Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Rio, el XXIV domingo del Tiempo Ordinario, 14 de septiembre de 2025

Queridos hijos e hijas de esta amada diócesis de Pinar del Río:

En el Evangelio de Juan que acabamos de escuchar, Jesús nos revela el corazón mismo de Dios: un amor tan grande que trasciende toda comprensión humana. “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Estas palabras, dirigidas a Nicodemo—un hombre que buscaba la verdad en la noche—resuenan hoy con fuerza en nuestros corazones, especialmente en el contexto de fe, esperanza y lucha que caracteriza a nuestro pueblo.

Jesús, el Hijo de Dios, “bajó del cielo” (v. 13) para compartir nuestras alegrías y dolores, nuestras esperanzas y desvelos. No vino como un juez distante, sino como un Salvador que se acerca a nosotros en la humildad de un pesebre, en la sencillez de un taller de Nazaret, y en la entrega total de la cruz. En un mundo donde a menudo se nos juzga por nuestros errores o limitaciones, Dios nos ofrece una misericordia que no conoce condiciones. “No envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (v. 17).

Los fariseos, consideraban que la salvación provenía de la ley mosaica y de su estricto cumplimiento. Durante la catequesis a Nicodemo, Jesús acude a un pasaje de la Torá, porque, escudriñándola, debería comprender la novedad que aporta Jesús. La salvación se presenta encarnada en un hombre de carne y hueso, enviado por Dios, y no solo en la letra muerta de un libro, lo cual descoloca a Nicodemo. Si toda ley escrita es interpretada por juristas, que después dictan sentencias, resulta que no es posible encerrar en un texto a una persona. Porque, ¿cómo dictar sentencia a partir de un hombre? Imposible.

Como Nicodemo, también estoy descolocado.

Para nosotros, en Pinar del Río—tierra de campesinos, de gente trabajadora y de fe sencilla—este mensaje es particularmente significativo. Jesús es el faro que ilumina nuestros días de sequía espiritual y tempestad emocional. En medio de las dificultades que enfrentamos—ya sea en la economía, la familia o la sociedad—Dios nos repite: “Yo estoy contigo. No temas”.

La fe en Jesús no es un simple acto intelectual; es una confianza total en su amor redentor. Creer en Él significa mirar la cruz con esperanza, sabiendo que allí encontramos la prueba definitiva de que Dios nos ama hasta el extremo. Este amor nos transforma: nos libera del egoísmo, nos impulsa a servir a los más necesitados y nos convierte en testigos de la alegría del Evangelio. En nuestras parroquias, comunidades y hogares, estamos llamados a ser reflejo de este amor gratuito y salvador.

Queridos fieles de Pinar del Río:

En un mundo que a veces parece dominado por la indiferencia o la injusticia, el amor de Dios es nuestra fortaleza y nuestro antídoto contra la desesperanza. Él nos invita a no encerrarnos en la “noche” de Nicodemo—en las dudas o el miedo—sino a caminar en la luz de la fe, con la certeza de que somos hijos amados y destinatarios de una promesa eterna.

Como Iglesia peregrina en esta tierra pinareña, llevemos este mensaje a todos: a los enfermos en los hospitales, a los campesinos en el campo, a los jóvenes en las escuelas, a las familias en sus hogares. Anunciemos con palabras y obras que Dios no nos juzga; nos salva. Que no nos condena; nos abraza.

Señor Jesús, gracias por amarnos hasta entregar tu vida por nosotros. Ayúdanos a creer en tu misericordia y a llevar tu amor a todos los que encontremos en nuestro camino.

Que María, nuestra Madre de la Caridad, nos ayude a acoger este amor y a compartirlo con los demás.

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