“En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» Lucas 23, 43
Hermanos,
Hemos venido, los domingos anteriores, hablando de esta fiesta, de la fiesta de Cristo Rey. El domingo pasado la recordábamos, celebrando como la víspera, diciendo el próximo domingo es la Fiesta. Sí, hermanos, esta es una fiesta que, de hecho, así como oficialmente, no tiene muchos años en la liturgia de la Iglesia, es decir, para celebrarse como nosotros lo hacemos ahora al final del Año Litúrgico.
Sin embargo, es una fiesta que siempre ha estado en el corazón de los fieles. ¿Por qué? Porque si durante todo el año comenzando desde el Adviento, que es la preparación al nacimiento de Jesús. Su vida, su pasión, su muerte, su predicación. Al final viene la victoria de Cristo sobre el mal, el sufrimiento, la muerte. Es decir, Cristo que da no solamente como una respuesta de futuro, estaremos en la gloria, siempre mirando en el futuro. Si no también es una respuesta para los interrogantes de nuestra vida. ¿Qué sentido tiene la vida?
Este es un tema que muchas veces abordo porque me parece que es claro en medio de las vicisitudes del mundo, de las incoherencias del mundo, de las injusticias, de los fracasos del mundo. Nosotros nos preguntamos, ¿qué sentido tiene esto? En estos días aquí entre nosotros el ciclón, oriente, Santiago sobre todo, una zona que tenía históricamente pocos ciclones y sin embargo en los últimos años. Entonces, ¿qué son estos caprichos de la naturaleza, las fuerzas de la naturaleza?, ¿qué son? Además, ¿qué sentido tiene nuestra existencia, nuestra vida, qué sentido tiene?
Esta maravilla que uno contempla las montañas podían haber existido y también no podían haber existido, y no pasa nada. Nosotros mismos también somos personas que podíamos haber existido o no podíamos haber existido. De hecho, a muchos niños se les quita el derecho a crecer, a nacer y no pasa nada desgraciadamente. ¿Por qué? Porque somos no somos personas, es decir, a los ojos de los hombres que somos tan utilitaristas, no somos personas imprescindibles.
Eso se dice, por ejemplo, ante una persona que tiene un puesto que se aferra y se le dice, «No, tú no eres imprescindible, si no estás tú, lo hará otro.» Entonces, hermanos, si la vida es así, qué triste es la vida. Si la vida es así, qué triste la creación.
No, pero nosotros creemos que la vida tiene sentido y que nuestra existencia es un don de Dios y que nosotros hemos sido llamados a vivir eternamente junto a Él, a participar de la gloria de Dios. ¿Dónde? En el Reino de Dios. Para darle un nombre, para decir que estamos junto a Dios en el reino de Él. Allí donde Él es el soberano. Allí donde Él pone las leyes, que no son no son más que las leyes del amor. Entonces, hermanos, esta fiesta no es solamente pensar en el futuro nuestro, esta fiesta es pensar que cada instante de mi vida tiene un sentido en el camino para alcanzar la salvación.
Y claro, para nosotros en este momento aquí, en oriente, es difícil no separarnos de todo lo que estamos pasando. Separarnos de eso. Y tenemos que, precisamente contemplar la vida, el reino de Dios, la promesa de Dios en esa línea. Lo inmediato, el ciclón que tanto daño ha realizado, que tanto daño ha hecho más que realizar, ha hecho; las limitaciones y el sufrimiento de tantas familias y personas, perdurará meses sino años ¿Qué sentido tiene eso?
Entonces, tenemos la enfermedad, los virus, tantos virus, que ya los nombres se nos hacen difícil de pronunciar. Y las personas no saben si han adquirido uno u otro, cuál es el que tienen, que tantas muertes ha dejado también, porque las personas que tienen enfermedades de base, de manera así muy dura y cruda, muchas veces no soportan las los virus. ¿Qué virus es? No sabemos. Nombres raros.
¿Qué sentido tiene también como pueblo, pasar por las necesidades que estamos nosotros pasando? Eso es un sinsentido. Porque se supone que nosotros tenemos que buscar lo mejor para vivir en paz, en tranquilidad, en justicia aquí en la tierra, pero no lo hemos logrado. No lo hemos logrado. Entonces, nos preguntamos, «Señor, ¿esta es la vida, para eso tú nos creaste? Hermanos, ahí es cuando nosotros empezamos a buscar con la lógica, con la inteligencia, con la razón e iluminada por la fe, y empezamos a encontrarle sentido a mi vida, a tu vida, a la tuya y a la tuya.
¿Qué sentido tiene mi vida? Tú lo sabes, Señor. Y tú quieres que nosotros estemos junto a Ti eternamente. Si no, hermanos, ¿qué explicación podríamos dar? Ninguna. Todos serían ocasiones para hablar del absurdo. Y en Dios no hay absurdo. En Dios hay realidades. Estamos aquí porque, el Señor nos lo ha dicho, porque la razón nos dice, que la vida no puede ser solamente esto. Estamos aquí porque es lo que el hombre anhela, y ese anhelo lo ha puesto el Señor Jesús dentro de nosotros que nos ha hecho a imagen y semejanza de Él. Por eso, démosle gracias a Dios de conocer la revelación que nos dice, «ustedes han sido traídos al mundo por amor para que vivan eternamente junto a Él”.
