“Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros” Lucas 17, 13
Los textos de la misa de este domingo nos ayudan a revisar nuestra disponibilidad para escuchar y acoger la palabra de Dios, obedecerle como palabras de vida, y también reconocer la acción de Dios en cada uno de nosotros agradecidos.
En la época de Jesús, la lepra era una enfermedad que no tenía remedio. Llevaba implacablemente a la muerte y como además era contagiosa, el leproso era considerado impuro. No podía estar en los pueblos con sus familiares, se les obligaba a permanecer apartados de la gente. Los leprosos solían andar por los cementerios y otros lugares desiertos hasta morir en completa soledad. Era la imagen del muerto en vida.
Y nos dice el Evangelio que Jesús iba hacia Jerusalén y pasaba por Samaria. Jesús va de camino y a la entrada de un pueblo se encuentra con la miseria humana, con los leprosos. Y ellos solo pueden gritar de lejos porque no les estaba permitido acercarse. “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. En ellos están representados todos los que sienten que si se quedan solos están perdidos y gritan a Jesús.
El Señor los escucha, los cura físicamente, tal como dice el Evangelio de Lucas, quedan purificados. Ya pueden volver a su familia, a sus esposas, a sus hijos. Pueden reintegrarse a la comunidad. Cuando los leprosos le piden a Jesús que tenga compasión, el Señor por toda respuesta les pide que vayan a ver a los sacerdotes.
En ese tiempo, según prescribía la ley, era el sacerdote el que garantizaba el que podía dar fe que una persona estaba curada y podía reintegrarse a la comunidad. Los leprosos se ponen en camino y la curación milagrosa se produce recién en el camino.
Reparemos que esa curación no se produce mientras están en contacto con Jesús. No es inmediata. Y cuando se produce se atribuye a otras causas. No están obligados a creer en Jesús, ni ser agradecidos con Él. Es así como muchas veces el Señor actúa también en nuestras vidas. No nos da lo que necesitamos tal como se lo pedimos, ni en el momento en que lo pedimos. Y nosotros como los nueve leprosos del Evangelio no sabemos reconocer de dónde nos viene la sanación.
No agradecemos al Señor, atribuimos la curación o la liberación a otras causas. Los nueve leprosos que no reconocieron que la curación les venía de Jesús, se llevaron la salud, sí, pero la salud corporal de ellos. San Lucas, no cuenta nada más. Lo más probable es que hayan visto al sacerdote, hayan vuelto a sus familias y llevaran su vida normal de siempre.
No volvieron a Jesús para agradecerle por su sanación. Ellos recibieron lo que pidieron y eso les bastó. ¿Somos nosotros así? Tuvieron la oportunidad de llevar otra vida, la vida verdadera de encontrarse de verdad con Cristo y no lo hicieron. Y dice el evangelista San Lucas que los nueve eran judíos, y a diferencia de aquellos nueve judíos, el evangelio resalta, destaca, la actitud del samaritano que regresa a agradecer al Señor y Jesús le dice, «Levántate y vete, tu fe te ha salvado”. El Señor no solo lo cura físicamente como a los otros nueve, Cristo le da a este samaritano la salvación total. Y no solo su piel volvió limpia o se volvió limpia, sino también su corazón se llenó de fe en Jesús.
Mis queridas hermanas y hermanos, aprendamos del samaritano, a ser agradecidos con Dios, a darle gracias, especialmente en cada Eucaristía. Pidámosle al Señor celebrar la Eucaristía dispuestos a glorificarle y tener el corazón repleto de gozo por las maravillas que Él obra en nosotros.
Que María de la Caridad nos enseña a ser más agradecidos con el Señor.
