Queridos todos: Conviene que les recuerde que una parábola es una historia breve que nos enseña una verdad. De antemano, quisiera invitarlos a que busquen en sus Biblias en esta semana el capítulo 15 del evangelio de San Lucas que son las tres parábolas de la misericordia. Leyéndolas y meditándolas veremos qué grande es la misericordia de Dios con los pecadores y la alegría que produce en Él su conversión.
Comentemos ahora esta parábola del hijo pródigo. Pródigo es una palabra que significa “derrochador”. Pienso que a este relato lo podríamos llamar también la “parábola del padre pródigo en derrochar misericordia”. Porque el protagonista de esta historia no es el hijo sino el padre.
Jesús les habla a los publicanos, escribas, fariseos y pecadores conocidos de todos. Gente que se consideraban justos y que miraban a los demás “por encima del hombro”. Ellos se consideraban “los buenos” y a los demás los consideraban “los malos”. Algo que nos podría pasar también a nosotros y de lo que podemos darnos cuenta y arrepentirnos.
El padre en esta parábola representa a Dios, que respeta la libertad de sus hijos y siempre espera nuestro libre regreso. Al leer, yo me imagino al hijo menor haciéndole la fea pregunta a su papá: ‘Papi, cuando tú te mueras, ¿cuánto me tocará a mí de la herencia?’. Para, entonces, pedirle que se la dé por adelantado y luego marcharse al país de sus sueños, abandonando a su padre, a su hermano y el calor de su hogar. Se olvidaba de su creador, de su Padre Dios. Y sucederá lo que pasa en las películas: ¡Son felices los primeros días! Dinero en abundancia, fiestas, bebidas, amigos de ocasión, comidas, malas compañías… Ha confundido la felicidad con la satisfacción de su egoísmo sin límites. El evangelio lo resumió diciendo que vivía de “una manera desordenada”.
No es de asombrarse que a este despilfarro siguiese el hambre. “Sobrevino una gran hambre en aquella región”, dice la lectura. Empujado por la necesidad, el joven cayó en manos de cierto jefe. Había cambiado a su Padre Dios por un príncipe. San Agustín dice que en este príncipe hay que ver al demonio. Aquel muchacho, buscando una libertad a su manera, y ahora era esclavo. La comida que le daban no lo saciaba (como pasa con las “aguas” de este mundo, que el que las toma, vuelve a tener sed).
Al fin se dio cuenta en qué estado se encontraba, qué había perdido y a quiénes había perdido, a quién había ofendido y en manos de quién había caído. Comprendió de dónde había caído y a dónde había caído. Afortunadamente, volvió en sí. Primero retornó a sí mismo, luego a su padre. Se levantó y regresó. ¡Qué importante segundo en su vida! Tomar la determinada determinación de levantarse del fango en que estaba metido. ¡Si es verdad que un segundo puede transformar tu vida para mal, también un segundo puede transformar tu vida para el bien!
Señala el evangelio escuchado que, estando el joven todavía lejos, su padre lo vio venir. ¡Cuántas veces se habrá asomado el padre a mirar el camino con la ilusión de ver regresar a su hijo! Me imagino que siempre se acostaría pensando que “hoy no vino, pero seguro que mañana vuelve”. El padre, continúa la parábola, cuando lo ve sale a su encuentro, o sea, se le adelanta con la misericordia. El salmo 139 de la Biblia dice: “Tú, Señor, conoces de lejos mis pensamientos”. Ya el Padre sabía lo que vendría a decirle. Por eso se le echó al cuello, lo abrazó y lo besaba. Incluso interrumpe su sincera confesión de haber pecado. Y rápidamente ordena la fiesta.
Pide que le pongan el vestido nuevo, el que había perdido al pecar, pero que su padre había guardado celosamente con la esperanza de que volvería. Ese vestido más preciado lo convierte en invitado de honor… Pide también que le pongan el anillo, que le devuelve la dignidad perdida y hará que vuelva a sentirse parte de la familia que abandonó… Y pide que le pongan sandalias en sus pies para que se sienta nuevamente libre al caminar, dueño de sus pasos y no a merced de a donde vaya el viento…
Entra en escena el hijo mayor que ya se ha enterado del motivo de la fiesta. O mejor, no quiere entrar en escena, no quiere salir en la foto familiar. Y se sienta en el portal de la casa, quizás con la cara entre las manos. Disgustado, celoso y lleno de rabia, no entra y, en vez de alegrarse, juzga y acusa. En vez de sentirse invitado, se siente rechazado. Lo cierto es que nadie lo excluye, ha sido él quien se ha excluido.
Los criados van a contarle esto a este extraordinario padre, que sale al portal a conversar con su otro hijo. Me lo imagino sentándosele a su lado para suplicarle que entre, que no haga ese feo, que qué va a decir la gente y sabrá Dios cuántas razones más. El padre sabe que puede más suplicando que obligando, pero el hijo mayor no acepta y da sus razones. Verdad que él es un hombre trabajador de todos los días, pero a quien se le ha empequeñecido el corazón. Ha ido perdiendo el sentido de la caridad mientras servía a su familia. No había descubierto aún que en el mismo servicio está una buena parte de la recompensa. Si tenía a Dios, y todas sus riquezas con él, ¿qué más podía pedir?
Y el padre argumenta: ‘Hijo, tú estás siempre conmigo’. No le dice “tú jamás has desobedecido una orden mía”. Todo lo mío es tuyo. Si te calmas, si te alegras con el regreso no de mi hijo sino de tu hermano, si nuestra fiesta no te entristece, si no permaneces fuera de la casa… todo lo mío es tuyo… y de tu hermano también, que “estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos recuperado”.
No pasemos por alto la forma en que el hermano mayor habla de su hermano cuando le dice al padre de ambos: “Porque viene ahora este hijo tuyo”. Y cómo el padre le contesta que “deberías alegrarte porque ha vuelto a casa “este hermano tuyo”.
Queridos todos: Gracias a esta parábola de Jesucristo podemos estar convencidos de lo siguiente:
- Que siempre podemos regresar a Dios y a su Iglesia por lejos que nos hayamos ido como el hijo pródigo
- Que no hay pecado, por grande que sea, que no pueda ser perdonado
- Que no hay fracaso que no pueda ser rehabilitado
- Que Dios puede reconstruir nuestro interior, aunque esté convertido en ruinas
- Que nuestro Padre nos espera siempre en el camino con un anillo familiar y sandalias nuevas
- Que Dios, al hombre más alejado, más hundido y más culpable, lo está esperando siempre con su amor.
- Que regresar no es una vergüenza sino una fiesta
- Y que, a imitación de nuestro Padre celestial, no debemos cerrarle nunca las puertas al derrotado y culpable.