Las lecturas de hoy nos hablan de realezas. En la primera lectura, que es del segundo de Samuel, se habla como la las tribus de Israel reconocieron a David como rey. Que sería el rey, ese rey que era como el ejemplo de todo lo que sería la realeza de Israel. El que llevó a la unidad, el que enfrentó a su pueblo contra el enemigo. Y por eso es que a Jesús se le llama el hijo de David.
Porque los cristianos enseguida vieron en Jesús, que la realeza de David que se había acabado en el tiempo, se hacía eterna en Cristo el Señor. Entonces, por eso la primera lectura nos habla de esa realeza del rey David, que es el rey escogido por Dios para enfrentar al pueblo, para unir al pueblo y para llevarlo a su plenitud. Y pasamos al evangelio.
En el pasaje que hemos leído de David, era un pasaje de triunfo. David había sido coronado por los ancianos con la corona del reino. de Israel. En el evangelio es distinto. El evangelio de Jesús, ese Rey está en una cruz. Ese Rey es insultado. ¿Cómo se insulta al Señor Jesús? Cada vez que alguien hace mal a otra persona, está insultando al Señor Jesús. Cada vez que alguien lo niega, está insultando al Señor.
Entonces, nosotros vemos como en medio de esa tragedia, que la gente se burla de Él. Vemos entonces el drama humano. Y el drama humano del orgullo, y el drama humano de la sinceridad, y de la persona que quiere actuar con bondad.
El domingo pasado, en Malaquías había dos grupos. El grupo de los orgullosos y los malhechores que esos no entrarán en el reino de Dios. Decía el texto del profeta Malaquías, e inmediatamente venía después y dice, y también el grupo de aquellos que quieren escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica. De ellos, decía el texto que leímos el domingo pasado, será el reino de los cielos. Fíjense bien, hermanos, que son actitudes ante la vida.
En esta lectura del Evangelio, también vemos dos personas que podemos decir que reflejan la actitud nuestra ante la vida. Tenemos el ladrón malo, el ladrón malo que en medio de la desesperación de la muerte no encontró mejores palabras que la de ofender a Jesús. Él es el orgulloso, es prepotente, no acepta de que su salvación podría venir de otros, era el que le importaba, solamente veía su desgracia y producida por su pecado. Es lo que veía, pero era tan orgulloso que le echaba la culpa al otro, le tiraba las cosas al otro, le reprochaba al otro.
Y él recibió las palabras, «Oye, pero tú eres una persona que lo tuviste todo y lo malograste todo cómo tú insultas”. Y mirando al Señor, el otro ladrón que iba a ser crucificado con él o malhechor que iba a ser crucificado con él, el otro le dice, «Señor, cuando estés en tu reino, tenme contigo.» Fíjese bien, el orgullo, la prepotencia, el no querer aceptar su pecado, la humildad de este que dice, «Señor, he pecado contra el cielo y contra ti, tenme en tu reino. Yo soy indigno, pero tú me salvas”. El otro no. El otro seguía en la indignidad y reprochaba eso.
Hermanos, ésa es la vida nuestra, ésa es la vida nuestra. Yo ante mi vida, ante mis pecados, ante mi obrar bien o lo que sea. ¿Cómo yo me comporto? ¿Empecinado? O yo me comporto como aquel que dice, «Señor, aquí estoy, he pecado contra el cielo, contra ti. Sálvame”. Y viene entonces las palabras de Jesús que redondean toda la idea.
Si empezamos con el rey David ungiéndolo como rey, el antecesor de Jesús, aquí nosotros vemos entonces al mismo Cristo, que le dice a aquel hombre, «Tú estarás conmigo hoy en el paraíso”. Hermano, eso sí le da sentido a la vida. Para eso nosotros luchamos, para eso estamos, para eso vivimos, para eso nacemos, hacemos una familia, para eso tenemos amigos, para eso luchamos en la vida, ¿para qué? Para vivir según la palabra de Dios y algún día estar junto a Él. Y aquí no hay incertidumbre. Es palabra de Dios que se cumple.
Aquellos que escuchan la palabra de Dios y le siguen, esos estarán conmigo en el paraíso. ¿Qué más podemos aspirar? Que las situaciones difíciles, buenas, lógicas, los poderes de este mundo no nos ofuscan, sino que siempre mantengamos nuestra mente en que todo este mundo es pasajero, por todas las cosas que hemos dicho y además que se ve diariamente. Es pasajero, pero lo que no pasa es Jesucristo. Ese que dice la lectura, todo fue hecho por Él, en Él y para Él. Ese que dice que todo fue recapitulado en Él. Ese que dice que nos estará esperando en su reino para estar junto a él para siempre.
Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así una vida llena de luz porque confiamos en el Señor y sabemos que su palabra se cumple. Además, que esto está apoyado por nuestra inteligencia y nuestra lógica, sino ¿qué sentido tendría esta vida?
Que el Señor nos ayude a vivir así.

Neidys Gusto de nuevo en saludarte GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
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