiano. Sabes que los cristianos somos hijos de Dios en Cristo de Jesús. Tú eres cristiano, Onésimo, tu esclavo es cristiano. Trátalo como hijo de Dios y como un hermano. Ahí rompemos todos los esquemas, todas las leyes que los hombres seamos capaces de hacer. Todas. Ese es mi hermano. A eso yo lo tengo que cuidar y tratar bien.

Y yo quiero terminar leyendo esos pedacitos. “Querido hermano, el que te habla es Pablo, el viejo Pablo”. Es decir, ya se conocían de hace tiempo. Y lo que es más importante, “ahora estoy preso en Cristo Jesús”. Ya preso Pablo. “Y la petición es para que mi hijo Onésimo, a quien transmití la vida mientras estaba preso. Yo hubiera deseado retenerlo aquí junto conmigo, dice Pablo. Para que me sirviera en tu lugar mientras estoy preso por el Evangelio”.

La amistad era tan grande que Pablo sabía que Filemón, siendo dueño de esclavo y lo que sea, con mucho gusto se hubiera puesto al servicio de Pablo. Y Pablo dice, «Ese trabajo que tú querías hacer, ése, lo está haciendo Onésimo ahora. Yo hubiera deseado retenerlo a mi lado para que me sirviera en tu lugar mientras estoy preso por el evangelio. Sin embargo, no quise guardarlo conmigo sin tu consentimiento”. Fíjense, respeto a la libertad. “Ni imponerte una buena obra sin dejar que la hagas libremente”. Eso es desprenderse de todo lo de uno para seguir el evangelio.

“A lo mejor Onésimo, el esclavo, que te fue quitado por un momento, se escapó para que lo ganes ahora en la eternidad”. Es decir, ya no vas a tener un esclavo, vas a tener un hermano, compañero tuyo en la vida eterna. “Ya no será tu esclavo, pues pasó a ser un hermano y muy querido. Lo que es para mí en forma singular, lo será para ti mucho más todavía”. Es decir, él todavía dice, «Si para mí Onésimo es mi hermano, para ti que fue o que es tu esclavo, ya tú no lo puedes tratar como tal. No puedes. Tú tienes que tratarlo como un hermano. Por eso, en vista de la comunión que existe entre tú y yo, Filemón y Pablo, recíbelo como si fuera yo”.

Es preciosa esta cartica. Ahora nosotros sepamos vivir así. No quiero prolongarme mucho, pero muchas veces preguntan, y la esclavitud, y esto, y la iglesia qué dijo y no sé qué, y en aquella época, qué dijo Jesús de los esclavos, que si no dijo. Aquí Pablo no dice en ningún lugar que hay que tirar una ley que diga que todos los esclavos tienen que ser libres. Porque Pablo se da cuenta de que él no está para tirar leyes. Él está para predicar a Jesucristo y su mandamiento. Pero lo que dice aquí hace cambiar todas las leyes. La relación entre los hombres, entre bien y el mal no es un problema de leyes, es un problema de conciencia. Y la gente se tiene que sentir libre.

Por eso él dice, «Yo podría haberlo dejado conmigo y tú hubieras entendido, pero yo quiero tu libertad, que tú seas el que decidas.» Dice Pablo, Onésimo es mi hermano. Ojalá, que nosotros también sepamos actuar y vivir así.

Que el Señor nos acompañe a todos. Y cuando lleguen a su casa o en su casa, busquen la carta de Pablo, busquen esta carta de Pablo a Filemón.

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