Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios.
El Evangelio de Mateo nos sitúa ante una de las advertencias más solemnes de Jesús, pero también ante una de las promesas más esperanzadoras. En el capítulo 24, el Señor nos habla de su venida final usando dos imágenes potentes: el diluvio de los días de Noé y el ladrón que llega inesperadamente por la noche. Ambas nos interpelan profundamente en este tiempo de Adviento, mientras preparamos nuestros corazones para celebrar su primera venida en Belén y aguardamos su retorno glorioso.
Jesús establece un paralelismo inquietante entre la actitud de la sociedad contemporánea a Noé y la nuestra. La gente en tiempos del diluvio «comía y bebía, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca». No se trataba de que fueran moralmente reprobables por estas actividades en sí mismas —que son legítimas y necesarias— sino por su actitud de absoluta indiferencia espiritual. Estaban tan absortos en lo cotidiano que ignoraron completamente las señales del juicio inminente.
Hoy, nosotros corremos el mismo peligro: quedar tan inmersos en las preocupaciones materiales, las ansiedades diarias, que olvidamos lo esencial. El Adviento nos llama a despertar del letargo espiritual, a no dejar que lo urgente opaque lo importante. Como decía san Agustín: «Temo al hombre que pasa por el mundo dormido, porque no sabe adónde va».
Minutos después aparece una advertencia primordial: «Uno será tomado y el otro dejado». Esta afirmación de Jesús no debe interpretarse como un capricho divino, sino como la consecuencia lógica de diferentes disposiciones del corazón. Dos personas pueden estar realizando la misma actividad externa —moliendo en el molino, trabajando en el campo— pero con actitudes interiores radicalmente distintas: una vive en vigilancia activa, la otra en negligencia espiritual.
El Adviento nos recuerda que la venida del Señor juzgará nuestras intenciones más profundas, no solo nuestras acciones externas. Como señala san Gregorio Magno: «Dios no mira tanto lo que hacemos, como el amor con que lo hacemos». Este tiempo es propicio para examinar: ¿Estoy construyendo mi vida sobre valores eternos o me conformo con una fe superficial y rutinaria?
La solución a esta advertencia nos la da el mismo Cristo: «Velad, pues, porque no saben qué día vendrá su Señor». El verbo «velar» implica mucho más que simple espera pasiva. Significa una atención constante, como el centinela que custodia la ciudad, una preparación activa, como las vírgenes prudentes que tenían aceite en sus lámparas y un discernimiento espiritual, para reconocer al Señor cuando se manifieste.
En el contexto del Adviento, esta vigilancia se concreta en la oración que nos mantiene en comunión con Dios, en la conversión que purifica nuestro corazón y en la caridad que nos hace reconocer a Cristo en el prójimo.
La imagen del ladrón podría resultar chocante, pero contiene una profunda verdad espiritual: Dios viene cuando menos lo esperamos, rompiendo nuestros esquemas humanos. No viene como un funcionario previsible, sino como un amigo que quiere sorprendernos con su gracia.
El Adviento celebra precisamente esta paradoja: el Dios todopoderoso que irrumpe en la historia de manera discreta, en la humildad de un pesebre. Como cantamos en la liturgia: «El Señor vendrá y no tardará; iluminará lo escondido y se manifestará a todos los pueblos».
Este tiempo litúrgico del Adviento que iniciamos, es una escuela de espera vigilante donde aprendemos a recordar la primera venida de Cristo en la humildad de Belén, que da sentido a nuestra historia; a actualizar su presencia entre nosotros a través de los sacramentos, especialmente la Eucaristía y a esperar su venida gloriosa, que transformará definitivamente toda la creación.
El Adviento nos entrena para vivir en esa tensión fecunda entre el «ya» del Reino presente y el «todavía no» de su plenitud escatológica.
Vivamos un Adviento que transforme nuestra mirada.
Hermanos, el mensaje de Jesús en este Evangelio no es para infundir miedo, sino para despertar esperanza.
Que María, la Virgen de la Espera, nos enseñe a preparar no solo nuestros hogares con decoraciones navideñas, sino sobre todo nuestros corazones para acoger al Salvador.
Que este Adviento sea para todos nosotros un verdadero «kairós», un tiempo favorable de gracia y conversión, mientras aguardamos con alegría la venida de nuestro Salvador.
Que María, Madre de la Espera, ponga a Jesús en nuestro corazón.
