Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios, su pastor y amigo.
En el umbral mismo de la Navidad, cuando el bullicio del mundo alcanza su punto máximo, la liturgia nos regala un texto de silencio y sueños. Mateo nos presenta a José, el hombre justo que no pronuncia una sola palabra en todo el Evangelio, pero cuya fe obediente cambia el curso de la historia de la salvación. Mientras María recibe el anuncio del ángel en diálogo activo, José recibe la revelación en sueños, ese espacio donde Dios habla al corazón humano más allá de las palabras.
El texto nos dice que José era «justo». En el contexto judío, esto significaba no solo cumplidor de la Ley, sino hombre de integridad y misericordia. Al descubrir el embarazo de María, enfrenta un dilema dramático. Si acudía a la ley, podía exigir la muerte por lapidación; sin embargo, su justicia lo lleva a buscar una solución discreta y decide «repudiarla en secreto». Por otra parte su amor por María lo lleva a proteger su honor y su vida.
José encarna la tensión que todo creyente vive entre justicia y misericordia, entre norma y compasión. Su respuesta previa al sueño ya revela un corazón excepcional.
Dios interviene precisamente cuando José «estaba pensando»; entonces el ángel le revela tres verdades fundamentales:
- «Lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo», es decir, la concepción es divina
- «Darás a luz un hijo»: José debe asumir su paternidad legal y
- «Lo llamarás Jesús»: Le confía el nombre que significa «Dios salva»
Los sueños en la Biblia son lugares de manifestación donde Dios revela su voluntad. Recordemos por ejemplo a Jacob, José de Egipto y Daniel, en el Antiguo Testamento. Hoy, Dios sigue hablando en los «sueños» de nuestro discernimiento, en esa voz interior que se hace audible en el silencio de la oración.
El ángel comienza con la misma frase que a María: «No temas». José tenía motivos humanos para temer. Puede temer a la deshonra social, al misterio del embarazo virginal, a la responsabilidad de criar al Mesías, etc.
Muchas veces nosotros nos sentimos como José. Este «no temas» resuena especialmente hoy cuando nos enfrentamos a la incertidumbre económica, cuando tememos ser insuficientes para responder a Dios, y cuando nos abraza el miedo al compromiso que implica aceptar a Cristo realmente. Sin embargo, Dios nos repite: «No temas tomar contigo a María», es decir, no temas abrazar el plan divino aunque no lo comprendas totalmente.
El ángel explica el nombre: «Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Mateo añade la profecía de Isaías: «Le pondrán por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros'». Dos nombres, un solo misterio: Jesús, es la revelación de la misión: Salvar; Enmanuel, es la revelación de su identidad: Dios presente.
La Navidad celebra precisamente esto: Dios no envía un salvador desde lejos, sino que Él mismo viene a salvarnos. Como dice san Bernardo: «Dios podía haber perdonado nuestros pecados desde el cielo, pero prefirió venir a buscarnos».
La respuesta de José es inmediata y total: Se levantó, tomó consigo a María y respeta el misterio divino. Su obediencia no es pasiva resignación, sino activa colaboración con el plan de Dios. José se convierte así en modelo de discernimiento espiritual que escucha a Dios, en obediencia creativa que respeta los tiempos divinos y en modelo de paternidad responsable que protege la Sagrada Familia.
En estos últimos días antes de Navidad, José nos enseña a preparar el corazón en silencio, pues mientras el mundo corre, José nos muestra la fuerza transformadora del silencio contemplativo. Nuestros mejores «sueños» espirituales nacen cuando paramos para escuchar.
Para lograr esto es necesario vencer los miedos con fe. Como José, tenemos motivos para temer. Pero el ángel nos repite: «No temas acoger a Cristo», aunque eso implique cambiar planes, asumir riesgos, enfrentar incomprensiones.
En esta Navidad y siempre, acojamos la voluntad de Dios aunque a veces no la comprendemos. Él no entendía el «cómo» del embarazo virginal, pero confió en el «quién» (Dios). En nuestra vida, muchas veces no entendemos los caminos divinos, pero podemos confiar en el Dios que los traza.
Si María pronunció el «fiat» más famoso de la historia, José vivió el «fiat» silencioso igualmente decisivo. Sin su «sí», Jesús no hubiera pertenecido a la estirpe davídica, no se hubiera cumplido la profecía, la Sagrada Familia no existiría.
Que María, Madre de la Espera, ponga a Jesús en nuestro corazón.
