Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios, su obispo, y como cada domingo, les agradezco la posibilidad de encontrarnos por este medio.
El Evangelio de Lucas nos presenta hoy una de las escenas más conmovedoras y paradójicas de toda la Revelación: Jesús crucificado, burlado por todos, y a la vez, precisamente en ese momento, revelándose como el Rey misericordioso que ofrece la salvación incluso a un criminal crucificado junto a Él. Estamos ante el misterio más profundo de nuestra fe: Dios que transforma el fracaso humano en victoria divina.
El pasaje nos sitúa en el Gólgota, lugar de ejecución, donde Jesús está crucificado entre dos malhechores. Lucas describe tres grupos que increpan a Jesús:
- Los dirigentes del pueblo que le gritaban a viva voz: «A otros salvó; que se salve a sí mismo, si es el Cristo de Dios, el Elegido»
- Los soldados romanos que lo injuriaban diciendo: «Si eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo»
- Y uno de los malhechores crucificado, que al reconocerlo se burlaba diciendo: «¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros»
El estribillo es el mismo: «Sálvate a ti mismo». La lógica humana exige autopreservación, poder visible, demostración de fuerza. Pero Jesús revela una lógica divina radicalmente diferente: la salvación viene precisamente a través del don de sí, no de la autoafirmación.
Mientras lo insultan como «Rey de los judíos», Jesús está ejerciendo su reinado de la manera más auténtica. Su trono es la cruz, su corona son espinas, su cetro son los clavos que lo inmovilizan. Como señala san Juan Crisóstomo: «En la cruz, Cristo atrae a todos hacia sí, no con fuerza humana, sino con la fuerza del amor que se entrega».
El cartel sobre su cabeza -«Este es el Rey de los judíos»- escrito en griego, latín y hebreo, anuncia universalmente que su reinado trasciende toda frontera. Pero es un reinado que se ejerce desde la vulnerabilidad, no desde el poder, que se manifiesta en el perdón, no en la venganza y que se ofrece gratuitamente, no se impone por la fuerza.
El diálogo que acontece en la escena, transforma la historia.
Uno de los malhechores crucificados, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce su propia culpa, anuncia la inocencia de Jesús: «Este no ha hecho nada malo» y proclama la realeza trascendente de Cristo: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino».
Este hombre, tradicionalmente conocido como el «buen ladrón» (y que la tradición llama Dimas), realiza un acto de fe extraordinario en las circunstancias más adversas. No pide ser bajado de la cruz, no busca milagros espectaculares. Pide solo ser recordado por Jesús. Y recibe una respuesta que sobrepasa toda expectativa: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso».
De este diálogo podemos extraer enseñanzas fundamentales para nuestra vida cristiana:
- La misericordia divina no tiene límites: El buen ladrón nos muestra que nunca es tarde para convertirse. En el último momento de su vida, crucificado y sin posibilidad de «enmendar» sus obras pasadas, recibe el perdón pleno. Como dice san Ambrosio: «No desesperes: el ladrón se salvó en el último momento; no presumas: el ladrón fue el único que se salvó en la cruz».
- El «hoy» de la salvación: Jesús no dice «mañana» o «en el futuro», sino «HOY estarás conmigo en el Paraíso». La salvación no es algo lejano, sino una realidad presente para quien se abre a la gracia. Como señala el Catecismo: «La muerte transforma nuestra relación con el tiempo, introduciéndonos en la eternidad del ‘hoy’ de Dios» (n. 1021).
Hoy, como el buen ladrón, nosotros somos invitados a reconocer nuestra fragilidad sin caer en la desesperación, a dirigirnos a Jesús con confianza en medio de nuestros sufrimientos y a creer en su realeza misericordiosa aunque no la veamos manifestarse con poder humano.
Jesús crucificado revela el rostro verdadero de Dios: no un soberano distante que exige sumisión, sino un Rey diferente, que lava los pies, que perdona a sus verdugos, que promete el paraíso a un criminal arrepentido.
Que san Dimas, el buen ladrón, interceda por nosotros para que, como él, sepamos reconocer a Jesús como nuestro Rey y Salvador, especialmente en los momentos más oscuros de nuestra vida.
Señor Jesús, Rey del Universo,
que desde la cruz reinas con amor,
enséñanos a reconocerte
no en el poder y el éxito,
sino en la debilidad y el don de sí.
Haz que, como el buen ladrón,
confiemos en tu misericordia
y escuchemos tu promesa:
«Hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Que el Rey crucificado nos conceda la gracia de reconocerle siempre como nuestro Salvador, especialmente cuando experimentamos la cruz en nuestra propia vida.
