Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, el III domingo de Adviento, 14 de diciembre de 2025

Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios, feliz como siempre, por encontrarme con ustedes.

El tercer domingo de Adviento, llamado Gaudete (Alégrense), nos confronta con una pregunta existencial que nace desde la cárcel: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?». Juan el Bautista, el precursor encarcelado, envía a sus discípulos a interrogarlo. No es una duda de fe, sino el grito humano de quien sufre y espera respuestas. En nuestro Adviento, cargado a veces de desaliento o incertidumbre, esta pregunta resuena con fuerza: ¿Dónde está Dios en nuestro dolor? ¿Vale la pena seguir esperando?

Juan había anunciado un Mesías poderoso que «tiene el bieldo en su mano», pero ahora Jesús actúa con una mansedumbre que desconcierta. Desde la prisión, Juan no ve milagros espectaculares ni revolución política. Su crisis refleja la nuestra: ¿Cómo creer cuando la realidad contradice nuestras expectativas?

Jesús no responde con un «sí» o «no», sino que señala sus obras: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio». La identidad de Jesús se revela no en discursos, sino en gestos concretos de compasión. El Adviento nos enseña a reconocerlo en los pequeños milagros cotidianos: un perdón inesperado, una mano tendida, un rayo de esperanza en la desesperanza.

Jesús redefine las expectativas mesiánicas. Su Reino no llega con ejércitos, sino con curaciones; no con juicios espectaculares, sino con evangelización a los pobres. Citando a Isaías, Jesús se presenta como el Siervo que sana y consuela. Este es el corazón del Evangelio: Dios se manifiesta donde hay dolor transformado en dignidad, exclusión convertida en inclusión.

Hoy, en nuestras comunidades, el Señor sigue actuando en el cuidado de los enfermos y ancianos abandonados; en la acogida al que piensa diferente, en la defensa de los pobres ante estructuras injustas, en la paciencia de quienes perdonan lo imperdonable y en cada acción que realizamos a favor del hombre por amor a Dios.

Jesús reconoce que su modo de actuar puede escandalizar. Un Mesías crucificado es «locura» para el mundo. El escándalo es tropiezo, piedra que hace caer. Muchos esperaban un libertador político; Jesús ofrece libertad interior. Muchos deseaban prosperidad material; Él promete el Reino de los cielos.

Nuestro Adviento debe purificar nuestras expectativas: ¿Buscamos un Dios a nuestra medida, o nos abrimos al Dios de la sorpresa? Como decía San Juan de la Cruz: «Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes».

Jesús no deja a Juan con la duda. Lo proclama «más que un profeta»y«el mayor entre los nacidos de mujer», pero añade una paradoja: «Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él». Juan es el límite entre la Antigua y la Nueva Alianza. Él prepara el camino, pero no entra en la plenitud del Reino inaugurado por Jesús. La grandeza cristiana no está en los títulos, sino en la proximidad a Jesús. El más pequeño que vive en el amor del Reino supera al mayor profeta.

Este domingo Gaudete (llamado así por la antífona de entrada: «Alégrense siempre en el Señor», nos invita a una alegría que nace no de la ausencia de dolor, sino de la certeza de que Dios actúa en la historia.

Estamos llamados a alegrarnos en el servicio, a encontrar, como Juan, sentido al preparar el camino para otros, aunque no veamos los frutos.

Alegrémonos en la espera activa cultivando la paciencia histórica, confiando en que Dios cumple sus promesas.

Y alegrémonos en la fraternidad: seamos evangelio vivo para quienes dudan, mostrando con obras el rostro misericordioso de Cristo.

Juan pregunta desde la cárcel; Jesús responde desde la compasión. Nuestras dudas no ofenden a Dios; lo ofendería la indiferencia. El Adviento es tiempo para llevar a Jesús nuestras preguntas más crudas, sabiendo que Él nos responderá no con teorías, sino con su presencia sanadora.

Que María, Madre de la Espera, ponga a Jesús en nuestro corazón.

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