Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios. Como siempre es un motivo de alegría encontrarnos a través de este medio.
La Iglesia nos invita a celebrar hoy la fiesta de La Sagrada Familia, y al escuchar el evangelio descubrimos en la huida y el exilio, el rostro humano de la Salvación.
Esta festividad nos presenta un relato que rompe cualquier idealización dulce y sentimental. Lejos del establo acogedor y los ángeles cantores, vemos a José, María y el Niño Jesús convertidos en refugiados, perseguidos por la violencia del poder político. Herodes, «cuando vio que había sido burlado por los magos, se irritó sobremanera y mandó matar a todos los niños que había en Belén». Ante esta amenaza, un ángel advierte a José en sueños: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga». Esta escena nos revela dimensiones profundas de la Encarnación.
Dios asume la vulnerabilidad humana. El Hijo de Dios no solo nace en la pobreza de un pesebre, sino que experimenta desde su infancia la precariedad del emigrante. La Sagrada Familia conoce el miedo nocturno, la urgencia de partir sin equipaje, la incertidumbre del destino. Como señala el teólogo Jon Sobrino: «Dios no solo toma carne humana, sino carne perseguida». En Jesús, Dios se solidariza con los millones de familias que hoy huyen de la violencia, la pobreza o la persecución.
Ante la peligrosa realidad a la que se enfrentan, José sobre sale como modelo de discernimiento y obediencia activa. El hombre de sueños y decisiones. Tres veces recibe mensajes en sueños: la huida a Egipto, el regreso y el establecimiento en Nazaret, y tres veces actúa inmediatamente. Su fe no es pasiva expectación, sino obediencia creativa que protege la vida. En un mundo donde tantos padres sienten impotencia ante amenazas a sus familias, José enseña que la verdadera paternidad combina escucha espiritual y acción concreta.
Por otro lado nos deslumbra la figura de María. Ella es fortaleza en el desarraigo.
El texto no registra palabras de María, pero su silencio es elocuente. Apenas recuperada del parto, debe emprender un viaje peligroso de varios cientos de kilómetros. Como mujer judía en tierra extranjera, experimenta la doble vulnerabilidad de emigrante y madre con niño pequeño. Su «sí» en la Anunciación se convierte ahora en un «sí» día tras día, cargando en sus brazos al Salvador del mundo mientras camina por caminos inseguros.
La Sagrada Familia no viaja por turismo, sino por supervivencia. Hoy, millones de familias repiten su experiencia. Según las Naciones Unidas, más de 100 millones de personas viven desplazadas forzosamente.
Herodes buscaba destruir la vida; José y María la protegieron a riesgo propio. En un mundo con mentalidad «heródica» que descarta a los débiles (no nacidos, ancianos, enfermos terminales, etc.), la familia cristiana está llamada a ser santuario de la vida vulnerable. Como decía el Papa Francisco: «La familia es hospital de campaña» donde se cura la cultura del descarte.
La Sagrada Familia nos enseña que la fe no es comodidad, sino confianza en medio del desarraigo. Su experiencia desmitifica la idea de que seguir a Dios garantiza éxito y seguridad terrena. Por el contrario, la fidelidad a menudo lleva por caminos inesperados y difíciles: «Dios no nos da un mapa, sino un compañero de camino».
Sin embargo, la experiencia nos lleva del exilio a la promesa. El relato termina con un regreso que no es vuelta al punto de partida. José, al saber que Arquelao reinaba en Judea, «se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret». Allí, en esa aldea sin prestigio, Jesús «crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres».
La Sagrada Familia transformó el exilio en lugar de crecimiento. Su experiencia nos enseña que: Dios escribe derecho con renglones torcidos de la historia humana, que la santidad familiar se forja en la fidelidad cotidiana, no en circunstancias ideales y que toda familia que protege la vida participa de la misión salvífica.
Que María de Nazaret, ponga a Jesús en nuestro corazón.
