Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios.
El segundo domingo de Adviento nos presenta una figura incómoda y fascinante: Juan el Bautista. No es un profeta de templos ni palacios; es «una voz que clama en el desierto». Su mensaje es urgente y directo: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». En medio de nuestras vidas ocupadas, llenas de ruido y distracciones, Juan nos invita a entrar en nuestro propio «desierto interior», ese espacio de silencio donde podemos escuchar la voz de Dios.
Juan no eligió el desierto por casualidad. En la tradición bíblica, el desierto es el lugar del encuentro con Dios, pero también de purificación. Israel pasó cuarenta años en el desierto para aprender a depender solo de Yahvé. Hoy, el Adviento nos llama a crear «desiertos» en nuestra vida:
- Desierto de silencio: Apagando el ruido externo para escuchar la voz de Dios.
- Desierto de austeridad: Simplificando nuestro consumo en un mundo de excesos.
- Desierto de verdad: Dejar que Dios nos muestre lo que necesitamos cambiar.
Juan aparece «vestido de pelo de camello», viviendo con lo esencial. Su estilo de vida es ya un mensaje: no podemos preparar el camino del Señor si estamos apegados a lo superfluo.
Él no pide una conversión superficial. Critica duramente a fariseos y saduceos que confiaban en su ascendencia abrahánica: «No piensen que pueden decirse a sí mismos: ‘Tenemos a Abraham por padre'». Para Juan, la conversión auténtica se demuestra con «frutos dignos de arrepentimiento».
En nuestro Adviento, esto significa:
- Examinar nuestras relaciones: ¿Somos justos, honestos, compasivos?
- Evaluar nuestro trabajo: ¿Servimos al bien común o solo a nuestros intereses?
- Revisar nuestra fe: ¿Es ritualista o transforma nuestra vida?
Bautizaba con agua, pero anuncia que viene «el que es más poderoso que yo», que «los bautizará en el Espíritu Santo y fuego». El agua limpia externamente; el fuego del Espíritu quema lo impuro desde dentro. El Adviento nos prepara para recibir este fuego que se purifiquen nuestras intenciones, nuestras decisiones sean iluminadas y el amor a Dios y al prójimo sea cada vez más vivaz.
Al escuchar las palabras de El Bautista descubrimos una llamada a la responsabilidad. Dios no juzga por apariencias, sino por los frutos.
Juan sería hoy un «inconveniente». Nos diría:
- «Preparen el camino del Señor» compartiendo con los pobres.
- «Conviértanse» usando su tiempo y talentos para el Reino.
- «Den frutos» de justicia, paz y cuidado de la creación.
El Adviento no es tiempo de espera pasiva, sino de preparación activa. Como los que allanaban los caminos para la visita del rey, estamos llamados a enderezar lo torcido en nuestra sociedad; rellenar los vacíos de amor con solidaridad y rebajar nuestro orgullo para servir humildemente.
Que María, la primera discípula que preparó su corazón para Jesús, nos enseñe a decir «sí» a la conversión que Juan anuncia.
Que María, Madre de la Espera, ponga a Jesús en nuestro corazón.
