Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, el domingo XXVII del Tiempo Ordinario, 5 de octubre de 2025

Queridos todos: Es muy probable que ustedes hayan escuchado a alguien decir: “La fe que yo tengo es muy grande”. Y ojalá que eso sea verdad. También puede que nosotros digamos esa frase. Y ojalá también sea verdad. Hoy, sin embargo, los doce apóstoles de Jesús no hablan de tener una fe grande. Más bien, afirman que su fe es pequeña, y le piden al Señor: “Auméntanos la fe”. Es, tal vez, la oración que nosotros debemos hacer en este día: “Señor, que mi fe crezca”. Oración que cantábamos en el canto del comienzo: “Creo, Señor, pero aumenta mi fe”.

Es bueno precisar que tener fe no es creer que Dios existe. Eso también lo cree el demonio. Satanás sabe que Dios existe. Tener fe es creer que Dios me ama y responderle yo con el mismo amor. Y como se trata de amor, hay que afirmar que la fe crecerá poco a poco, como le pasa al amor. O también se perderá poco a poco, como también le pasa a todo amor. Eso mismo es lo que puede pasarle al amor entre los esposos: crecerá poco a poco o podría apagarse poco a poco.

Nuestra fe se debilita, no cuando dudamos en nuestra búsqueda y deseo de Dios, sino cuando nos apartamos de Él. Así dice San Agustín: “Cuando te apartas del fuego, el fuego sigue dando calor, pero tú te enfrías. Cuando te apartas de la luz, la luz sigue brillando, pero tú te cubres de sombras. Lo mismo ocurre cuando te apartas de Dios”.

Cuando uno vive con el deseo sincero de encontrar a ese Dios, cada oscuridad, cada duda o cada interrogante puede ser un punto de partida hacia algo más profundo, un paso más para abrirse al misterio.

Todo esto no es fácil de entender cuando vivimos en la corteza de nosotros mismos, atrapados por mil cosas y embotados para todo aquello que no sea llenar nuestros bolsillos y nuestras ambiciones.

Por eso nuestra fe crece, no cuando hablamos o discutimos de temas de religión, sino cuando sabemos limpiar nuestro corazón de tantas ataduras y hacer la oración de los discípulos: “Señor, auméntanos la fe”, una petición que puede parecer demasiado pobre, modesta y de poco prestigio, pero cuando oramos así, no estamos buscando más seguridad en nuestras convicciones creyentes sino un corazón más abierto a Dios.

El que busca sinceramente a Dios, se ve envuelto más de una vez en oscuridad, duda o inseguridad. Pero si busca a Dios, hay en él un deseo de creer que no queda destruido por la duda, el cansancio, la oscuridad ni el propio pecado.

También nosotros debemos gritar como los discípulos: “Auméntanos la fe”, porque necesitamos creer con más convicción, más realismo y más gozo. Necesitamos, sobre todo, creer que el evangelio tiene hoy para todos nosotros fuerza salvadora y liberadora, y nos puede ayudar a construir una sociedad más justa, más fraterna y, en definitiva, más humana.

 Los obispos cubanos escribimos un mensaje el 8 de septiembre del 2023 sobre la fe. En los párrafos finales de dicho mensaje dijimos lo siguiente:

“Al concluir nuestro mensaje, los obispos dirigimos nuestra oración agradecida a la Virgen María de la Caridad del Cobre. Ella ha sido, sin lugar a dudas, la madre de la fe de muchos cubanos. Ella sostuvo la fe y la esperanza de nuestros mambises, en aquellos tiempos difíciles de nuestra historia cuando luchaban por la independencia de la Patria. En los momentos en que manifestarse cristiano suponía riesgos y hostilidad para los discípulos de Cristo, Ella fortaleció la fe de los fieles y custodió en el silencio del corazón la fe de los débiles. No son pocos los que le han dirigido sus súplicas, cantos, flores, velas y lágrimas, en momentos de dolor o angustia, o para darle gracias por su intercesión ¡Cuántos de nosotros hemos llegado hasta Cristo porque la devoción a la Virgen de la Caridad nos condujo hasta Él!

La Biblia nos dice que, cuando María llegó a visitar a su pariente Isabel, ésta la saludó así: “Feliz tú, la que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 45). En ese bello saludo, María adquiere por así decirlo, un nombre nuevo y propio: la que has creído. Esto es, la mujer de la fe. Porque creyó al Ángel cuando éste le hizo la propuesta de acoger en su vientre bendito al Salvador (Lc 1, 26-39). Porque creyó en las bodas de Caná que Jesús podía darnos lo mejor (Jn 2, 1- 11). Porque creyó en el momento de la Cruz que su Hijo estaba salvando al mundo por el amor (Jn 19, 26-27). Porque creyó que, en medio de la Iglesia naciente, estaba presente y actuando el Espíritu de su Hijo Resucitado, y que éste se manifestaría a todas las naciones y que se harían discípulos en todas ellas (Hch 1, 14).

Que la Madre de la Caridad, mujer de fe sencilla, fuerte y perseverante, custodie la fe de este pueblo y nos indique siempre el camino para llegar a tu Hijo Jesucristo. Que se haga realidad en todos lo que decimos en la frase que repetimos muchas veces: “¡A JESÚS POR MARÍA, LA CARIDAD NOS UNE!”

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