Queridos hijos e hijas de esta amada diócesis de Pinar del Río, soy Mons. Juan de Dios, su obispo y amigo.
El pasaje de Lucas 18, 1-8, que contemplamos hoy, nos presenta una de las parábolas más significativas sobre la perseverancia en la oración. En un mundo caracterizado por la inmediatez y el pragmatismo, la enseñanza de Jesús sobre la viuda persistente y el juez injusto nos revela el misterio de una oración que transforma realidades y sostiene la esperanza en medio de las pruebas.
El evangelista Lucas introduce explícitamente el objetivo de esta enseñanza: «Es necesario orar siempre sin desfallecer». Esta frase inicial establece no solo un consejo piadoso, sino una necesidad espiritual fundamental. La palabra «siempre» no se refiere a una oración verbal continua, sino a una actitud constante de apertura a Dios, una disposición del corazón que permanece en su presencia a través de todas las circunstancias de la vida.
Esta introducción refleja la preocupación pastoral de Lucas por comunidades cristianas que, hacia finales del siglo I, comenzaban a experimentar el cansancio en la espera de la segunda venida del Señor. El peligro del desaliento espiritual sigue siendo actual: ¿cuántos de nosotros hemos experimentado la tentación de abandonar la oración cuando parece que Dios no responde? ¿Cuántas veces hemos sentido que nuestras súplicas chocan contra el silencio del cielo?
Jesús construye su relato alrededor de dos figuras contrastantes:
- El juez injusto: Hombre que «no temía a Dios ni le importaban los hombres». Representa la antítesis misma de Dios: la impiedad unida a la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno.
- La viuda persistente: En la sociedad bíblica, las viudas simbolizaban a los más vulnerables. Carecían de protector legal y dependían de la justicia de los jueces para sobrevivir.
La viuda encarna la fe audaz que no se rinde. Su perseverancia no es pasiva resignación, sino lucha activa por la justicia. El uso del verbo «molestar», sugiere una insistencia que raya en la importunidad. Ella no acepta un «no» como respuesta, porque su causa es justa y su necesidad, vital.
El juez, movido finalmente no por la compasión sino por el fastidio, accede a hacerle justicia «para que no venga continuamente a importunarme». San Agustín veía en esta actitud un reflejo invertido de cómo Dios actúa: «Si un juez injusto cede ante la persistencia, ¿cuánto más Dios, que es la misma Justicia y el mismo Amor?»
Sin embargo, hay aquí un matiz crucial: Dios no es un juez distante al que hay que convencer con ruegos repetitivos. Como explica el Catecismo de la Iglesia Católica, «la oración de fe no consiste tanto en ‘decir’ muchas palabras, sino en ‘abandonarse’ en la voluntad amorosa del Padre». La perseverancia no busca cambiar la mente de Dios, sino transformar nuestro corazón para acoger su voluntad salvadora.
La justicia que Dios ofrece supera toda expectativa humana. No se limita a solucionar problemas temporales, sino que nos concede la salvación eterna, la fortaleza en la prueba y la paz que supera todo entendimiento (Fil 4,7).
El pasaje concluye con una interrogante desconcertante: «Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» Esta pregunta conecta la perseverancia en la oración con la perseverancia en la fe. La verdadera oración es expresión de fe viva, y la fe auténtica se alimenta de la oración constante.
En el contexto original, esta pregunta refleja la preocupación por la crisis de fe que acompañaría los últimos tiempos. Hoy, nos interpela directamente: ¿mantendremos viva la llama de la fe en medio de un mundo secularizado? ¿Seremos capaces de confiar cuando no comprendemos, de esperar cuando todo parece perdido, de amar cuando el odio se presenta como solución?
La parábola de la viuda persistente ilumina múltiples aspectos de nuestra vida cristiana. Ella nos enseña a orar con confianza filial, sabiendo que nuestro Padre conoce nuestras necesidades y responde siempre, aunque no como nosotros esperamos.
Como Iglesia, estamos llamados a ser esa «viuda persistente» que clama por justicia, paz y reconciliación en el mundo. La viuda no se conforma con su situación; lucha por transformarla. Nuestra oración debe impulsarnos a trabajar por un mundo más justo.
En una cultura del descarte y el inmediatismo, la perseverancia se convierte en testimonio profético de que otro mundo es posible.
La historia de la Iglesia está llena de ejemplos que encarnan esta enseñanza:
- Santa Mónica, que oró durante treinta años por la conversión de su hijo Agustín.
- San Patricio, que perseveró contra toda esperanza en la evangelización de Irlanda.
- La Beata Teresa de Calcuta, que supo mantener viva la llama de la fe en medio de la «noche oscura».
Estos testigos nos recuerdan que la oración perseverante no es monólogo repetitivo, sino diálogo transformador que nos configura con Cristo y nos hace instrumentos de su amor en el mundo.
Señor Jesús, maestro de oración: Enséñanos a clamar a ti con la perseverancia de la viuda, la confianza del hijo que sabe ser amado, y la paciencia del agricultor que espera el fruto. Que nuestra oración no sea grito de desesperación, sino canto de esperanza en tu fidelidad.
Que María, la orante perfecta que «guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón», nos enseñe a permanecer en la presencia de Dios con la confianza de hijos amados.
