“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Marcos 15, 34
Hermanos,
Como dije al principio, hoy oficiamos esta misa entre tantas peticiones que tenemos y acción de gracias que tenemos por nuestros difuntos. Creo que es ser justos y agradecidos, y toda persona humana debe ser agradecida, porque en primer lugar, lo primero que tenemos que agradecer es la vida que hemos recibido. Nosotros tenemos que fijarnos por aquellos que nos han dado esta vida nuestra, que han servido a Dios para que nosotros estemos presentes aquí en este mundo. El Señor escogió a los nuestros padres para que precisamente ellos nos trajeran al mundo. Somos criaturas de Dios, hemos venido al mundo a través del amor de nuestros padres, a través de un hombre y de una mujer que nos dieron la vida.
Y así hablamos entonces de nuestros familiares, de nuestros amigos, de las relaciones que tenemos. Y pedimos por todos en el tiempo, pedimos por los que sufren, por los que necesitan, ¿cómo nos vamos a pedir por aquellos que ya han partido a la casa del Padre? Pero que todavía están esperando reconciliarse internamente con Dios, reconociendo sus pecados, pidiendo perdón y purificándose interiormente para que nada nuble ese encuentro definitivo con Él.
Eso es lo que nos dice la palabra de Dios, la Biblia, sobre todo en los libros deuterocanónicos, en los cuales se nos habla y se nos aconseja de orar por todos nuestros familiares y amigos difuntos. Y eso es lo que la iglesia hace y es lo que estamos haciendo nosotros hoy.
Las lecturas de hoy nos llevan a reflexionar del amor de Dios y que dice que Dios no nos abandona. Que Dios nos ha dado la vida, que Él es un Dios de vida, no un Dios de muerte. Y que precisamente la vida que Él regala no quiere que el hombre la enturbie con nuestras acciones, nuestras malas acciones. Pero a pesar de eso el Señor quiere todavía más y se ofrece la cruz para salvarnos.
Por eso estamos ofreciendo el sacrificio de la misa para ofrecerle a Dios Padre, al mismo Cristo, diciendo por el sacrificio de Cristo en la cruz y su resurrección haz que nuestros difuntos que han alcanzado tu salvación estén junto a ti en la gloria. Eso es lo que estamos pidiendo. Y además que a nosotros nos dé la gracia de algún día, cuando nos toque partir a la casa del Padre, también estemos reconciliados con Dios. Siempre pedimos por los difuntos, pero también tenemos que pedir por nosotros mismos, pidiéndole a Dios que el día que nos llegue el encuentro del Padre, nosotros estemos interiormente dispuestos para encontrarnos con Él.
Las lecturas de hoy, en el evangelio es clara aquella profesión que hace que el soldado “verdaderamente este en el hijo de Dios”. Nos lo dice claro. Además, de ahí en adelante, se habla de la resurrección de Cristo y el mismo Cristo nos dice, «Yo he preparado una morada para ustedes.» Eso es lo que estamos nosotros rezando, hermanos. Ayer el día de todos los santos. ¿Quiénes son los santos? los santos son aquellos que ya están junto al Señor. Los más destacados, vamos a llamarle así, los que conocemos mejor sus acciones, su palabra, nosotros los llevamos a los altares. Entonces encontramos la imagen de la Virgen de la caridad, aquella sin pecado que está junto a su hijo Jesús en la gloria. Vemos a San José, en los nacimientos, la Sagrada Familia, vemos a Pedro, vemos a Pablo, San Francisco, Santo Tomás, Santa Teresa de Jesús, esos santos, esos hombres y mujeres de vamos a darle ese título. Es decir, aquellos que dieron todo lo de sí por encontrarse y para para aparecerse más a Dios.
