“Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” Mateo 3, 3
Hermanos,
Estamos en este segundo domingo de Adviento, lo cual significa que ya hemos dado un paso más en el encuentro del Señor. Recordemos que en el primer domingo de Adviento dijimos que nosotros celebramos lo que la tradición ha dicho, las tres venidas de Cristo. La primera dijimos que era precisamente la que vamos a celebrar el día 25 y para la que nos estamos preparando. Es decir, el hijo de Dios que se hace hombre para salvarnos. El hijo de Dios que ya había sido anunciado por los profetas, pero que ya se hace hombre en el seno de la Virgen por obra del Espíritu Santo.
La tercera venida es la venida al final de los tiempos, es esta que el profeta Juan Bautista nos habla, nos refiere, esta que Isaías también dice cómo serán las cosas al final de los tiempos. Esa es la tercera que es la definitiva, la que celebramos en la fiesta de Cristo Rey. El Señor Jesús vencerá al pecado, al mal, a la muerte y nos lleva a todos, como el pastor lleva a las ovejas, al encuentro de Dios su Padre.
Pero en el medio del pecado, de la virtud, del bien en esa vida nuestra, que es un poco así, ni negra, ni blanca, gris, ahí viene la segunda venida. ¿Y cuál es la segunda venida? No la celebramos un día en particular, no, porque esa avenida ocurre todos los días y en cada momento. Todos los días y en cada momento todos los que participamos en esta misa virtual y los que están aquí, todos tenemos que acoger a Jesús en el corazón. Hermano, no nos olvidemos de esto.
Escuchamos la misa, participamos en la misa, en esta o en las misas en los templos, que tenemos que hacer lo posible por participar. en la misa en nuestros templos, porque ya está la comunidad, no la virtual, sino la comunidad de aquellos que viven la fe en el seno de una comunidad. Entonces, cada día nosotros tenemos que dar ese sí, ese paso adelante y decir, «Sí, Señor, tú eres mi Señor. Te agradezco porque has venido a salvarnos, a darnos el pan eucarístico que nos da fuerza y nos da vida y a darnos la palabra de Dios que ilumina nuestras vidas”.
¿Cómo las lecturas de hoy nos animan a esto? ¿Cómo? En primer lugar, hay tres personajes en el Adviento que tenemos que seguirle los pasos. Uno es Isaías. Vamos a darnos cuenta que, en los tres primeros domingos de Adviento, Isaías es el que lleva la batuta de la esperanza. Él en medio de las dificultades de aquellos momentos, como que las tenemos nosotros ahora, en Cuba de una manera en otros países de otra, pero en Cuba las particulares nuestras. En medio de las dificultades, hermanos, no se desesperen, no pierdan la esperanza, no pierdan la confianza en Dios. Dios vendrá. Y este mal o sufrimiento, o lo que sea o bien que estamos pasando ahora, sufriendo ahora o viviendo ahora, eso pasará. Porque que al final el Señor vendrá a llevarnos hacia el Padre. Esa es la esperanza.
Pero no solamente anunciaba, sino que también decía y describía cómo sería ese Mesías. En primer lugar, esta lectura de Isaías, que es el capítulo 11 de Isaías, que como ya dije fue en un momento muy difícil para el pueblo de Israel. Ese fue su momento difícil, nosotros tenemos nuestro momento difícil. Este capítulo 11 es como un poema, un poema precioso, hermoso. Léanlo, búsquenlo y léanlo, y nos describe cómo será el Mesías, el futuro Mesías. Es 700 años antes de Cristo y el pueblo de Israel vivía de estas palabras, esperaba y confiaba. Tenía esta palabra como lo que son, verdad dada por Dios al pueblo que suscitó a los profetas para que lo anunciara 700 años antes de Cristo. Y como decía, en primer lugar, era un profeta que vivía en la verdad. Ay, la verdad. ¿Qué no quisiéramos nosotros vivir siempre en la verdad?
Tantos engaños, tantas cosas. En estos tiempos modernos, porque tenemos que hablar también de las cosas modernas, con este problema de internet, el YouTube y estas cosas, ¿Cuánta mentira se publican por esos lugares? ¿Cuánta? Que hay que saber discernir entre el bien y el mal. Siempre en todo lugar, ya sea en los periódicos, en esto, pero ahora esto nos llega a la casa y nos llega personalmente. Y cuánta mentira se dice en los gobiernos, en las personas que tienen el poder, que deciden los destinos de tantas personas que muchas veces en vez de decir en la verdad, se va a la mentira o en esa media tinta que tú no sabes dónde está.
