Queridos todos: La primera verdad es que Jesucristo vino hace tiempo. Es Historia. Hace más de 2,000 años. En un pueblo insignificante del mundo llamado Belén nació Jesús. Pudo haberse escogido países y ciudades más importantes como Roma, Grecia, Mesopotamia, Egipto. No hubo televisión y, por decirlo de alguna manera, ni los periodistas se enteraron. Los primeros en saberlo fueron los sencillos, representados en aquellos pastores de mala fama, que oyeron un mensaje de gozo: «Les anuncio una gran alegría: hoy les ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor» (Lc. 2, 9-11). Luego tendrían su oportunidad los «sabios de este mundo» (Mt. 2, 1-12) representados en aquellos que son llamados los Reyes Magos y vinieron «del Oriente», o sea, del extranjero, para adorar a Jesús con el oro, el incienso, la mirra… y sus rodillas.
Jesús venía para todos: judíos y extranjeros, mujeres y hombres, sabios e ignorantes, ricos y pobres. Su mensaje de salvación llegaba para todos.
Las dificultades para creer en él como el Hijo de Dios hecho hombre vinieron porque llegaba ¡tan igual a nosotros!, tan idéntico, que parecía uno más. Niño como todos los niños. Pobre y necesitado como muchos en este mundo. Nacía bajo la serena mirada de María y de José. Su primera cuna fue un pesebre que era entonces el lugar donde daban de comer a los animales. Y moriría, a los 33 años, clavado en una cruz.
Tres años antes de morir crucificado, había escogido a doce de sus paisanos y los transformó en apóstoles y a quienes envió a anunciar su buena noticia de salvación. No había venido para librar al pueblo de la esclavitud a la que lo tenían sometido los romanos sino a librarlos de otra esclavitud peor: la del pecado y el poder de Satanás.
Jesucristo no escribió nada ni mandó a escribir su vida y sus enseñanzas. Cuatro de estos seguidores suyos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) escribieron pequeños libros que se llaman Evangelios y que contienen lo que ellos habían oído, visto y sentido junto a Él; y por sostenerlo se dejaron matar antes que negarlo.
Cada año, en la Navidad, recordamos que Jesucristo vino. Si hoy estamos en el año 2025 eso quiere decir que el nacimiento de Jesucristo fue hace 2025 años. Por ello los historiadores dividen los años de la historia universal en años “antes de Cristo” y “después de Cristo”.
Amables oyentes: La segunda verdad es que Jesucristo sigue viniendo cada día. Ustedes habrán notado en la lectura escuchada cómo responde Jesucristo resucitado a la pregunta de quién eres que le hace Saulo. Jesús habla, pero no para preguntarle por qué estás persiguiendo a los que creen en mí, sino que la pregunta es por qué tú me persigues. Jesús se identifica con los que lo siguen. Eso lo había dicho mucho tiempo antes, cuando dijo: “Quien los escucha a ustedes, a mí me escucha; quien los rechaza a ustedes, a mí me rechaza y rechaza al que me ha enviado” (Lc. 10, 16).
En realidad, después de su nacimiento hace 2025 años, Jesucristo no ha cesado de venir. Viene diariamente a nuestros mundos: la familia, los vecinos, la comunidad, la fábrica, el taller, la escuela, el arte, el deporte, etc. Viene al mundo interior de nuestra vida. Viene bajo mil disfraces, con mil rostros (diferentes e idénticos) y mil tonos de voz. Viene en su Palabra, cada vez que es proclamada en público o leída en la intimidad del hogar. Viene en cada Misa, cada vez que comulgamos el pan y el vino consagrados. Viene en todos los hombres, especialmente en los que sufren en su cuerpo o en su alma, en los necesitados, en los presos, en los marginados, en los pobres, en los que tienen hambre o no tienen zapatos, ropa, medicinas o familiares que los ayuden.
A Jesucristo ¡lo estamos viendo a todas horas… y nosotros a veces tan indiferentes y tan extraños! Él viene a curar, a consolar, a comprender, a amar, a desatar cadenas. Viene a poner su libertad en nuestra esclavitud y su Resurrección en nuestra muerte. Viene cada día para dar a nuestra vida la profundidad y la anchura de su amor. Seguidamente, recordemos la enseñanza del Evangelio que ahora escucharemos.
Y, queridos hijos e hijas, la tercera verdad es que Jesucristo vendrá nuevamente el día menos pensado. Volverá el Salvador. Vendrá en el último día de manera definitiva. Ya no será en la sencillez del pesebre de Belén y ante la indiferencia de la gran mayoría. Su regreso será «para juzgar a vivos y muertos». Será el momento de recoger la cosecha. Y cada uno recogerá según lo que haya sembrado. Ese día será el último de este mundo y el primero de la eternidad. Vendrá y nos transformará la existencia -y hasta los cielos y la tierra- con la fuerza irresistible de su amor. A los que le preguntaron cuándo sucedería ese día final, Jesús no les dio ninguna fecha, sólo una advertencia: «Velen y estén preparados porque eso sucederá el día y la hora en que menos lo piensen» (Mt. 24, 44). Vivimos en espera de su vuelta. Encerrados en nuestra propia noche, esperamos el Gran Día. Será su día y nuestro día. Mientras tanto rezamos, entre luces y sombras: ¡VEN, SEÑOR JESÚS!
Los invito ahora a repetir, en cada invocación, esta verdad de fe: Jesucristo vino, viene y vendrá
- Porque Dios es fiel a su palabra y cumple sus promesas. JESUCRISTO VINO, VIENE Y VENDRÁ
- Porque Dios sabe que lo necesitamos con nosotros. JESUCRISTO VINO, VIENE Y VENDRÁ
- Porque Dios quiere que todos los hombres se salven. JESUCRISTO VINO, VIENE Y VENDRÁ
- Porque Dios quiere que no olvidemos su presencia. JESUCRISTO VINO, VIENE Y VENDRÁ
Oremos: Concede a tus fieles, Dios todopoderoso, salir al encuentro de Cristo que viene a nosotros, para que, mediante la práctica de las buenas obras, colocados un día a su derecha, merezcamos poseer el reino celestial. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. AMÉN.
