Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el domingo 4 de enero de 2026, Epifanía del Señor

Queridos hijos e hijas: En la lectura escuchada se habla de Belén, una pequeña ciudad a solo 8 kilómetros al sur de Jerusalén, a la que, curiosamente, Jesús nunca volvería. Se menciona a Herodes. Se trata de Herodes el Grande, nombrado por Julio César procónsul de Judea. Consiguió, por medios no muy honestos, que el Senado Romano le diese el título de Rey. Gobernó en Palestina desde el 714 al 750. Cruel y sanguinario lleva, a pesar de todo, el título de Grande por las construcciones que llevó a cabo, principalmente por la restauración del templo de Jerusalén.

Se señalan unos magos, pero no se nos dice que eran tres, ni que eran reyes, ni cómo se llamaban, ni que eran magos en el sentido que hoy día entendemos nosotros. ¿Qué significa, entonces, en este relato la palabra “magos”? Los magos eran hombres que estudiaban y practicaban la astrología y la medicina. Con frecuencia eran consultores de los reyes. En el texto en cuestión se trataba de sabios que observaban el movimiento de los astros del cielo.

Sobre su número nada nos dice el Evangelio. La tradición popular supone que eran tres, y este número puede estar relacionado con los tres regalos que ofrecieron los magos al niño Jesús.

Tampoco sabemos nada cierto sobre sus nombres. Los que hoy generalmente les atribuye la piedad cristiana, Melchor, Gaspar y Baltasar, aparecieron por primera vez en el siglo 8 y en un mosaico del siglo 9. El evangelista tampoco nos dice que fueran reyes, ni como tales fueron tratados por Herodes. Parece ser que el primero en llamarles así fue el arzobispo francés Cesáreo de Arlés, en el siglo 6.

¿De qué región vinieron estos magos? El evangelista sólo dice que “del oriente”. Este nombre genérico significaba para un habitante de Palestina, “el extranjero”, algo así como nos pasa a los cubanos que llamamos “de afuera” a todo lo que no es de Cuba.

¿Cómo supieron los magos del nacimiento del rey de los judíos? La pregunta que hacen los magos al llegar a Jerusalén supone que tenían alguna noticia de la próxima venida de un rey de los judíos quienes, esparcidos por todo el mundo, habían dado a conocer sus libros sagrados traducidos a la lengua griega, que entonces se hablaba por todo el imperio romano.

Sobre la estrella que vieron los magos, todo hace suponer que se trata de un meteoro luminoso próximo a la tierra, dispuesto o creado por Dios para este fin.

Señala el Evangelio que “Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él”. La turbación de Herodes se explica porque temía perder el reino, o que en Jerusalén surgiese algún movimiento popular que perturbase el orden. Y la turbación de los habitantes de la ciudad fue momentánea por la llegada de unos extranjeros y la pregunta que hacían, pero también por la barbaridad que pudiera cometer entonces Herodes.

Se nos dice que Herodes convocó a los príncipes de los sacerdotes, es decir, a los jefes de las 24 familias sacerdotales, juntamente con los escribas o doctores de la ley, cuyo oficio era explicar el sentido de las Escrituras. La astucia del malvado Herodes fue no regar mucho la noticia sino confiar en que los Magos regresarían a decirle dónde estaba el niño. Entonces ya sabría él hacer lo que tenía pensado.

Los Reyes se vuelven a poner en camino y, de nuevo, la estrella iba delante guiándolos hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Ya delante de la Sagrada Familia, cayeron de rodillas, y quizás lo hicieron al modo oriental. Reconocen a un rey más que humano y terrenal. Aquel acto era de verdadera adoración y procedía de la fe en aquel niño que venía a reinar y a salvar a todos. Y abriendo sus cofres, le ofrecieron oro, así como dos resinas vegetales aromáticas: el incienso y la mirra. La costumbre del Oriente era, al visitar un Rey, no presentarse con las manos vacías sino llevarle un presente. Grandes cristianos de los ocho primeros siglos después de Cristo, y a los que llamamos Padres de la Iglesia, han visto simbolizados en el oro, la dignidad de rey; en el incienso, su divinidad, y en la mirra, que se empleaba para embalsamar los cadáveres, su humanidad. Entonces, Dios interviene y advierte a los magos que no regresen donde Herodes, y es por eso que ellos regresan a su tierra por otro camino.

A esta fiesta de los Reyes Magos se le llama Epifanía, palabra griega que significa “manifestación”. En la Epifanía celebramos el amor de Dios que se manifiesta a todos los hombres. Dios quiere la felicidad del mundo entero. Él ama a cada uno de los hombres, y ha venido a salvar a todos los hombres, sin importar su nacionalidad, su cultura o su raza. Es un día de alegría y agradecimiento porque al ver la luz del Evangelio, salimos al encuentro de Jesús, lo encontramos y le rendimos nuestra adoración como los magos. Dios ha venido no sólo para el pueblo judío, representado en María, José y aquellos pastores de la primera noche, sino para todos los pueblos de la tierra, representados en aquellos tres magos que vinieron “de afuera”, del Oriente.

Deja un comentario