Queridos todos: El evangelio escuchado es también conocido como “la parábola del administrador astuto”. Jesús nos hace ver que las personas que pertenecen a este mundo “son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz”. Esto no es, de ninguna manera, una alabanza hacia quienes saben hacer negocios en este mundo, sino que es una llamada de atención para que, quienes creemos en Dios, nos volvamos hábiles para los negocios que de veras valen la pena, o sea, los negocios de Dios. El Señor nos invita a utilizar el dinero para hacer el bien, y a evitar que nos esclavice.
Somos administradores de los bienes que Dios nos ha confiado, y un día tendremos que rendirle cuentas acerca de eso. El amor al dinero endurece el corazón del hombre, lo cierra al dolor de los demás y muchas veces lo lleva a cometer injusticias. Ya el profeta Amós, 8 siglos antes de Cristo, predicaba la advertencia que a continuación escucharemos.
Lectura del libro del profeta Amós, capítulo 8, versículos del 4 al 7: “Escuchen esto los que buscan al pobre sólo para arruinarlo y andan diciendo: ‘¿Cuándo pasará el descanso del primer día del mes para vender nuestro trigo, y el descanso del sábado para reabrir nuestros graneros?’
Disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanzas, obligan a los pobres a venderse; los compran por un par de sandalias, y hasta venden el salvado como trigo.
El Señor, gloria de Israel, lo ha jurado: ‘No olvidaré jamás ninguna de estas acciones”. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor
Amables oyentes: La sociedad que conoció Jesús era muy diferente a la nuestra. Sólo las familias poderosas de Jerusalén podían acumular monedas de oro y plata. Los campesinos apenas podían hacerse con alguna moneda de bronce o cobre, de escaso valor. Muchos vivían sin dinero, intercambiándose productos en un régimen de pura subsistencia.
En esta sociedad, Jesús habla del dinero con una frecuencia sorprendente. Sin tierras ni trabajo fijo, su vida itinerante de Profeta dedicado a la causa de Dios le permite hablar con total libertad. Por otra parte, su amor a los pobres y su pasión por la justicia de Dios lo urgen a defender siempre a los más excluidos.
Habla del dinero con un lenguaje muy personal. Lo llama espontáneamente «dinero injusto» o «riquezas injustas». Al parecer, no conoce «dinero limpio». La riqueza de aquellos poderosos es injusta porque ha sido amasada de manera injusta y porque la disfrutan sin compartirla con los pobres y hambrientos.
¿Qué pueden hacer quienes poseen estas riquezas injustas? San Lucas, en el evangelio que hemos escuchado, ha conservado unas palabras curiosas de Jesús. Aunque la frase puede resultar algo oscura, su contenido no ha de caer en el olvido: “Yo les digo: Gánense amigos con el dinero injusto para que cuando les falte, los reciban en las moradas eternas”.
Jesús viene a decir así a los ricos: «Gasten su riqueza injusta en ayudar a los pobres; gánense su amistad compartiendo con ellos sus bienes. Ellos serán sus amigos y, cuando en la hora de la muerte el dinero no les sirva ya de nada, ellos los acogerán en la casa del Padre». Dicho con otras palabras: la mejor forma de «limpiar» el dinero injusto ante Dios es compartirlo con sus hijos más pobres.
Sus palabras no fueron bien acogidas. San Lucas nos dice que “estaban oyendo estas cosas unos fariseos, amantes de las riquezas, y se burlaban de él”. No entienden el mensaje de Jesús. No les interesa oírle hablar de dinero. A ellos sólo les preocupa conocer y cumplir fielmente la ley. La riqueza la consideran como un signo de que Dios bendice su vida.
Aunque venga reforzada por una larga tradición bíblica, esta visión de la riqueza como signo de bendición de Dios no es evangélica. Hay que decirlo en voz alta porque hay personas ricas que de manera casi espontánea, piensan que su éxito económico y su prosperidad es el mejor signo de que Dios aprueba su vida.
Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero, sino utilizarlo para hacer el bien, como hizo el buen samaritano que, con su dinero, pagó la atención del herido desconocido que había caído en manos de ladrones.
Una situación con respuesta muy difícil para nosotros podría ser ésta: Si a usted le regalaran hoy cien mil dólares, ¿se acordaría de ayudar en algo a los que están más necesitados y usted conoce muy bien?
