Homilía del P. Rogelio Deán Puerta, párroco de El Cobre, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 9 de noviembre de 2025: Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

“¡Y él no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos están vivos!” Lucas 20, 38

Mis hermanos,

La palabra de Dios hoy nos habla de fidelidad y nos habla también de una promesa que el Señor quiere seguir cumpliendo.

Fidelidad, es muy fácil ser fiel a Dios, ser fiel a la religión, al amor, a la fe, a la esperanza cuando están todas las condiciones creadas para que sea así. ¿Cuántas veces en la historia Dios nos prueba por diferentes circunstancias difíciles que se dan? Dios nos prueba. Dios prueba nuestra fe, y a la misma vez que prueba nuestra fe, nuestra fidelidad nos hace crecer, nos hace ganar.

En la primera lectura vemos ese tiempo en el que el pueblo judío sufría vasallaje y el rey invasor lo forzaba, a costa de perder la vida, a renunciar a los principios de su fe. Y como estos llamados macabeos fueron capaces de vivir tal radicalismo de la fe, que ofrecieron su propia vida por la fidelidad a esa fe. Y al ofrecerla la ganan. Porque ese es el camino de Dios. En el camino de Dios, cuando uno pierde gana. Y qué bueno que en estos tiempos en el que la fidelidad es difícil de vivir, nuestra fe pueda ser probada. Qué bueno que nosotros podamos trascender cualquier circunstancia difícil que se nos vaya a presentando con la fuerza de la fe, que viene acompañada del amor y de la esperanza.

Hay momentos, hay circunstancias en que uno no entiende lo que pasa, que uno quisiera encontrar una respuesta a lo que pasa.

Hay momentos en la vida que el dolor llega, hiere, traspasa, momentos de desesperación, momentos de esta ruina ambiental donde la lógica humana no llega. Y uno se pregunta, ¿por qué? ¿Por qué? Y nos viramos hacia Dios, hacia la Virgen y preguntamos una y otra vez queriendo entender, ¿por qué? Quizás esa pregunta nos agota y nos mata. Esa pregunta nos hace daño. Porque sabemos que en Dios no están todas las respuestas. Pero sabemos que en Dios sí está todo el amor y eso nos basta.

A lo mejor es cuestión de cambiar la pregunta y no centrarnos en el por qué, sino centrarnos qué hacer a pesar de y ver cada momento, incluido los momentos de cruz, como un momento de gracia.

En el Evangelio se nos habla de una promesa, la promesa de la resurrección, la promesa de la vida eterna, pero no hay acceso a la resurrección sino hay un abrazar sincero de la cruz. Y la cruz duele. Y no necesariamente la cruz personal, a veces también duele más incluso ver la cruz del otro, la cruz de los demás, duele la cruz. Sobre todo esos momentos de cruces que uno no entiende, que escapan a la lógica humana, el sufrimiento del justo, el sufrimiento de la persona que quiere ser fiel, del que ha sido capaz de construir, de darse, ¿por qué? Y ciertamente el dolor sigue siendo un misterio.

Pero ahí está Jesucristo que nos invita a trascender ese dolor, a ser fiel como los macabeos, a mirar más allá, que nos invita a la vida, que nos invita a la vida eterna. Una vida eterna que comienza ya aquí, un reino de Dios que es un ya, pero todavía no, pero que ya está aquí de alguna manera.

No nos cansemos de ser fiel. Aunque muchas veces nos caigamos, incluso en esa misma fidelidad ante las circunstancias tan terribles, no nos cansemos de ser fiel. Porque Dios es fiel a su promesa. Y su promesa es la resurrección, porque Él es el camino, la verdad y la vida. Y por eso defiende Jesús delante de los saduceos, delante de todos, el camino de la resurrección. Estamos hechos para la resurrección. Somos ciudadanos del cielo. Y hacia esa patria celeste caminamos.

No nos rindamos. Sigamos de la mano de María mirando a Jesús. Que supo asumir la cruz, que supo decirle sí hasta el final al Padre, a la voluntad del Padre. Los caminos tienen muchas espinas, pero también están las rosas. Y no hay mayor amor que el que da la vida.

Y si a veces las circunstancias de cruz son oportunidades para a dar la vida, demos la vida. Más bien, conquistemos la vida. Dios nos espera con los brazos abiertos en su gloria, una gloria, que aunque a veces no lo creamos, comienza aquí en esta tierra. Que así sea.

Deja un comentario