Queridos todos: La parábola que hemos escuchado la trae solamente el evangelio de San Lucas. Jesús se dirige a los fariseos como representantes de aquellos que aman el dinero, y que además pensaban justificarse ante Dios y los hombres mediante el cumplimiento estricto de la ley. Para la mentalidad judía, el rico merece la riqueza y el pobre merece la pobreza. Jesús echará por tierra esta falsa creencia.
La parábola tiene dos partes. En la primera se nos describe a los dos personajes, el rico y el pobre. El rico vive lujosamente y celebra grandes banquetes, mientras que el pobre pasa hambre y está enfermo. Para asombro, el pobre se llama Lázaro, nombre hebreo que significa “Dios ayuda”. ¿Que Dios ayuda? Se preguntaría uno viendo la situación del pobre Lázaro: leproso, hambriento, con sólo perros como amigos…Pero a la muerte de ambos, cambia totalmente su situación. Al pobre, los ángeles lo llevan al seno de Abraham, al lugar de los justos. El pobre encuentra, pues, un puesto de honor. Del rico se dice primeramente que murió y que fue sepultado. Esto quiere decir que la felicidad del rico se acabó, que las riquezas no le sirvieron para vencer su muerte, aunque su sepulcro fuera lujoso. Tal vez por esto se menciona el sepulcro del rico y no se menciona el del pobre.
En la segunda parte, se insiste en que las enseñanzas de la Biblia, de la que los fariseos eran considerados expertos, es el camino más seguro para la conversión. Pero el hombre rico fue sordo a sus enseñanzas. Su vida no estaba conectada con la Palabra de Dios. El versículo final expresa correctamente el centro del mensaje contenido en la parábola (Si no oyen a Moisés y a los profetas…). Incluso un milagro tan espectacular, como la resurrección de un muerto, es inútil cuando no se ha acogido en el corazón la Palabra de Dios.
Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.
El reproche que se hace al rico es el de no saber compartir lo que tiene con los necesitados. Ha perdido, incluso, una oportunidad de conversión por no haber escuchado a Moisés y los profetas, donde habría encontrado muchas llamadas a la solidaridad con los pobres. Su pecado consiste en haber hecho de las riquezas su “dios”.
No se habla en ningún momento de que el rico ha explotado al pobre o que lo ha maltratado o despreciado. Se diría que no ha hecho nada malo. Sin embargo, su vida entera es inhumana, pues solo vive para su propio bienestar. Su corazón es de piedra. Ignora totalmente al pobre. Lo tiene delante pero no lo ve. Está ahí mismo, enfermo, hambriento y abandonado, pero no es capaz de cruzar la puerta para hacerse cargo de él.
Una enseñanza para nosotros: Cada uno tendrá, después de su muerte, la suerte que cada uno se preparó en su vida. Si fuiste generoso o si fuiste egoísta. Si sembraste mangos, seguro que vas a recoger mangos, pero si sembraste marabú, recogerás mucho marabú.
La mala suerte que ha tenido el rico no se debe al hecho material de haber sido rico, sino porque no ha compartido lo suyo con el pobre que está muriendo de hambre junto a su puerta. Tampoco la buena suerte que ahora tiene el pobre se debe a su pobreza material, sino porque está abierto a Dios y espera la salvación de quien, como dice el Salmo de la Biblia, “hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos y sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados”.
Sepamos descubrir a los muchos Lázaros que caminan por nuestras calles o viven cerca de nosotros. Seamos personas generosas que sabemos compartir, o sea, partir con los necesitados lo mucho o poco que tengamos. Seamos la mano de Dios que se acerca a aquellos cuyo nombre significa “Dios ayuda”. Que Dios los ayude a través de nosotros. Seamos la mano amiga de Dios para con ellos.
Seamos valientes y no demos a los necesitados de lo que nos sobra. Hagamos la prueba y demos todo lo que tenemos, como aquella viuda que dio sus únicas dos monedas, o aquella otra viuda que compartió con el profeta Elías el único pan que le quedaba para ella y su hijo. Hagamos la prueba y descubriremos que Dios nos devolverá el doble de lo que dimos. Pienso que, seguramente, ya hemos tenido esa experiencia. Dimos y, en menos de nada, recibimos más de lo que dimos.
Seamos generosos y enseñemos a los demás a serlo, empezando por nuestros familiares, para que allí ellos y nosotros alcancemos la felicidad eterna que compartiremos con Dios y los muchos “Lázaros” que pudimos ayudar.
Recemos para que tanta gente buena que conocemos escuchen el llamado que Dios les está haciendo por medio de muchas personas a seguir sus enseñanzas.
