Queridos hijos e hijas, les habla su obispo y amigo, Mons. Juan de Dios.
El relato del bautismo de Jesús, narrado en el Evangelio según Mateo, es mucho más que un episodio biográfico o una anécdota del inicio de su ministerio público. Constituye un momento teológico fundamental, un cruce de caminos donde convergen la profecía, la identidad mesiánica y la revelación de la Trinidad. En apenas cinco versículos, Mateo presenta una densa escena cargada de simbolismo que marca el punto de partida de la misión salvífica de Cristo.
El pasaje se sitúa en el marco del ministerio profético de Juan el Bautista, quien predicaba en el desierto de Judea un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados. Multitudes acudían a él, reconociendo sus faltas y buscando un nuevo inicio. En este contexto, la llegada de Jesús desde Galilea al Jordán genera una de las paradojas más profundas del Evangelio: el que es presentado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se pone en la fila de los pecadores.
La reacción de Juan el Bautista es inmediata y elocuente: «Yo necesito que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?». Juan reconoce en Jesús una superioridad absoluta, no solo moral, sino de naturaleza. Sabe que su bautismo es de agua y para arrepentimiento, mientras que el que viene tras él bautizará «en Espíritu Santo y fuego». ¿Qué sentido tiene, entonces, que el que es la fuente de la pureza se someta a un rito de purificación? La pregunta de Juan es la pregunta de la lógica humana ante el misterio de la Encarnación y el vaciamiento de Cristo.
La respuesta de Jesús es la clave que desvela el significado profundo del acto: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia». La palabra «justicia» en Mateo tiene un alcance enorme. No se refiere solo a la virtud personal, sino al plan salvífico de Dios, a su manera de poner las cosas en orden, de restaurar su creación. Jesús no se bautiza porque tenga pecados que confesar, sino para «cumplir». Él, el Hijo, se identifica plenamente con la humanidad caída, solidarizándose con ella desde dentro. Asume nuestro lugar, nuestra condición, para desde allí redimirla. Al someterse al bautismo de Juan, Jesús valida y eleva el significado del rito, transformándolo en un signo inaugural de la nueva creación. «Cumplir toda justicia» significa alinearse completamente con la voluntad del Padre para la salvación del mundo, un camino que comienza en la humildad del Jordán y culminará en la humillación de la Cruz.
Al salir del agua, el cielo se abre. Este es un símbolo poderoso: la ruptura de la separación entre lo divino y lo humano, un tema recurrente en la Biblia. No es solo Jesús quien asciende de las aguas; es la comunicación entre Dios y su creación la que se restablece. En este momento tienen lugar una visión y una audición divinas.
El Espíritu de Dios desciende «como paloma» y se posa sobre Jesús. La imagen evoca la creación (el Espíritu aleteaba sobre las aguas en Génesis 1:2) y anuncia una nueva creación que comienza en Cristo. El Espíritu unge y capacita a Jesús para su misión mesiánica, cumpliendo las profecías como la de Isaías 11:2, que habla del Espíritu que reposará sobre el Mesías. No es que Jesús reciba el Espíritu por primera vez, sino que este desciende de manera visible y pública, señalándolo como el Ungido (el Cristo) ante todos.
Finalmente, la voz del Padre desde los cielos proclama: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Esta declaración es multifacética. En primer lugar, recuerda el Salmo 2:7, un salmo real que los primeros cristianos aplicaron a Jesús como el Rey-Mesías. En segundo lugar, evoca al «Siervo Sufriente» de Isaías, en quien Dios pone su complacencia y al que le será encomendada una misión de justicia que implicará sufrimiento. La voz celeste une, pues, dos figuras del Antiguo Testamento aparentemente distantes: el Rey victorioso y el Siervo que padece. En Jesús, la realeza mesiánica tomará la forma del servicio y el sacrificio.
El bautismo de Jesús es, por tanto, una teofanía trinitaria: el Hijo encarnado en el agua, el Espíritu descendiendo como paloma y la voz del Padre testificando. Es la revelación pública de la identidad de Jesús como Hijo divino y Siervo obediente. Más aún, es el modelo de todo bautismo cristiano posterior. Si Jesús se sumergió en las aguas para solidarizarse con nosotros, nosotros nos sumergimos en ellas para ser incorporados a Él, para morir al hombre viejo y resucitar a una vida nueva (Romanos 6:3-4). En el Jordán, Jesús santificó las aguas y trazó el camino que todos sus seguidores están invitados a recorrer: el camino de la humildad, la obediencia al Padre y la recepción del Espíritu para una misión en el mundo. Aquel que no tenía necesidad de ser purificado, se sumergió en nuestra realidad para purificarla desde su raíz, inaugurando así el gran movimiento de retorno a la Casa del Padre.
Gracias, Señor, por nuestros padres y padrinos que pidieron el bautismo para nosotros y nos educaron en la fe. Que el recuerdo de este bautismo “en fuego del Espíritu Santo” nos lleve a una vida comprometida en la misión de anunciar el Evangelio.
Que María, Madre de la Espera, ponga a Jesús en nuestro corazón.
