Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, el XXXI domingo del Tiempo Ordinario y Conmemoración de los Fieles Difuntos, 2 de noviembre de 2025

Hoy, domingo 2 de noviembre, la Iglesia celebra la Conmemoración de todos los fieles difuntos mientras que ayer sábado, día 1 de noviembre, nuestra Iglesia celebró la Solemnidad de todos los santos. Quiero, entonces, aprovechar esta oportunidad para hablarles de estas dos celebraciones importantes.

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Queridos todos: La Iglesia tiene un catálogo con los nombres de todos aquellos hombres y mujeres que, en sus vidas, alcanzaron la santidad y que son llamados dichosos por Dios porque amaron de una manera extraordinaria. Si abrimos ese catálogo veremos que en él hay hombres y mujeres. Que hay santos que fueron Papas (como San Juan XXIII y San Pío X), sacerdotes (como San Juan Bosco), diáconos (como San Esteban y San Francisco de Asís), monjas (como Santa Clara) y obispos (como San Antonio María Claret). Que hay santos que murieron muy jóvenes como Santo Domingo Savio, Santa Inés, Santa Laura Vicuña y Santa María Goretti, y santos ancianos como la Madre Teresa de Calcuta. Que hay santos que fueron casados (como el apóstol Pedro), santos que fueron solteros (como el apóstol Juan), que fueron viudos (como Santa Rita de Casia) y matrimonios en los que los dos, marido y mujer, han sido declarados santos (como los padres de Santa Teresita del Niño Jesús). Que hay santos que murieron mártires (como San Ignacio de Antioquía y Monseñor Oscar Arnulfo Romero) y otros que murieron de muerte natural (como el Papa San Juan Pablo II). Que hay santos que fueron políticos (como Santo Tomás Moro), que fueron médicos (como San Lucas), que fueron amas de casa (como Santa Mónica). Que hay santos negros (como el ugandés San Carlos Lwanga) y santos mulatos (como San Martín de Porres). Que hay santos enfermeros (como el Padre Olallo), santos Ministros de la Comunión (como San Tarsicio), y santos que antes habían perseguido ferozmente a la Iglesia (como San Pablo). Que hay santos desde pequeños y por toda la vida, y santos que alcanzaron la santidad en el último momento de sus vidas como el buen ladrón crucificado al lado de Jesús (Lc. 23, 43). Y hay también muchos, muchísimos santos cuyos nombres no conocemos.

Pero la Iglesia es la primera en reconocer que en el catálogo mencionado es imposible tenerlos a todos. Nosotros seguramente hemos conocido personas extraordinarias, serviciales, buenas, que vivieron para los demás y de las que estamos seguros que, al morir, Dios las recibió en su Reino. Por eso la Iglesia celebra una fiesta el 1 de noviembre de cada año. Es la fiesta que se dedica a todos los santos, los conocidos y los desconocidos. Ese día se veneran los santos anónimos, los santos del pueblo. Es una fiesta que se parece a los monumentos “Al Soldado Desconocido” que hay en muchos países, como en el Casino Campestre de nuestra ciudad, con los que se rinde homenaje a tantos que lucharon junto a los muy conocidos Agramonte, Céspedes, Maceo, etc., pero que la historia no recogió los nombres de todos.

Puede que ustedes se pregunten: La santidad ¿es algo para personas cualificadas, sabias, inteligentes? ¿Yo podría alcanzar la santidad? ¿Dios me podría llamar un día a mí “dichoso”? Comienzo por decirles que todos estamos llamados a ser santos. La Biblia nos dice en el libro del Levítico (11, 44): “Sean santos como Dios es Santo”. Por su parte, Jesucristo nos pide en el evangelio (Mt. 5, 48): “Sean perfectos como su Padre del cielo es perfecto”. Por tanto, la llamada a la santidad no es un privilegio al que sólo pueden aspirar algunos cristianos. A veces pensamos que para ser santos “hay que nacer santos”, y olvidamos que los santos fueron personas de carne y hueso como nosotros. Tuvieron fecha de nacimiento y de muerte. Los santos son esa multitud innumerable de hombres y mujeres, de toda raza, edad y condición, que se desvivieron por los demás, que vencieron el egoísmo, que perdonaron siempre, que amaron a Dios por encima de todo.

El Papa Benedicto XVI dijo: “Los santos no son personas que nunca han cometido errores o pecados, sino que se arrepienten y se reconcilian. Y esta constatación es un motivo de consuelo personal, pues vemos que los santos “no han caído del cielo”. Son hombres como nosotros, con problemas complicados. La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar y, sobre todo, con la capacidad de reconciliación y de perdón. Y todos podemos aprender este camino de santidad”.

El que seamos santos no es sólo un deseo de Dios sino también de todos los que nos rodean. Cuando nuestros vecinos nos ven haciendo o diciendo algo que consideran no es propio de una persona creyente, van a decir una frase que conocemos: “Y eso que va a la Iglesia”. Y es que un mal olor es percibido enseguida pero también el perfume. El mal es contagioso pero el bien también. Las malas palabras se pegan, pero igual las palabras de bien. Los malos ejemplos arrastran, pero los buenos ejemplos cautivan. ¡Qué bueno sería que supiéramos rodearnos de personas que nos hagan crecer en santidad!

