Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el domingo 4 de enero de 2025, Epifanía del Señor

Queridos hijos e hijas, les habla su obispo y amigo, Mons. Juan de Dios.

El Prólogo del Evangelio de Juan es quizás el texto más denso y profundo del Nuevo Testamento. Escrito probablemente décadas después de la Resurrección, representa la reflexión madura de la comunidad joánica sobre quién es realmente Jesús. No comienza con el nacimiento en Belén, sino en la eternidad: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios». Este texto, proclamado en el Domingo después de Navidad, nos invita a trascender el sentimiento navideño para contemplar el misterio insondable de la Encarnación.

El Verbo: La Palabra creadora que se hace vulnerable. Juan utiliza el término «Logos» (Verbo, Palabra), cargado de significado tanto en la tradición judía (la Palabra creadora de Dios en Génesis) como en el pensamiento griego (la Razón universal que ordena el cosmos). Al afirmarque «todo fue hecho por ella», establece que aquél que yace en el pesebre es el mismo que sostiene el universo. La paradoja es desconcertante: el Creador se hace criatura; la Palabra eterna llora como niño; la Luz del mundo nace en la oscuridad de una gruta.

«La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Las tinieblas no pudieron comprender la luz (por su ceguera espiritual), no lograron vencerla (por su impotencia ante el bien), ni supieron acogerla (por su endurecimiento). Esta afirmación es profundamente esperanzadora en nuestro tiempo, pues frente al cinismo que niega la posibilidad del bien, la Luz sigue brillando, frente a la injusticia estructural, la Luz no es extinguida y frente al individualismo que oscurece la solidaridad, la Luz crea comunidad.

Juan presenta la historia de la salvación como un drama de encuentros y rechazos: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron». El Verbo entra en la historia judía («su casa») y encuentra resistencia. Sin embargo, «a cuantos la recibieron […] les dio poder de hacerse hijos de Dios». La salvación no es automática; requiere acogida activa, fe que se abre al don.

Hoy este drama continúa. El Verbo viene a nosotros en los sacramentos, especialmente la Eucaristía, en la Palabra proclamada y meditada, en los pobres y excluidos. En las alegrías y sufrimientos de cada día. ¿Somos de los que «reciben» o de los que «rechazan»?

«Y el Verbo se hizo carne»: Este versículo es el centro del Prólogo y quizás de toda la fe cristiana. «Carne» no significa solo cuerpo, sino la condición humana en su fragilidad, mortalidad y concretes. Dios no se hace «idea» ni «energía espiritual», sino ser humano vulnerable. Como dijo un teólogo: «Dios podía haber escrito un libro, pero prefirió tener un rostro».

La Encarnación santifica la materia porque el cuerpo, despreciado por dualismos, es asumido por Dios. La Encarnación valida la historia porque el tiempo ya no es un ciclo vacío, sino lugar de encuentro con Dios y transforma el sufrimiento porque el dolor humano queda unido al dolor divino

La belleza del Dios cercano nos permite contempla su gloria. La gloria de Dios ya no se manifiesta en truenos del Sinaí o en el esplendor del Templo, sino en la humanidad de Jesús. La gloria es ahora un niño que sonríe en brazos de María, es un joven cansado junto al pozo de Sicar, un amigo que llora ante la tumba de Lázaro, un condenado que perdona desde la cruz. La contemplación de esta gloria nos transforma: «De su plenitud todos hemos recibido».

Vivimos en un mundo de relaciones digitales, imágenes manipuladas y realidades virtuales. El «Verbo hecho carne» nos recuerda que la salvación es encarnada: pasa por miradas reales, abrazos concretos, servicio tangible. Como escribió San Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios».

El Prólogo presenta una visión cósmica y unitaria: todo fue creado por el Verbo, todo será redimido por el Verbo. Frente a divisiones políticas, económicas y sociales, los cristianos estamos llamados a ser testigos de la unidad fundamental de la humanidad en Cristo.

El Prólogo de Juan termina con una afirmación sorprendente: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado». El verbo «contar» significa literalmente «explicar», «interpretar», «guiar hacia». Jesús es la exégesis viviente del Padre. Nuestra misión, como discípulos, es continuar esta «interpretación», es explicar con nuestras vidas quién es Dios.

Que María, Madre de la Espera, ponga a Jesús en nuestro corazón.

Deja un comentario