¿Pero qué dice aquí? “Sobre él reposará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de prudencia y valentía”. Dice, «No va a juzgar por apariencias.» Fíjense el problema de la verdad. “Ni se decidirá por lo que se dice”, que eso ocurre tanto ahora con el poder de los medios, y el poder de los estados y de los poderosos, “y dictará sentencia justa a favor de la gente pobre”. Fíjense, lo primero es la verdad. La verdad. Cristo, la palabra de Jesús, como dice Jesús, es verdad y vida. La segunda característica, la justicia.
Y aquí empieza. “Dictará sentencia justa a favor de la gente pobre. Su palabra derribará al opresor. Y el soplo de sus labios matará al malvado. Tendrá como cinturón la justicia, y la lealtad será el ceñidor de sus caderas”. La última la otra característica del Mesías, la verdad y la justicia.
Viene la tercera que se nos pone aquí, la paz. Y fíjense de qué manera tan hermosa lo dice. Fíjense. “El lobo habitará con el cordero. El puma se acostará junto al cabrito. La vaca y el oso pastarán en compañía. Sus crías reposarán juntas”. Qué cosa más hermosa, ¿eh? ¿Quién no quiere vivir en paz con el vecino, en su pueblo, en su trabajo? Para eso es que nosotros aspiramos a gobiernos mejores para que estas cosas se logren.
Esa es la aspiración del hombre, el hombre que no quiera la paz, que no quiera la verdad y no quiera la justicia, es un malvado o un confundido, vamos a tratarlo suave, porque Dios también lo tratará suave. Pero todo el mundo aspira a lo mejor, a la justicia.
“La vaca y el oso pasearán en compañía”. Y aquí viene, “el niño de pecho pisará el hoyo de la serpiente, de la víbora”, es la inocencia del niño, no sabe qué hace, pero no importa y, “sobre la cueva de la culebra y él pequeño colocará su mano y no le pasará nada”. Mira de qué manera más preciosa de hablar de la paz y de la fraternidad.
“No cometerán el mal ni dañarán a su prójimo. Aquel día la raíz de Jesé…”, del tronco de Jesé es que precisamente viene Cristo, nacido de María y como padre San José. Dice, «será como una bandera para las naciones. Los pueblos irán en su busca y su casa se hará famosa”.
Hermanos, eso es lo que el Señor, el Mesías viene a traernos. La verdad, la justicia, la paz, la fraternidad. Eso lo aspiramos todos los hombres de todas las épocas. Ese es el afán que Dios ha puesto en nosotros para progresar y para vivir en paz. Aquí Isaías lo dice de esta manera hermosa, 700 años antes de Cristo, y eso hizo que el pueblo de Israel se mantuviera fiel y leal a esa promesa del Mesías.
Vino el Mesías. Fue anunciado por Juan. Y en esta lectura de San Pablo a los Romanos vemos a Juan Bautista, el segundo personaje. Ya les dije al principio que uno de ellos era Isaías que lo anunciaba, lo describía y el otro era Juan. Juan también un profeta, formado en el Antiguo Testamento, pero que sirve como una bisagra entre la Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, igual que la Virgen María.
Y aquí nosotros vemos a Isaías y qué es lo que viene él a predicar. Para que nos demos cuenta, y después en el Evangelio se va a ver un poquito más claro. Para que nos demos cuenta de que el Mesías no solamente se espera con el deseo, «Ay, que venga el Mesías.» Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos ha dado responsabilidades. Y no las podemos eludir. No podemos esperar como dije anteriormente, que todo nos venga y nos den todo. No, hay que luchar y lograrlo. Hay que luchar y lograrlo en justicia y en paz.
Porque la paz es un don, pero es una tarea y la justicia es un don y es una tarea. Y para eso el Señor nos llama. Quieres la paz, quieres la justicia, quieres la verdad, quieres llegar al reino de Dios y vivir en paz en la tierra y llegar al reino de Dios, practica la verdad, la paz y la justicia. Y eso es lo que dice el texto, dice que venía Juan Bautista, predicaba, que él venía a anunciar a aquel Mesías que el pueblo esperaba, y que Isaías había anunciado y descrito. Y esa es la predicación de Juan.
