“Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos” 1 Timoteo 6, 12
Hermanos,
Es de sabios y vamos a utilizar una palabra, es de astutos, darnos cuenta de que la lectura de la palabra de Dios que leemos los domingos y los días entre semana, siempre nos enseñan y siempre van como haciendo un camino para ayudarnos nosotros a ser salvos, a la salvación.
En días anteriores, creo que dos domingos atrás, se tocó el tema de la humildad. Recordemos que, y lo voy a repetir porque eso es bueno recordarlo, es un método didáctico, repetitivo para que nos acordemos. Que la humildad es aquella virtud que nos hace descubrir y reconocer nuestras propias debilidades y limitaciones, y también nuestras posibilidades y a actuar en consecuencia, para no caer en el descrédito, ni pasar pena ante los ojos de los hombres cuando nos creamos, mejores de lo que somos o más sabios que los demás. Si no al contrario, hay que ser humilde para reconocer que sólo Dios es grande, y que nosotros le pedimos al Señor que envíe su palabra para acercarnos a Él. Ese fue lo primero, ser humildes ante Dios, la humildad.
El domingo anterior tocamos el tema de la astucia, y el Señor Jesús ponía aquel ejemplo de aquel hombre ladrón, corrupto, que utilizaba la astucia para hacer el mal. Y decíamos que es bueno ser astuto en la vida, pero esa astucia hay que utilizarla para hacer el bien. Entonces, uno tiene que procurar, siendo astuto, buscar todas las condiciones para que el bien se haga presente. No hay que cogerle pena. ¿Tú eres astuto? Gracias a Dios que soy astuto porque me sé defender ante el mal. Fíjense bien, siempre para uno lograr el bien. Por eso hay que ser astuto.
Y el Señor Jesús recordaba que seamos astutos no para buscar los bienes de la tierra, que hay que lograrlo, lucharlo mucho, ustedes lo saben bien. Sino que hay que ser astutos para ganar los bienes mayores, los bienes eternos, lo bienes que no perecen que es el Reino de los cielos. Ahora bien, ¿qué nos querrá decir el Señor hoy? Él nos quiere decir, nos quiere hablar de otra actitud, la indiferencia.
La indiferencia. Qué triste es sentir Que hay algunas personas que nos miran con indiferencia, ¿de verdad? Qué triste es eso. Y esa es la indiferencia, es decir, cuando uno no considera al otro, ni le tiene en cuenta, ni le importa lo del otro. Hay una cosa que dice, «Me saludó con indiferencia”. Y esto es lo que nos dice, «tenemos que evitar la indiferencia», hermanos, tenemos que evitarla.
Aquí vemos la primera lectura, que empieza a sacar comparaciones como diciendo, «goza de la vida y no te importan los otros. “Hay de ustedes que viven tranquilos en Sión y de ustedes de que se sientan seguros en Samaria”. Es decir, como a decir un refrán nuestro, no sé si se usa ahora, ande yo caliente y ríase la gente, como diciendo, «No me importa los demás.» Como aquel otro refrán que yo me acuerdo que si se repetía, “comí yo, comió La Habana”. Como diciendo, ya no me interesa, no me interesa. “Se tienden en cama de marfil, comen corderito de rebaño y ternero sacado del establo. Y como David inventan instrumentos de música para deleitarse, pero no se afligen por el desastre de mi pueblo. Por eso ustedes serán ahora, los primeros en partir al destierro y así se terminará con este montón de ociosos”.
En las lecturas anteriores, nosotros veíamos como Dios había dicho, el anterior de Amós también decía, «Dios no se olvida del abuso que se tiene contra el pueblo, Dios no se olvida”. Por eso andemos, seamos astutos para uno pueda seguir al Señor. El salmo va en el mismo camino. “Él mantiene su fidelidad perpetuamente, él hace justicia a los oprimidos. Da pan a los hambrientos, libera a los cautivos”. Como diciendo, el Señor no nos olvida. El Señor nos llama a vivir eternamente junto a él y él está cerca de nosotros siempre.