¡Cuánto sufre, por ejemplo, la familia de un alcohólico! ¡Cuánto se sufre en un centro de trabajo, en una comunidad, con un trabajador conflictivo, enredador, chismoso, metecuentos! ¡Cuánto sufren los hijos de un padre violento, dictador, mujeriego! Y, al contrario, ¡cuánta alegría inunda a los familiares de un pecador que se arrepiente y decide cambiar! Por eso Jesucristo le dijo al pecador Zaqueo, ya convertido: “Hoy ha llegado la salvación a tu casa” (Lc. 19, 9) o sea, a tu familia toda. Tenemos que aprender a descubrir la santidad en los demás. Vivimos junto a personas que son santas. El Papa Francisco, hace tres años, escribió sobre los que él llamó “los santos de la puerta de al lado”. Éstas fueron sus palabras: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. Ésa es muchas veces la santidad ‘de la puerta de al lado’, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios”.

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Amables oyentes: Los días 2 de noviembre nuestros cementerios e iglesias y, sobre todo, nuestro recuerdo y nuestro corazón se llenan de la memoria, de la oración y ofrenda agradecidas y emocionadas a nuestros familiares y amigos difuntos. La muerte es, sin duda alguna, la realidad más dolorosa en la vida del hombre. Pero la fe en Jesucristo nos hace afirmar que la muerte no es final del camino. No vivimos para morir, sino que la muerte es la llave de la vida eterna. Rezamos por nuestros familiares y amigos difuntos, y por los difuntos que nadie reza.

Todos sabemos que el hombre ha sido creado por Dios para la vida, no para la muerte. Los hombres queremos vivir, y por eso nos angustia saber que nuestras vidas están medidas por el tiempo. Hay un reloj en nuestras manos enseñándonos que nuestros minutos están contados, que un año de vida son muchas horas… pero horas; que nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. La pregunta que, entonces, nos hacemos todos es: ¿para qué la muerte? ¿por qué hay que morir?

Ciertamente, las reacciones ante el tema de la muerte son muy variadas. No nos gusta hablar de ella. Por ejemplo, tenemos un cierto miedo a ir al médico para que no nos diga una verdad que no queremos escuchar… Tratamos de ocultar su cercana muerte a nuestros familiares enfermos… y tratamos de engañarnos a nosotros mismos en nuestras enfermedades. Llegamos, incluso, a hacer chistes con la muerte, como si tratáramos de no hacerle frente al problema.

También es verdad que los hombres de ciencia hacen enormes esfuerzos para vencer la muerte, los médicos se esfuerzan por prolongar la vida, buscar medicamentos nuevos, etc. Pero llega un momento en que esos mismos médicos que atienden a nuestro familiar enfermo, nos dicen: “Se ha hecho todo lo que se podía hacer”.

La muerte está constantemente cerca… pero también la ponemos lejos. Hacemos planes como si nunca hubiésemos de morir. Muchos cubanos han perdido, incluso, la costumbre de añadir el “Si Dios quiere…” a cualquier programa que piensan realizar en el futuro.

Un día entró Jesucristo, vencedor de la muerte, en la historia del hombre. Hablaba un lenguaje nuevo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”; “A mí nadie me quita la vida, yo la entrego libremente”; “El que crea en mí, aunque muera, vivirá”; “Yo soy el pan de vida, el agua de vida, la luz de vida, la Resurrección y la Vida para siempre”. Jesucristo, Señor de la vida, resucitó a su amigo Lázaro, devolvió la vida al hijo único de una pobre viuda y a una niña de 12 años. El Señor de la vida aceptó morir para vencer a la muerte. Su resurrección venció la muerte y es también nuestra victoria. La muerte ya no tiene dominio sobre nosotros.

Escuchemos lo que dijeron al respecto algunos santos de la Iglesia: San Pablo: “Para mí morir es una ganancia”. San Ignacio de Antioquía: “Hay un agua viva que dice dentro de mí: ver al Padre”. Santa Teresa: “Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir”. Santa Teresita: “Yo no muero, entro en la vida”. San Francisco: “No vendrá a buscarme la hermana muerte, sino Dios”. Y san Juan, en su evangelio, nos habla de otro tipo de muerte en vida: “el que no ama, permanece en la muerte”.

Queridos todos: Con Jesucristo, la muerte ya no fue el punto final de la existencia del hombre, sino un punto y seguido, la puerta que hay que atravesar para entrar a la vida. La muerte será no un adiós, sino un hasta luego. Nosotros hoy estamos vivos, pero un día moriremos. Por eso nos vendría bien recordar lo que enseñó San Juan de la Cruz: “Al atardecer de tu vida, te examinarán de amor”. Y pedir con el salmo: “Enséñanos, Señor, a calcular nuestros años para que tengamos un corazón prudente”.

A todos los que han perdido recientemente a algún familiar o amigo, yo les diría hoy unas palabras de San Ambrosio que ustedes deben poner en boca de sus seres queridos difuntos: “No lloren por mí, ustedes que me quisieron tanto; mi muerte no es muerte sino tránsito feliz. Ya descanso en el Señor. Han sido muy buenos conmigo; séanlo siempre para Dios y un día estaremos reunidos en el Cielo”. Que así sea.

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