Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, el domingo XXVI del Tiempo ordinario, 28 de septiembre de 2025

Queridos hijos e hijas de esta amada diócesis de Pinar del Río:

La parábola del mendigo Lázaro y del rico anónimo es uno de los textos más contundentes jamás escritos contra el abuso de las riquezas. De principio a fin, el relato no deja lugar a dudas: el abismo entre ricos y pobres es infranqueable, porque las riquezas en este mundo ciegan por completo. Es tanta la diferencia entre ricos y empobrecidos, que al pobre Jesús le concede un nombre. Este conservará siempre su dignidad de persona, mientras que el rico la ha dilapidado en sus banquetes insensatos. Ni Moisés, ni los profetas, ni siquiera un muerto resucitado podrán cambiar la altivez, la ceguera y la sordera de los ricos. En Lucas, la perspectiva de conversión de un potentado es casi inalcanzable.

Quien vive en la opulencia, se vuelve indiferente ante el sufrimiento ajeno, no es capaz de empatizar con los Lázaros que pueblan los barrios marginales.

Queridos hermanos en Cristo:

La parábola del rico epulón y Lázaro —que hoy nos propone la liturgia—lejos de ser una simple descripción del más allá, funciona como un diagnóstico espiritual de la humanidad de todos los tiempos, especialmente de una sociedad que frecuentemente prioriza el tener sobre el ser, el éxito sobre la compasión y la acumulación sobre el compartir.

Jesús no solo describe dos personajes, sino dos mundos enfrentados:

  • El rico (anonimizado por su falta de empatía) representa la autorreferencialidad del que se cree autosuficiente. Su lujo no es condenado en sí mismo, sino su incapacidad para ver al pobre a sus pies. Vestía de púrpura —color real— y celebraba banquetes diarios, símbolos de una vida centrada en el placer y el estatus.
  • Lázaro (cuyo nombre, “Dios ayuda”, ya es un mensaje) encarna a los invisibles de la historia: los que el sistema descarta. Su cuerpo cubierto de llagas y su dependencia de las migajas reflejan una humanidad herida que clama justicia.

Este relato evangélico nos confronta con una pregunta incómoda: ¿Cuántos Lázaros modernos yacen hoy frente a nuestras “puertas”? Migrantes, enfermos sin atención, ancianos abandonados, jóvenes sin oportunidades… Gente que, aunque visible, se vuelve “invisible” para una cultura del descarte.

La muerte en la parábola actúa como un juicio implacable:

  • Lázaro es “llevado por los ángeles al seno de Abraham”. Esta imagen, tomada de la tradición judía, subraya que Dios está del lado de los que el mundo ignora.
  • El rico, en cambio, desciende al Hades (lugar de tormento). No por ser rico, sino por haber construido su felicidad sobre el sufrimiento ajeno.

Jesús no condena la riqueza en sí —recordemos a José de Arimatea o Zaqueo—, sino su mala administración. Las posesiones son mediaciones para el amor, no fines en sí mismas. Como decía san Ambrosio: La riqueza no es un delito, pero sí lo es no compartirla con los necesitados”.

El rico, desde su tormento, pide que Lázaro advierta a sus hermanos. Abraham responde con una frase que resuena en nuestro presente: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen” (v. 29). Es decir, ya tenemos la Palabra de Dios, que nos grita una y otra vez: Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18) o Busquen el derecho, socorran al oprimido” (Is 1,17).

La advertencia es clara: ni los milagros más espectaculares —“si un muerto resucita”— convertirán a quien se niega a escuchar la voz de Dios en el gemido del pobre. El problema no es la falta de señales, sino la dureza del corazón.

El rico no era un explotador activo; su pecado fue la pasividad. El Papa Francisco en su Exhortación Apostólica  Evangelii Gaudium, nos alerta contra una economía que “mata” y una cultura del bienestar que nos anestesia ante el dolor ajeno.

Lázaro es figura de Cristo: Los Padres de la Iglesia vieron en Lázaro un icono de Jesús, que se identifica con los hambrientos, sedientos y desnudos (Mt 25). Al servir a los pobres, servimos al Señor.

Por eso la conversión debe ser urgente. La parábola no habla solo del más allá, sino del ahora. Es una llamada a revisar nuestro estilo de vida, nuestro consumo, nuestro uso del tiempo y los recursos.

San Juan Pablo II decía que la opción preferencial por los pobres es una cuestión de coherencia evangélica. Esta parábola nos impulsa a:

Salir de nuestra burbuja y contemplar las heridas de la humanidad.

A la luz del Evangelio, examinar nuestras prioridades, y compartir no solo lo que nos sobra, sino lo que somos.

Dios no condena la riqueza, sino su mal uso; no rechaza el goce legítimo, pero sí la frivolidad que ignora el dolor ajeno. Que esta Palabra nos sacuda y nos lleve a construir una sociedad donde ningún Lázaro quede fuera de la mesa, porque —como dice el Papa Francisco— “la solidaridad es el antídoto contra la indiferencia”.

Señor Jesús, que en Lázaro nos muestras el rostro de los excluidos:
Danos un corazón sensible para reconocerte en los pobres,
y valentía para convertir nuestra fe en gestos concretos de amor.
Que nuestra vida no termine en el egoísmo,
sino en la alegría del encuentro contigo.
Que María de la Caridad, nos ayude a acoger a todos con amor.

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