Queridos hermanos en Cristo:
El relato de la curación de los diez leprosos que nos ofrece el evangelio de san Lucas constituye una de las páginas más conmovedoras y actuales del ministerio de Jesús. Este pasaje, situado en el viaje de Cristo hacia Jerusalén, nos revela dimensiones profundas de la fe, la misericordia divina y la respuesta humana que Dios espera de nosotros.
El escenario es profundamente significativo: Jesús pasa entre Samaria y Galilea, una tierra fronteriza que simboliza la inclusión de todos los pueblos en el plan salvífico de Dios. Los diez leprosos —probablemente una mezcla de judíos y samaritanos— representan a la humanidad herida y excluida. La ley judía los mantenía alejados de la comunidad, obligándoles a gritar «¡Impuro!» para alertar de su presencia. Su condición nos habla de todas las marginaciones que aún hoy persisten: enfermos desatendidos, pobres invisibilizados, personas descartadas por la sociedad.
Su grito —»¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»— contiene una profunda confesión de fe. Reconocen en Jesús no solo a un sanador, sino a un «Maestro» capaz de transformar su realidad. Es el grito que debe nacer de todo corazón que reconoce su necesidad de salvación. Como dice san Agustín: «Antes de la curación, viene el grito; no hay salvación sin reconocimiento de la propia miseria».
La respuesta de Jesús parece desconcertante: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Este mandamiento, tomado de la ley mosaica, exige de los leprosos un acto de fe extraordinario. Todavía estaban enfermos cuando emprendieron el camino. La curación llegó «mientras iban», como fruto de su obediencia. Aquí descubrimos una ley fundamental de la vida espiritual: Dios actúa cuando nosotros damos el primer paso en la fe.
Esta obediencia confiada nos interpela directamente. ¿Cuántas veces esperamos ver el resultado antes de comprometernos? ¿En cuántas ocasiones dudamos en hacer lo que Dios nos pide porque no vemos garantías inmediatas? Los leprosos nos enseñan que la fe verdadera se manifiesta en la acción, incluso cuando todo parece indicar que no hay salida humana.
El texto nos dice que «uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró rostro en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias». El evangelista especifica cuidadosamente que era un samaritano, un extranjero despreciado por los judíos. Este detalle es crucial: quienes se consideraban «dentro» del pueblo elegido no regresaron, mientras que el «excluido» se convierte en modelo de la verdadera actitud creyente.
Su acción contiene cuatro movimientos que definen la auténtica gratitud cristiana:
- Ver: Reconoce el don recibido («al verse curado»)
- Volver: Retorna al dador de todo bien
- Alabar: Glorifica a Dios con acción de gracias
- Postrarse: Se humilla ante la fuente de la misericordia
Jesús formula tres preguntas que resuenan a través de los siglos: «¿No han quedado limpios los diez? ¿Los otros nueve dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?» Estas interrogantes revelan el dolor divino ante la ingratitud humana. Dios nos ha creado libres, y sufre cuando usamos su libertad para olvidarlo después de recibir sus dones.
Los nueve que no regresan representan a quienes reciben los beneficios de Dios —la vida, la salud, los talentos— pero no reconocen al dador. Viven como si fueran dueños de lo que solo han recibido en administración. El samaritano, en cambio, comprende que todo es gracia, y por eso su curación se convierte en un encuentro salvífico.
Jesús concluye: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado». Notablemente, a los nueve les había dicho «quedaron limpios», pero al samaritano le dice «tu fe te ha salvado». La diferencia es crucial: mientras los primeros recibieron solo la curación física, el samaritano alcanzó la salvación integral —física y espiritual— porque supo convertir el milagro en un encuentro personal con el Salvador.
San Juan Pablo II comentaba: «La gratitud es la memoria del corazón». El samaritano no solo recordó el beneficio, sino que recordó al bienhechor, y en ese acto de memoria agradecida encontró la plenitud de la salvación.
Al meditar este pasaje, pidamos la gracia de:
- Saber gritar como los leprosos, reconociendo nuestras necesidades ante Dios
- Obedecer con fe incluso cuando no vemos resultados inmediatos
- Volver siempre agradecidos, convirtiendo cada don recibido en oportunidad de encuentro con el Dador
Que María, la Mujer Eucarística que siempre magnifica al Señor, nos enseñe a vivir en permanente acción de gracias, descubriendo que la verdadera plenitud no está en los dones recibidos, sino en la relación transformadora con quien nos los regala.