Hay santos muy antiguos como San José, como la Virgen, como San Pedro, como San Pablo, como hemos dicho, pero hay más recientes. Está San Juan Bosco, por ejemplo, la Madre Teresa de Calcuta. Hace poco fueron canonizados dos jóvenes italianos, uno de veinte tantos años y otro jovencito, un adolescente, Carlos Acutis y Frassati el otro. Vemos que en todas las épocas ha habido esos frutos de santidad.
Ahora, ¿son ellos son los únicos que están junto a Dios? No. Tenemos la esperanza aquella de que nos dice el libro del Apocalipsis que cuando aquel vidente, el Señor le muestra la gloria, él dice que ve una multitud ingente de blancas vestiduras. Y dice, «Esos son los que ya han sido bañados por la sangre del cordero. Ya están santificados junto a Dios”. Son esos. ¿Por qué? Porque hay más santos de lo que nosotros creemos. Lo que pasa que conocemos a algunos, pero toda aquella persona que muere con la gracia de Dios, arrepentido de corazón, esa persona ya está en la gloria junto a Dios. Ya está, está junto a Él. Son santos.
Son aquellos que están unidos íntimamente a Dios. Y hay muchos santos que nosotros no conocemos. Y muchos más todavía que no están en los altares. Aquel que pasa por la vida haciendo el bien, un santo. Aquella persona que vive al lado de nuestra casa y pasa por la vida haciendo el bien, un santo. Aquella gente que entrega su vida por una causa noble, justa, una causa que no daña a nadie, sino que al contrario nos eleva hacia Dios y hacia el bien, y hacia los demás, un santo. Aquellos que tienen una fe firme sabiendo que el Señor Jesús es nuestro Salvador y que quiere vivir en consecuencia como como hijo de Dios, son santos. Estamos rodeados de más santos de lo que nosotros creemos.
¿Qué es lo que nos toca los nosotros? A nosotros nos toca vivir entonces de tal manera que cuando nos llegue, nos toque ese momento de encontrarnos con Dios, también nosotros presentarnos a Él con un corazón puro, arrepentido, confiando en el Señor. “Señor, tú sabes que tú me buscas y me perdonas donde quiera que esté”. Vamos a rezar por eso hoy.
Que el Señor nos ayude, hermano, a ser fieles al Señor de siempre. para que nosotros también podamos en nuestra vida vivir como santos confiando siempre en Dios.
Hermanos, yo quiero decirle que lo que pasamos días atrás por el ciclón ha sido verdaderamente trágico. Mucho sufrimiento ha dejado. El momento del paso del ciclón muy difícil, con una impotencia grande ante la fuerza de la naturaleza. Unos más con más seguridad, otros con menos, pero todos inquietos. Deseando que pasara el tiempo, el viento y el tiempo, pero duró mucho.
No quiero repetir lo que ya ustedes conocen por las redes. Pero sí que les pido que recen por este pueblo, recen por este pueblo. Porque este pueblo enfrentó el ciclón. He visto muchos gestos, muchos gestos de humanidad y de misericordia acogiendo los vecinos, los familiares unos a otros, los he visto.
He visto también una tristeza. Y un sentirse como aplastado pensando en el futuro. ¿Y qué será de nosotros? Hermanos, necesitamos la fe. Nosotros necesitamos esa fe firme en el Señor que nos dice que Él está con nosotros. Que nos dice que este mundo es transitorio.
Un tema que lo repito mucho porque muchas veces vivimos en una realidad muy particular en que nuestras cosas si no están resueltas, están casi resueltas. Y no nos damos cuenta de que todo esto que nosotros tenemos puede pasar, y pasa. Pero lo que no pasa es Dios. No pasa Cristo resucitado. No pasa la promesa de Cristo que nos dice de que Él escucha nuestra oración, y quiere que nosotros estemos junto a Él en la gloria. Y nosotros necesitamos de ese de esa fe grande que este pueblo debe tener. Si no, ¿en quién va a confiar? No preguntará, ¿en quién hemos puesto nuestra esperanza?
