Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, el XXXIII domingo del Tiempo Ordinario, 16 de octubre de 2025

Queridos hermanos en Cristo:

El capítulo 21 de san Lucas nos sitúa en un escenario profundamente significativo: Jesús y sus discípulos en el Templo de Jerusalén, una de las maravillas arquitectónicas del mundo antiguo. Los discípulos, como cualquier visitante, no pueden evitar admirar la magnificencia del lugar: «las piedras y las ofrendas votivas que lo adornaban». Es comprensible su asombro: aquel era el corazón religioso, nacional y cultural de Israel. Sin embargo, Jesús les sorprende con una afirmación que debió resultarles desconcertante: «Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida».

Jesús marca la diferencia entre lo permanente y lo pasajero.  No está condenando la belleza del Templo, sino cuestionando la tentación de absolutizar lo transitorio. Los discípulos confundían la solidez de las piedras con la permanencia de lo divino. Hoy nosotros caemos en la misma tentación cuando identificamos la fe con estructuras visibles, o cuando depositamos nuestra seguridad en lo material, o cuando creemos que lo duradero son las instituciones humanas, no el Reino de Dios.

El mensaje de Jesús es claro: solo Dios es permanente. Todo lo demás —incluso lo más sagrado— está sujeto al paso del tiempo y a la fragilidad humana.

Cuando los discípulos preguntan «¿Cuándo sucederá eso?», Jesús no les da fechas sino criterios de discernimiento. Les habla de guerras, terremotos, hambres y pestes —realidades que han acompañado a la humanidad a lo largo de la historia—. Pero añade algo crucial: «Es necesario que esto suceda antes, pero no será todavía el fin».

Jesús nos enseña a interpretar las crisis no como señales apocalípticas, sino como oportunidades para despertar de la indiferencia espiritual, a purificar nuestra fe y a aprender a distinguir lo esencial de lo accesorio.

En nuestro contexto actual —con conflictos bélicos, crisis ecológicas, pandemias y tensiones sociales— estas palabras resuenan con especial fuerza. Dios no causa el mal, pero permite que las crisis nos ayuden a recentrar nuestra vida en lo eterno.

Nosotros estamos llamados a dar testimonio en medio de la persecución. La parte más conmovedora del texto es cuando Jesús anuncia a sus discípulos que serán perseguidos: «Los atraparán y los perseguirán, entregándolos a las sinagogas y a la cárcel, compareciendo ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre». Pero inmediatamente añade: «Esto les sucederá para que den testimonio».

El testimonio es la clave de interpretación del sufrimiento del cristiano. No se trata de un dolor sin sentido, sino de una oportunidad para manifestar la verdad del Evangelio. Jesús es realista: habrá traiciones, divisiones familiares, incomprensión. Pero promete tres dones concretos:

  • Sabiduría: «Yo les daré palabras y sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir»
  • Protección: «Pero ni un cabello de su cabeza perecerá»
  • Perseverancia: «Con su perseverancia salvarán sus almas»

Hoy, como discípulos del siglo XXI, enfrentamos persecuciones más sutiles pero no menos reales: La indiferencia en una sociedad secularizada, la ridiculización de los valores evangélicos, la tentación del compromiso al estilo de los saduceos, el cansancio en el servicio pastoral.

Jesús nos repite hoy: «No se aterroricen». Nuestra seguridad no está en el éxito pastoral, en el reconocimiento social o en la solidez institucional, sino en la fidelidad al Evangelio. Construyamos nuestra vida sobre la roca que es Cristo.

Al final del pasaje, Jesús resume todo con una frase clave: «Con su perseverancia salvarán sus almas». La perseverancia no es una resistencia pasiva, sino una constancia activa en el bien, una fidelidad creativa que sabe mantener el rumbo a pesar de las tormentas.

Hermanos, estamos llamados a ser arquitectos de lo eterno en un mundo de realidades provisionales. Como decía san Agustín: «Ama al que nunca pasa, para que no pases con lo que amas que pasa».

Que el Señor nos conceda la sabiduría para distinguir lo eterno de lo pasajero, y la valentía para testimoniar su amor en medio de las dificultades de nuestro tiempo

Que María, que supo mantener todas estas cosas meditándolas en su corazón, nos enseñe a discernir los signos de los tiempos y a construir nuestra vida sobre la roca que es Cristo.

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