“Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” Lucas 18, 8
Mis queridas hermanas y hermanos,
Hoy en toda la iglesia celebramos el Domingo Mundial de las Misiones, que nos recuerda que cada bautizado, cada uno de nosotros, tiene la misión de anunciar el evangelio. Esa es la razón de nuestra existencia.
Las primeras comunidades que, con muchas dificultades, fueron capaces de difundir el evangelio en todo el mundo, lo hicieron con su testimonio de vida y con el anuncio que Jesús resucitado es el Salvador. Esta misión la hacemos con la alegría que nace de la entrega de la propia vida por Jesús y por supuesto de su evangelio. Y esa misma entrega aquí y ahora nos ha de llevar a redescubrir la alegría de creer y orar por lo que profesamos.
Las lecturas de la misa de hoy están referidas a la necesidad que tenemos todos de ser perseverantes en la oración. Dan un valor extraordinario a la oración como elemento constitutivo de la fe activa y fundamento del progreso espiritual, y de toda victoria en nuestras luchas diarias. Hay que orar para recibir, pero también hay que orar para dar según el don recibido.
El don de Dios estará acompañado por la acción del hombre basada en el don mismo. La victoria es de Dios, pero no sin que el hombre ponga los medios para la acción divina y eficaz. Sin la espada de Josué no hubiese habido victoria, como escuchamos en la primera lectura, pero la sola espada sin la intervención de Dios hubiese terminado en derrota.
Sin el esfuerzo de Timoteo por ser primeramente buen judío y luego buen discípulo de Pablo, Dios no hubiese podido dotarle para llevarle para llevar a cabo la misión de animador de aquella comunidad de Éfeso.
El evangelio que acabo de proclamar, en él se nos pone de manifiesto como ejemplo una situación humana, y hace la comparación si una persona es capaz de ceder ante la insistencia de quien le pide algo, aunque sea por una cuestión de obstinación y cansancio. ¿Qué no hará Dios que además es bueno y nos ama?
Algunas veces nos desilusionamos y decimos que Dios no oye nuestras oraciones, y esto no es así. En numerosas oportunidades pedimos cosas que no nos convienen o manifestamos deseos que son contrarios al amor. Y Dios siempre actúa con justicia y de acuerdo con su voluntad.
Debemos orar sin desanimarnos y con constancia, y nunca dejar de tener presente que es necesario mirar las cosas desde la óptica de Dios. Dios nos ama, nos escucha y quiere nuestro bien. Hace falta que sintonicemos adecuadamente con Él para encontrar el sentido de nuestra vida.
En la primera lectura que está tomada del libro del Éxodo, vemos a Moisés orando con los brazos levantados, con tal constancia, que Aarón y Hur le sostenían los brazos levantados uno a cada lado. No debemos cansarnos de orar, no debemos cansarnos de pedir a quienes nos rodean, que nos ayuden a seguir rezando.
La idea central de la parábola del Evangelio que hemos proclamado nos muestra a dos personajes, entre los que existe un fuerte contraste. Por un lado, está el juez que ni tenía temor de Dios ni respetaba hombre alguno. Por otro lado, se nos presenta una viuda que es símbolo de una persona indefensa y desamparada. Y a la insistencia y perseverancia de esta mujer, que acude con frecuencia al juez para plantearle su petición, se opone la resistencia de este hombre. Y el final inesperado sucede después de un continuo ir y venir de la viuda y de las continuas negativas del juez.
Así que, nuestra oración sea perseverante como la de esta mujer. Una oración confiada sin que nos cansemos. Perseverar en la oración es el punto de partida para alcanzar la paz, la alegría y cumplir nuestra tarea misionera con la confianza de que nada puede contra una oración perseverante.
Pidámosle hoy al Señor por intercesión de la Virgen María de la Caridad, que nos conceda la gracia de orar con fe y confianza, y también hoy hagamos una oración especial por nuestra misión en Cuba, y también la misión de la iglesia en todo el mundo.
Que así sea.
