Queridos todos: Jesucristo nos pide un amor total. No acepta que lo queramos a medias. Nada ni nadie puede ocupar el lugar que a Dios le corresponde. A Dios hay que amarlo con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda la mente y con todo el ser. Ahora bien, escuchando la lectura de hoy aparece la palabra CRUZ. Y aparece cuando todavía Jesús no había muerto en una cruz. A la gente que lo escuchaba debió sonarles extraña esta mención. Porque la cruz era el instrumento de suplico con el que los romanos ejecutaban a los condenados a muerte. Hoy Jesús nos llama a cargar cada uno con nuestra cruz para luego seguirlo. Es como invitarnos a hacernos amigos de nuestra propia cruz, imitando a Jesucristo cuando llevó la suya.
Cuando éramos niños, a muchos de nosotros nos preguntaban de qué tamaño queríamos a nuestra mamá o papá. Y uno terminaba abriendo los brazos a todo largo para decir que más no los podíamos querer. Hoy los invito a contemplar a Jesús, el crucificado, con los brazos extendidos diciéndonos «de qué tamaño» es su amor por nosotros. «A mí nadie me quita la vida, yo la entrego libremente», había dicho. Murió por nosotros. Murió por salvarnos. Él pudo haber escogido otros caminos, pero prefirió una cueva para nacer y una cruz para morir. Y la cruz era, entonces, el lugar terrible concebido para torturar a los criminales con un método que hiciera sufrir lo más posible y durante el mayor tiempo posible.
Contemplar es “mirar con el corazón”. Contemplando, pues, al crucificado, recemos con las palabras de aquel monje: «Todo esto por mí». Pensemos en la agonía previa en el Huerto de los Olivos, la sensación que vivió de soledad y abandono, el sudor, la sangre, la cabeza hundida en la tierra, sus amigos durmiendo, los enemigos velando, la complicidad de la noche, las linternas, faroles y armas, el prendimiento, la llegada de Judas, el beso traicionero… Y TODO ESTO POR MI…
Es incomprensible la parodia del juicio a que fue sometido: cuatro tribunales lo juzgan (dos religiosos y dos civiles): ninguno lo condena y sale condenado. Frente a frente con viejos astutos y malos, de falsos testigos. Se le acusa, en nombre de la ley, del derecho, del orden, de la justicia, de la unidad nacional, de la verdad… e incluso en nombre de Dios, de malhechor, terrorista, saboteador, endemoniado y blasfemo. Y eso a pesar de que Pilatos había dicho: «Yo no encuentro culpa en este hombre»… Y TODO ESTO POR MI…
En su Pasión Jesús aparece como un hombre incapaz de defenderse y a quien nadie defiende. Las sesiones de tortura fueron crueles: golpes, empujones, bofetadas, latigazos, corona de espinas… Pero aún más crueles las torturas mentales: maltrato, humillación, vejaciones, insulto, la comparación con Barrabás, el juego político entre judíos y romanos, la incomprensible conducta del pueblo que pasa, en menos de 72 horas, del “Bendito el que viene en nombre del Señor” al “Crucifícalo”, de aclamarlo como Rey el pasado domingo y hoy gritar “No tenemos más rey que el César”. Y TODO ESTO POR MI…
La muerte de Jesús fue muy vulgar. Debió parecer que Satanás nunca había sido más poderoso: Jesús arrastrado por las calles, la cruz sobre el hombro, la tablilla colgando al cuello con el título del delito, el ataque al pudor cuando lo desnudaron, los clavos, la hiel, la lanza, la lenta muerte… estirado en una posición incómoda, sin poder apoyar la cabeza, y finalmente las ironías que tanto duelen al que las recibe y dejan tan tranquilo al que las dice: «Sálvate a ti mismo… baja de la cruz… ¿no confiaba en Dios?… pues que Dios lo ayude ahora»… Y TODO ESTO POR MI…
A Jesús no le aplicaron ninguna gracia, como lo hicieron con Barrabás. Podrían haberlo condenado a la cárcel o mandarlo al exilio. Fingen, utilizando a Simón el Cirineo, sentir una compasión que no es sincera. Le negaron todo, hasta el agua, la paz última que no se le niega a nadie. Y así lo dejaron en la cruz con los brazos extendidos, dispuestos al perdón. La despedida de duelo más corta de la historia y la más cierta fue la que dijo aquel militar romano que vio morir a Jesús: «Realmente este hombre era el Hijo de Dios».
Jesús nos amó hasta el extremo. Para salvarnos no derramó la sangre de otros sino la suya, las lágrimas de otros, sino las suyas. Jesús no mata, se deja matar; no humilla, se humilla. La cruz nos revela el rostro de Dios, rostro de amor. A los pies de la Cruz no puede alojarse el odio, el rencor… A los pies de la cruz, este mundo podría hacerse más fraterno y más amable. A eso estamos invitados siempre, pero de manera especial luego de lo que hemos escuchado en el evangelio de hoy: “El que no carga su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo”.
¡Abracemos nuestras propias cruces como Jesús abrazó la suya! ¡Pidámosle a Dios la fuerza necesaria para saber llevarlas sobre nuestros hombros, confiados en que Dios nunca permitirá que se nos ponga encima una cruz que nosotros no seamos capaces de llevar! Y si flaqueamos, digamos con confianza: “Si grande es mi cruz más grande es mi fe!