Dice que acudían muchos. Decía el Evangelio que venían de muchos lugares, pero ¿qué cosa le decía él? «Por tanto, estén atentos unos con otros. Como Cristo les acogió a ustedes para la gloria de Dios, les digo lo siguiente, Cristo se puso al servicio de aquellos fieles que creyeron en él, judíos, para cumplir la promesa de Dios”. Por lo tanto, los paganos, es decir, aquella gente que los escuchaba, nosotros, que no somos paganos, pero somos cristianos, tenemos que convertirnos.
Los paganos deben dar gracias a Dios porque él los ama. Como dice la Biblia, «Por eso te cantaré y alabaré entre todos los pueblos.» Cristo no vino para un grupo de personas, vino para todos los pueblos, vino para nosotros. Y nosotros estamos bautizados en el Padre, y en el Hijo, en el Espíritu Santo y creemos en estas promesas. Hermanos, entonces esa fe hay que vivirla. Eso es lo que el Señor nos dice.
Y aquí viene lo último, el Evangelio. El Evangelio de San Mateo que describe también a Juan el Bautista, aquella era la palabra de Juan. Aquí Jesús habla de Juan el Bautista. Sabemos que eran parientes, sabemos que Él se hizo bautizar en el bautismo de conversión de Juan sin necesidad, pero quiso dar el ejemplo y entonces Él describe a Juan, que la gente lo seguía por su austeridad, no solo por su austeridad, sino por su fe y por su dignidad. Y entonces dice algo que nosotros tenemos que tener en cuenta.
Dice que iban a verlo. ¿Quién iba a ver a Juan? Mucha gente. Iban a verlo los judíos de Jerusalén, de Judea y de toda la región del Jordán. Por eso es que Jesús fue con sus amigos, los apóstoles, fue allá a escuchar a Juan. Ahí fue cuando Juan le dijo, «Ese es el Mesías, síganlo.» Y oyó el cielo que decía, «Este es mi Hijo amado”. Dice, «Esta gente que venía confesaban sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán”. Fíjense bien lo primero que hacían era confesar los pecados para recibir el bautismo de conversión, para dar pasos de conversión de bien al bien.
Pero también venía otra gente. Dice, «Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a bautizarse, les dijo”, y son palabras muy duras, los fariseos y los saduceos atacaron mucho a Jesús. Pero ellos vieron que la gente se iba y que la gente confesaba los pecados y que bautizaba, y ellos dijeron, «Ay, pues sí, vamos también nosotros”. Pero fíjense bien que, aquí en el texto se marca muy bien. Ellos no fueron a confesar los pecados y a ser bautizados. Ellos fueron a bautizarse. Es decir, ya querían, yo soy el primero. Yo soy saduceo, yo soy fariseo, soy puro, soy limpio, bautízame.
Entonces Jesús dice una palabra fuerte, “raza de víboras. ¿Acoso podrán escapar del castigo que les viene? Muestren, y aquí esta palabra es para todos, muestren pues los frutos de una sincera conversión”. Estamos en el camino del Adviento, a encontrarnos con Cristo, vamos a dar fruto de conversión. Hermanos, todos, todos, conversión en nuestra vida, que se refleje en el mundo.
“Muestren pues los frutos de una sincera conversión”, en vez de confiarse en que son hijos de Abraham, somos judíos y entonces también los otros pueden hacer eso. Ah, sí, yo puedo porque que me perdonen o que me bauticen, aunque yo no quiera cambiar la vida, no. Aunque digo que la quiero cambiar y no hago nada. No, den frutos de conversión.
Y entonces para darnos confianza, para que nadie se sienta marginado o que ya él nos cuenta porque yo soy muy pecador, porque yo he hecho mucho. Para Dios no hay nada imposible, como dice nuestra oración. Dice, «Yo les aseguro que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham aún de las piedras”. Hermanos, vamos a fijarnos en este Adviento, en esta palabra.
Busquemos la verdadera conversión en el Señor Jesús. Él será capaz de perdonarnos y de librarnos y darnos fuerza para ser mejores. Y nosotros también alcanzaremos la patria celestial. Esa patria que todos anhelamos, pero que el mundo nos aturde un poco. No, vamos a poner los pies en la tierra para mirar para el cielo. No miremos para el cielo, tambaleándonos en la tierra, no sabiendo dónde ir. No, al cielo miramos con los pies de la tierra. ¿Quién soy yo? ¿Qué soy? ¿Qué hago? Y entonces, demos fruto de conversión.
Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así.

Neidys Gusto nuevamente en saludarte FELIZ Y SANTO ADVIENTO GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
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