Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, el XXX domingo del Tiempo Ordinario, 26 de octubre de 2025

Amables oyentes: Creo conveniente explicar algunos detalles que nos servirán para entender mejor la lectura escuchada.

En primer lugar, no olvidar que Jesús les está hablando a personas “que se tenían por justos y despreciaban a los demás”. O lo que es lo mismo: personas que se creían buenas y pensaban que los demás eran malos. Que Dios estaba contento con ellos por lo que hacían en su vida. Jesús los va a enfrentar a una realidad que él mismo resume en la frase “todo el que se engrandece a sí mismo será humillado”.

En segundo lugar, Jesús dirá una parábola. No olvidemos que toda parábola es una narración inventada o tomada de algo sucedido. Era una técnica usada por los maestros de entonces para ayudar, con la memoria, a aprender valores y virtudes.

En tercer lugar, Jesús menciona a dos personas que pertenecen a dos grupos religiosos distintos: fariseos y publicanos. Expliquemos ambos: Los fariseos eran una secta religiosa muy rígida en el cumplimiento de sus enseñanzas. Los historiadores señalan que probablemente esta secta surgió a principios del siglo II antes de Cristo. Eran, por lo general, judíos corrientes, no sacerdotes, que se atenían estrictamente a la ley judía. Exigían tanto el cumplimiento de la ley que ésta se hizo difícil de cumplir. La prohibición de trabajar en día sábado es un ejemplo típico. Los fariseos consideraban “trabajo” caminar más de un kilómetro, cargar cualquier clase de peso, y hasta encender la cocina en el hogar. La gente llegaba a perder el espíritu que animaban las leyes religiosas. Pero el motivo era bueno, porque los fariseos creían que, observando sus reglas, había menos peligros de desobedecer a la verdadera ley de Dios. Muchos fariseos eran personas excelentes. Sin embargo, tendían a despreciar a los que no observaban sus leyes. Y se referían a ellos como “pecadores”. Jesús atacó frecuentemente a los fariseos. Condenó su vanagloria y legalismo. No olvidemos que Nicodemo, que era seguidor secreto de Jesús, era fariseo. Y también lo era Pablo.

Hablemos ahora de los publicanos. La palabra publicano significa «recaudador de impuestos». Un publicano tenía el trabajo de cobrar impuestos. En la Biblia, los publicanos eran judíos que trabajaban para el odiado gobierno romano cobrando impuestos a los ciudadanos judíos.

Los publicanos eran despreciados por la gente. Un gobierno invasor empleaba a los ciudadanos de la nación conquistada para hacer su trabajo sucio. Para convencer a los hombres a traicionar a sus compatriotas, los funcionarios prometían bonificaciones generosas a los publicanos y les permitían extorsionar tanto dinero del ciudadano como pudieran obtener. Debido a la corrupción inherente en el sistema y la colaboración con el enemigo, es fácil entender por qué los publicanos eran despreciados como traidores a su propia nación. Solo podían encontrar compañía entre otros publicanos o dentro del elemento criminal, por lo que la asociación con un publicano generaba automáticamente sospechas sobre la reputación de una persona.

El contacto de Jesús con los publicanos es una de las razones por las que los judíos encontraban a Jesús tan escandaloso. Uno de los primeros hombres a los que llamó como discípulo fue un hombre llamado Mateo, que era un publicano. Mientras Jesús viajaba por Jericó, causó otro revuelo al buscar a un publicano llamado Zaqueo. De nuevo, la gente murmuraba que Jesús estaba rompiendo el protocolo al entrar en la casa de un publicano.

El llamado de Jesús a Mateo (quien más tarde escribió el evangelio con su nombre) y la invitación que se hizo a visitar el hogar de Zaqueo, demuestra que el Hijo de Dios había venido para todos los pecadores. Nadie estaba tan perdido que la gracia de Dios no pudiera alcanzarlo. Se suponía que los recaudadores de impuestos estaban más allá de toda esperanza y, por lo tanto, no eran dignos de perdón. Pero Jesús pasó tres años desbaratando esas rígidas opiniones religiosas.

Y ahora, conociendo los detalles que caracterizan a publicanos y fariseos comentemos la lectura escuchada para lo que nos ayudará lo escrito por el Padre José Antonio Pagola.

“La parábola de Jesús es conocida. Un fariseo y un recaudador de impuestos suben al templo a orar. Los dos comienzan su oración con la misma invocación: Oh Dios. Sin embargo, el contenido de su oración y, sobre todo, su manera de vivir ante ese Dios es muy diferente.

Desde el comienzo, Lucas nos ofrece su clave de lectura. Según él, Jesús pronunció esta parábola pensando en esas personas que, convencidas de ser justas, dan por descontado que su vida agrada a Dios y se pasan los días condenando a los demás.

El fariseo ora «de pie». Se siente seguro ante Dios. Cumple todo lo que pide la ley de Moisés y más. Todo lo hace bien. Le habla a Dios de sus «ayunos» y del pago de los «diezmos», pero no le dice nada de sus obras de caridad y de su compasión hacia los últimos. Le basta su vida religiosa.

Este hombre vive envuelto en la «ilusión de inocencia total»: yo no soy como los demás. Desde su vida «santa» no puede evitar sentirse superior a quienes no pueden presentarse ante Dios con los mismos méritos.

El publicano, por su parte, entra en el templo, pero se queda atrás. No merece estar en aquel lugar sagrado entre personas tan religiosas. No se atreve a levantar los ojos al cielo hacia ese Dios grande e insondable. Se golpea el pecho, pues siente de verdad su pecado y mediocridad.

Examina su vida y no encuentra nada grato que ofrecer a Dios. Tampoco se atreve a prometerle nada para el futuro. Sabe que su vida no cambiará mucho. A lo único que se puede agarrar es a la misericordia de Dios repitiendo varias veces: Oh Dios, ten compasión de este pecador.

La conclusión de Jesús es novedosa. El publicano no ha podido presentar a Dios ningún mérito, pero ha hecho lo más importante: acogerse a su misericordia. Vuelve a casa trasformado, bendecido, «justificado» por Dios. El fariseo, por el contrario, ha decepcionado a Dios. Sale del templo como entró: sin conocer la mirada compasiva de Dios.

A veces, los cristianos pensamos que «no somos como los demás». La Iglesia es santa y el mundo vive en pecado. ¿Seguiremos alimentando nuestra ilusión de inocencia y la condena a los demás, olvidando la compasión de Dios hacia todos sus hijos e hijas?”

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