Queridos todos: En esta Sagrada Familia de Jesús, María y José, todos vivieron unidos en la oración y en la obediencia a Dios, unidos en el amor mutuo, unidos en el trabajo, el dolor y las pruebas. En ocasiones hubo miedos, destierro, falta de trabajo y de pan. Tuvieron momentos de sufrimiento, pero el amor verdadero los sostuvo y los mantuvo unidos a Dios Padre y entre sí. Ese fue el gran secreto de su profunda felicidad.
Les comparto que, en las misas que se celebran hoy, se reza para que imitemos a la Sagrada Familia en sus virtudes domésticas y su unión en el amor. Cada uno de nosotros, miembros de una familia, debería escuchar y tomar como algo dirigido a nosotros, los consejos bíblicos del libro del Eclesiástico (3, 3-17) y los de San Pablo en su Carta a los Colosenses (3, 12-21) que escucharemos a continuación. Tratemos de vivir estos consejos en nuestra propia familia.
- El que respeta a su padre tendrá larga vida.
- Al que honra a su madre, el Señor lo escucha
- Sean constantes en honrar a sus padres, no los abandonen mientras vivan; aunque flaquee su mente, tengan indulgencia, no los abochornen.
- Vístanse de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión.
- Sobrellévense mutuamente y perdónense cuando alguno tenga quejas contra otro.
- El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.
- Enséñense unos a otros con toda sabiduría; corríjanse mutuamente.
- Que las esposas respeten a sus esposos, como conviene en el Señor.
- Que los esposos amen a sus esposas y no sean ásperos con ellas.
- Que los hijos obedezcan a sus padres en todo, que eso le gusta al Señor.
Un nuevo canto se nos propone para nuestra reflexión.
Canto: Cómo no creer en Dios
Queridos oyentes: Si bien es cierto, como decíamos anteriormente, que nuestros apellidos indican a qué familia pertenecemos, debemos reconocer, además, que pertenecemos a familias más grandes, o lo que es lo mismo, tenemos otros “apellidos”.
Porque podemos ser también miembros de una logia, de una asociación, de una institución, de un partido, de un equipo deportivo, de un círculo de abuelos, de un sindicato, etc. De entre estas familias, quisiera destacar hoy, especialmente, tres a las que podríamos pertenecer, porque somos cubanos, somos camagüeyanos y somos creyentes.
Somos una familia de cubanos: Cuba debe ser nuestro hogar familiar, nuestro techo común. Ningún cubano debe sentirse extraño viviendo en su tierra. Ningún cubano debe vivir al margen de lo que sucede en su tierra. Ningún cubano debe ser excluido de trabajar por el bien de su tierra. Cuba debe ser la gran familia de todos los cubanos, vivan donde vivan. Recemos para que todos nos sintamos responsables los unos de los otros.
Somos una familia de camagüeyanos: Si nacimos aquí, es porque Dios lo quiso así. Camagüey debe ser un hogar que cuidemos con esmero para que no se nos eche a perder. Camagüey debe ser un pueblo formado por personas sencillas, humildes, cordiales, corteses, hospitalarias y apegadas a la familia. Camagüey, como toda familia, debe verse libre de violencias, de robos, de adulterios, de divorcios. Así se lo pedimos hoy especialmente a Dios.
Y somos una familia de personas creyentes: La Iglesia es también nuestra familia. En las distintas Iglesias no se hacen distinciones por la edad, el color de la piel, la cultura, la forma de pensar, etc. Las puertas de los templos deben estar siempre abiertas para todos, como el corazón de Jesucristo. Nunca habrá en ellas un “custodio” pidiendo identificación para poder entrar, porque las iglesias son de todos, son nuestra casa materna y paterna. Todos nosotros nos sentimos hijos de la Iglesia y por eso también tenemos que cuidar la familia de la Iglesia. Nuestros pecados no la podrán destruir, es verdad, pero la afean. Nuestros malos ejemplos alejan a los demás que tal vez quieran formar parte de ella. Comprometámonos en ser hijos ejemplares de la familia de la Iglesia.
Viene muy bien que escuchemos lo que el fallecido Papa Francisco afirmó sobre la necesidad del perdón en las familias, y que nos leerá el Padre Angelito:
“No hay familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de los demás. Decepcionamos unos a otros. Por eso, no hay matrimonio sano ni familia sana sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para nuestra salud emocional y la supervivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en una arena de conflictos y un reducto de penas. Sin perdón la familia se enferma. El perdón es la limpieza del alma, la purificación de la mente y del corazón. Quien no perdona no tiene paz en el alma ni comunión con Dios. La pena es un veneno que intoxica y mata. Guardar el dolor en el corazón es un gesto autodestructivo. El que no perdona se enferma física, emocional y espiritualmente. Y por eso la familia necesita ser lugar de vida y no de muerte; el territorio de curación y no de enfermedad; el escenario de perdón y no la culpa. El perdón trae alegría donde la pena produjo tristeza”.
Queridas familias: Recemos por la propia institución familiar. “Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón”, nos dijo el Papa San Juan Pablo II en la Misa de Santa Clara. ¡Busquemos lo que une a nuestras familias y no lo que las divide! Elogiemos a esas madres que tratan de inventar algo especial para el almuerzo del domingo e invitar, entonces, a que sus hijos alejados vengan todos a comer alrededor de una misma mesa.
Escuchemos y hagamos nuestra esta oración por las familias:
Jesús, María y José en ustedes contemplamos el esplendor del verdadero amor, a ustedes, confiados, nos dirigimos:
Santa Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias lugar de comunión y de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret, que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret, haz tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José, escuchen y acojan nuestra súplica. Amén.