Y cuando vemos que aún en las cosas materiales, muchas de las promesas que tenemos arriba, que nos han dicho, que creímos un día, pasan, pasan. Pero la promesa de Dios de que somos hijos de Él, que Él es nuestro Padre, que Él nos perdona, que Él nos quiere y que nos espera en la gloria, eso no pasa.
Y tenemos que luchar aquí en la tierra para conservar y conseguir todos aquellos bienes que Dios ha creado para todos y utilizarlos con justicia, respetando a cada persona, pero darnos cuenta de que todo pasa, lo que no pasa es Dios y su promesa. Ustedes están llamados a vivir eternamente junto a Él.
Vamos a pedirle su gracia, la inteligencia, la sabiduría. Más que inteligencia, la sabiduría para darnos cuenta de esta realidad. Que muchas veces somos muy inteligentes y nos dejamos llevar por las apariencias y nos preocupamos solamente de lo que tenemos aquí o de un pedacito de la verdad. No, hermanos, la verdad es Cristo. Y Él es el que le da sentido a todo esto, sino qué sentido tuviera la vida en medio de todos estos desastres. ¿Qué sentido?
Que Dios nos ayude, hermanos, a descubrir al Señor y unirnos a Él íntimamente. Yo la verdad que en este momento estoy recordando los rostros, las situaciones que hemos vivido en estos días. Pido para ellos la misericordia de Dios, pero también pido la fortaleza de levantarnos.
En medio de estas de este pase que he ido por las comunidades, me ha llamado la atención entre las lomas del Cobre, un espectáculo que no había visto. Puedo decirle que el 95%, si no el 100 por ciento de las palmas, las palmeras de este valle del Cobre, perdieron todas sus hojas, todas. Es triste ver un palmar sin hojas verdes, sin pencas. Lo único que queda es el tronco de la palma altivo, alto, muy grande, alto. Y arriba, como si fuera una llamita, lo que nosotros en Cuba le llamamos el cogoyo. Y la última penca al salir que es amarillita.
Entonces, parecía como si fuera una antorcha, como las velas esas. El tronco de la palma blanco y ahí arriba el cogollo con la penca, uno o dos pencas que son las que están naciendo amarillitas, altas. Esas que el viento no las viró. Estaban bien prendidas al tronco, a la raíz, como tenemos que hacer nosotros prendernos a Cristo.
Y yo miraba y la verdad que me en ese momento me vino una reflexión. Y la reflexión que me vino es que, en medio de la destrucción, la vida y el deseo de vivir está presente. Y eso está sembrado ahí por Dios, en la naturaleza y en nosotros. Nosotros, los hombres y mujeres, estamos creados a imagen y semejanza de Dios. Es decir, siempre tenemos aquella fuerza de levantarnos para buscar la vida. Me pareció como un símbolo de algo que la fuerza naturaleza había destruido, pero sin embargo quedaba la vitalidad de un nuevo nacimiento. y dije, «Esa es nuestra vida”.
Siempre tenemos posibilidad de levantarnos y seguir. Estoy seguro que el año que viene, cuando venga para esta fecha por aquí, ya cada una de esas palmas tendrá nuevas pencas y nuevos retoños. Y eso es lo que el Señor quiere.
Y lo más curioso es que muchas de esas palmas no sé si ustedes la conocen bien, tienen unos racimos de palmiches enormes que todavía están prendidos al tronco. Esa es la capacidad de regenerar. Esa es la capacidad de dar vida. Cada una de esas semillas es una nueva palma.
Entonces, nosotros, hermanos, esa mi reflexión.
A mí me ha hecho meditar en estos días eso. Seamos como esas palmas que el viento y la vida sacuden, mueven y casi destruyen, pero que todavía tiene el símbolo de vida arriba. Hermanos, y ese es Cristo. Ese es Cristo que nos da esa fuerza con la savia a las palmas, y a nosotros con la vida en Cristo, que nos lo da en la eucaristía y nos lo da en su palabra.
Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así. Que el Señor nos acompañe a todos. Amén.