Vamos a continuar con la lectura. Fíjense bien que yo no he hablado, han hablado las lecturas y eso es bueno. Por eso la Biblia tenemos que leerla así y preguntarnos, «¿Y a mí qué me dice esta lectura hoy? ¿Yo también soy como esta gente de ande yo caliente y ríase la gente? Si somos así, nos estamos olvidando del pueblo. Y Dios no quiere eso. Además, no es bueno. No nos hace bien ni a nosotros, ni a otros.
Viene la segunda lectura a Timoteo. Y en esta segunda lectura a Timoteo, él se afirma y le dice a Timoteo, «Tú eres un hombre joven, pero tienes que mantener tu vida, mira, ahí. Dice, «Busca la justicia, la piedad y la fe, el amor, la constancia, la bondad, da el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que has sido llamado.» Hermanos, eso es lo que el Señor quiere. Que en cada momento nosotros nos mantengamos firmes en la fe en medio de todas las circunstancias, sabiendo que hay único Señor, una sola fe, un único bautismo y que el único rey, que es Jesús, que es el Rey de Reyes, el sol que nace de lo alto. Lo demás queda en un segundo plano.
Lo demás es si no lo seguimos, somos unos engreídos, que hemos perdido el rumbo. Nuestro rumbo es encontrar a Dios. Al único inmortal, al que vive en la luz inaccesible y que ningún hombre ha visto ni puede ver, a Él sea el honor, el poder y la gloria por siempre jamás. Amén.
Aquí en esta lectura el Señor nos dice, «vayan buscando los bienes mayores, para eso tienen que ser astutos y tienen que ser humildes.» para que sepan que por ustedes solos, por nosotros solos no podemos conseguirlo. Ejemplo de eso es el texto que todo el mundo conoce, que es el texto de Lázaro, que nosotros llamamos San Lázaro. Se ve que el otro hombre era un hombre que no tenía compasión de Lázaro. Era un engreído. Pasó lo que nos pasa a todos, la muerte y después ¿qué? ¿Después qué? Tú disfrutaste en la vida todo porque creías que lo tenías todo y no te fijabas en los demás. Este hombre que era aplastado y humillado, este hombre está junto a Abraham.
¿Y tú dónde estás? Y lo que dice al final es cierto. “Señor, ya yo no puedo subir ahí arriba. Mándame, manda entonces por lo menos alguien”, por lo menos tenía algo de bondad el hombre, se acordó de la familia. Dice, «manda a alguien para que para que se lo avise a mi familia”. Como tantas veces nosotros queremos decir, «Ay, si fulano entendiera, si yo mismo que me equivoqué entendiera”. Dice, «manda a alguien para que se lo avise a mi familia y le diga la situación”.
Y Jesús dijo una verdad. Cuando uno se mete en el pecado, cuando uno se mete en los caminos que no son de Dios, muchas veces nos ponemos tan tercos que no escuchamos a Dios, aunque nos lo digan quinientas veces. Eso es así. Aquí el Señor que nos pide, “Seamos humildes, seamos dóciles y seamos astutos”, para darnos cuenta de que nosotros no podemos todo, ni sabemos todo. Sino que nosotros tenemos que acudir a Dios para lo que nos enseñe el camino de la vida, ser compasivos, ser misericordiosos, hacer el bien, ser humildes, alabar a Dios. Hermanos, eso lo hemos recibido de la palabra de Dios.
El Señor Jesús nos lo ha dicho a cada uno de nosotros. Vivamos así. Cada uno de nosotros esté en su trabajo, donde quiera que esté, en cualquier país, seamos humildes y dóciles a la palabra de Dios. Esa es la palabra que salva, no otra palabra. Esa es la palabra que salva y es la que nos lleva siempre a hacer el bien.
Que Dios nos ayude a vivir así a todos. Amén.

Neidys GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
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