Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Esténez, arzobispo de Camagüey, el II domingo de Adviento, 7 de diciembre de 2025

Amables oyentes:

Como sabemos, sólo hay dos santos que, en la liturgia de la Iglesia, son celebrados el día de su nacimiento para este mundo y el de su nacimiento para el cielo: La Virgen María y Juan el Bautista.

Juan es el hombre que nace en una familia que hoy llamaríamos “católica practicante”, de padres entregados a Dios, de una madre estéril y anciana y de un padre mudo que empezó a hablar cuando le puso a su hijo el nombre de Juan. Un padre al que el ángel le había dicho: “Tu oración ha sido escuchada” (Lc. 1, 13).

El hombre que, según ese ángel, iba a ser la felicidad de sus padres, la alegría de mucha gente, lleno del Espíritu Santo, causa de que muchos vuelvan a Dios, y el que le preparará al Señor un pueblo bien dispuesto…

Juan Bautista va a ser el hombre consagrado. “No beberá vino ni licores” (como el Papa Francisco que un 15 de julio, después de ver un programa que le hizo daño, prometió no ver más nunca la televisión… o esa persona que conozco que, por disciplina, no toma ningún tipo de bebidas alcohólicas).

Juan nació en el Antiguo Testamento y señaló con su dedo al que inauguraba el Nuevo, Jesucristo. Sus palabras en ese momento las repetimos en cada Misa: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Y si, por casualidad alguien no entendía lo que él hablaba, les ponía ejemplos concretos: “el que tenga dos túnicas que le dé una al que no tiene”, “el que tenga para comer, que haga lo mismo con el que no tiene”. A los cobradores de impuestos: “no cobren más de lo debido”. A unos soldados que le preguntaron qué tenían que hacer, respondió: “No abusen de la gente, no hagan denuncias falsas y conténtense con su salario”. Y a los que no querían convertirse los llamaba por su nombre: “Raza de víboras”.

Juan fue también el hombre de los “no”. “Yo no soy el Mesías”, “yo no soy Elías”, “yo no soy el Cristo”, “yo no soy quienes ustedes creen”. Y para dejarlo todo bien aclarado, se definió: “Yo sólo soy una voz”. Juan Bautista tenía claro que él no era la Verdad, ni la Luz, ni el Camino, ni la Vida, sino solamente testigo del que es la Verdad, el Camino, la Luz y la Vida.

Juan tenía una linda enfermedad: el “crecimiento del corazón”. En su corazón cabían todos, incluso el corrupto Herodes, a quien Juan quería salvar y le señalaba su pecado y le pedía su conversión.

Juan era el hombre del juego limpio, de la vida austera y pobre. El hombre que sabía que su misión era no cerrar sino abrir puertas para que la gente entrara al Reino de Dios.

Juan Bautista estaba consciente de su papel secundario y transitorio. Decía: “Detrás de mí viene otro, Jesucristo, que es más importante que yo”, “yo bautizo con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”, “y yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”, “Él puede más que yo”.

Juan supo brillar cuando Dios le pidió brillar y supo apagarse cuando Dios le pidió apagarse. “Conviene que El crezca y yo disminuya”, afirmó. Juan no se molestó cuando vio a sus discípulos abandonarlo e irse tras Jesús… Tampoco cuando vio que la gente dejaba de bautizarse con él para ir con Jesús. Dice el evangelio que, en cambio, eso lo llenó de alegría. ¡Cómo tenemos que aprender todos de Juan!

Juan Bautista recibió muchos elogios de Jesucristo: “Ustedes no han ido a ver una caña agitada por el viento” que cambia de criterios según sopla el viento. Juan, dijo Jesucristo, “no es tampoco uno que se viste elegantemente”. Y afirmó: “De entre los hijos de mujer, nadie mayor que él”.

Juan supo interpretar las señales de Dios, los “signos de los tiempos”. Él, a través de sus discípulos, le preguntó a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Y la respuesta de Jesús necesitó la interpretación de Juan. Jesús no les respondió: “Sí, soy yo”, sino que le envió los “signos” del Mesías que habría de venir: “Díganle a Juan que los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan, y se anuncia la buena noticia a los pobres” (Lc. 7, 18-23).

Termino con una anécdota personal escuchada en una comunidad guantanamera del campo. Los fieles fueron invitados por su sacerdote a hacer una valoración personal de cómo había sido para ellos el año pastoral que terminó. Hablaron unos cuantos. Una señora dijo: “Ustedes saben que yo llevo un año viniendo a la Iglesia. Y me parece que yo he mejorado, mi fe ha crecido. Y he cambiado mi manera de ser. Ustedes también saben que yo vivo frente a la parada de la guagua. Y allí paran unos diez minutos los camiones y guaguas que vienen de Baracoa y Maisí bajando la Loma de la Farola. Y muchos tocan a mi puerta pidiendo agua. Yo siempre la brindé, nunca la negué, porque “el agua no se le niega a nadie”. Pero yo la daba de la llave y en un vaso plástico. Ahora, desde que vengo a las clases de los miércoles que dan las monjitas y escucho lo que enseña el Padre Luis en la misa del domingo, yo doy el agua del refrigerador y en el vaso de cristal de florecitas”.

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