Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, en domingo 9 de noviembre de 2025: XXXII del Tiempo Ordinario

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios, su amigo y pastor.

El Evangelio de hoy nos presenta un diálogo tenso y profundamente revelador entre Jesús y los saduceos, un grupo religioso que negaba la resurrección de los muertos. Le plantean a Jesús un caso hipotético, basado en la ley del levirato (Dt 25,5-6), sobre una mujer que enviudó sucesivamente de siete hermanos: “En la resurrección, ¿de cuál de ellos será mujer?”.

Con esta pregunta, no buscan entender, sino poner en ridículo la fe en la resurrección. Sin embargo, Jesús no elude el debate, sino que lo aprovecha para revelarnos una verdad que cambia por completo nuestra visión de la vida, la muerte y la eternidad.

Jesús corrige la visión limitada de la vida eterna. Los saduceos imaginaban la resurrección como una simple prolongación de la vida terrenal, con sus mismas estructuras y relaciones. Jesús les responde: “Los hijos de este mundo se casan, pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casan” (Lc 20,34-35).

La vida eterna no es una copia mejorada de ésta, sino una realidad transformada por la gloria de Dios. Las relaciones ya no estarán marcadas por la posesividad, la exclusividad o la mortalidad, sino por la comunión plena en el amor de Dios.

“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”. Esta es la afirmación central de Jesús, que citaba de Éxodo 3,6: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Si Dios se define como el Dios de los patriarcas siglos después de su muerte, es porque para Él ellos están vivos.

La muerte no anula la relación con Dios; al contrario, la plenifica. Quienes han partido de este mundo viven en Dios, porque Él es fuente de vida eterna. Como dice san Pablo: “Para mí, la vida es Cristo, y la muerte una ganancia” (Flp 1,21).

Los cristianos tenemos una esperanza que transforma nuestro duelo. Al celebrar la Solemnidad de los Fieles Difuntos, estas palabras de Jesús iluminan nuestro dolor con la esperanza de la resurrección:

  • No somos como quienes no tienen esperanza. Nuestro duelo no es un adiós definitivo, sino un “hasta pronto” en el Señor.
  • La muerte no rompe el vínculo del amor, porque el amor es más fuerte que la muerte.
  • Oramos por nuestros difuntos no como por ausentes, sino como por hermanos que viven en Dios y esperan la plenitud de la resurrección.

Para nuestra vida hoy, Jesús nos invita a vivir con la mirada puesta en la eternidad: Amar como Dios ama: sin apegos que esclavicen, sino con libertad que libera; confiar en su fidelidad: el mismo Dios que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros y nos invita a ser testigos de la esperanza en un mundo que a veces vive como si Dios no existiera.

Hermanos, la pregunta de los saduceos nace de una fe pequeña y una esperanza limitada. La respuesta de Jesús, en cambio, nos abre al misterio de un Dios que es fuente de vida eterna, y nos recuerda que estamos llamados a una existencia que no termina, sino que se transforma en Él.

Señor Jesús,
tú que venciste la muerte
y nos abriste las puertas de la vida eterna,
fortalece nuestra fe en la resurrección.
Consuela nuestro duelo con tu presencia,
y haz que vivamos como hijos de la Luz,
esperando el día en que,
junto con todos los que nos han precedido,
gocemos de tu gloria para siempre.
Que María, que vivió junto a la cruz la esperanza cierta en la resurrección de su Hijo, nos ayude a confiar en que, para Dios, todos vivimos.

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